miércoles, 30 de septiembre de 2015

Apostando Al Milagro. - Primera Parte.

Escrita en Mayo – 2009.
Primera parte 1.




_ Ave María Purísima.

_ Sin pecado concebida.

_ Curita, la culpa me clava los sesos. Quiero sacarla de mi corazón y dejarla en este pueblo donde juré no volver.

_ Dios te escucha hija sin importar de dónde vengas.

_ No me quiero morirme con este peso que me aprieta el pecho desde tantísimos años. Yo robé, torturé, maldecí y hice santo a mijo.

El cuerpo encorvado de Amalia Santaolea escasamente alcanzaba la ventanilla que la ponía en contacto con el Señor. El Padre Simón apenas escuchaba su voz, parecida más bien al quejido de un alma en pena regresada del purgatorio. Su cansado cuerpo ya no soportaba los setenta y cinco años que acarreaba. Llevaba un vestido negro en algodón abotonado al frente; sus dos bolsillos laterales servían para sostener allí sus cansados brazos. Una mantilla negra adornaba su cabeza, en contraste con las pocas hebras blancas que le quedaban. Medias negras largas hasta el muslo sostenidos por ligas gastadas por tanto uso, zapatos negros tacón bajo con hebillas a los lados que cumplían diez años de trabajo ininterrumpido, como una promesa. Su piel cual terreno seco y agrietado poseía surcos por donde corría el sudor que mojaba cual rocío su frente, el mismo sudor ácido producto de su entraña maldita. Sus ojos han perdido su color. Años antes eran negros, hoy parecen agrisados por todo lo que han visto en la vida. No quedaba mucho de ella, sólo el deseo de morir tranquila con el perdón del Señor.

La misa de las cinco era anunciada, las campanas llamaban a los feligreses. El Padre Simón aunque interesado por la confesión de doña Amalia, tenía oficios eclesiásticos que cumplir.

_ Mi tiempo en el confesionario ha terminado. ¿Cree usted que podría venir mañana? - le preguntó. Tiene todo el día para venir pues la misa no es sino hasta las siete. Yo le estaré esperando.

_ Como usté diga curita. No me queda mucho tiempo, pero vendré mañana.

_ Vé con Dios hija.

El padre Simón, turbado por la extraña forastera salió apresurado del confesionario hacia el salón detrás de la capilla donde se cambió de ropa. Su sotana blanca adornada a la cintura por un largo lazo dorado le daba un aspecto angelical. La tarde era especial en “El Mamey”. Se celebrarían algunos bautizos de niños y jóvenes, nuevas ovejas para el rebaño del Señor. Las almas abarrotaron la iglesia. No faltó quien en pleno pasillo caminara de rodillas hasta el altar. Amalia fue una de ellas. El Padre Simón vio a la senil mujer sin darse cuenta que era la misma que minutos antes intentó confesarse. Sus piernas estaban entumecidas por los años, pero su deseo de llegar al atrio era tan grande que los feligreses a su alrededor le dejaron espacio para que llegar al altar. Allí estaba Jesús en la cruz esperando por ella. La misa terminó y todos incluyendo a la señora se retiraron.

Era la segunda vez que visitaba ese pueblo y no tenía a donde ir. Caminó sin rumbo hasta encontrar el parque donde descanso sus cargas sobre un banco y una vez dormida, el negro manto de la noche la acurrucó. Antes del amanecer ya estaba en pie, con sus zapatos negros de hebillas laterales espolvoreados por su paso en el camino. Se enfiló rumbo a la iglesia nuevamente. Las seis y treinta de la mañana, cantaba el gallo y el pueblo de “El Mamey” comenzaba a despertar. Una vendedora de té le regaló la primera taza del día acompañada de dos panes recién hechos.

Las puertas de la iglesia no estaban abiertas aún. Se sentó en uno de los cinco escalones que tenía la entrada de aspecto modesto y bien conservado a través de los años. Cercano a las siete salió a su encuentro el Padre Cástulo. Le pareció raro que en un día en que no acostumbraban a oficiar misas alguien estuviera esperando afuera tan temprano. Daba la impresión de ser una forastera, todo el mundo sabía que los lunes no se celebraba acto alguno. Preguntó por el Padre Simón - el nuevo Padre del pueblo -  que tampoco recordó que los lunes no se celebraba ninguna actividad y esto no excluía la confesión. El sacerdote salió vestido de negro -camisa y pantalón- con un pequeño listón blanco que rodeaba su cuello. Su cabello partido a un lado y sus lentes de pasta gruesa le hacían ver más viejo de lo que era. Sus treinta y cuatro años no eran mucho en esos días. Faltaba mucho por vivir, por oír, por hacer.

_ Buenos días señora a la casa del Señor. ¿En qué puedo ayudarle?-cuestionó a la anciana con voz pausada, la misma que había ido de rodillas al atrio.

_ Buenos días curita, quiero decir mis pecados.

_ Siento haberle informado mal, hoy no hay confesionario. De hecho, tenemos una actividad en un pueblo cercano. ¿Podría volver mañana si lo desea?

_ Padrecito, no puedo volver otro día. Mañana me muero. Solo hoy me quedan fuerzas para ajustarme las hebillas de mis zapatos.

_ No diga eso, usted se ve saludable -dijo el Padre Simón tratando de darle ánimo.

_ Si no lo saco hoy iré diretico al infierno.

Ante la seguridad de su mirada y la certeza en sus palabras de que se acercaba el fin el cura se inquietó.

_ Vamos a hacer una cosa, si tiene tanta prisa. Yo iré a hablar con el Padre Cástulo y me quedaré con usted en el confesionario si él no me necesitara. Espere un minuto.

_ Vaye tranquilo, no me moveré de aquí.

El sacerdote entró a la iglesia, recorrió el pasillo de veinte pasos hasta el fondo y treinta bancos a los lados, se persignó ante el altar con Jesús crucificado y pasó al salón detrás del atrio. Pidió excusas al Padre Cástulo por no poder acompañarlo a la actividad, porque entendía que una oveja necesitaba ser rescatada.

Salió nuevamente a la entrada y le pidió a la señora que lo esperara en el confesionario. Vistió su sotana blanca del día anterior, besó el rosario que llevaba en sus manos y se sentó. El blanco de su túnica daba un poco de claridad al oscuro y pequeño lugar visitado ahora por una señora de negro. Las puertas de la iglesia fueron cerradas. En esta ocasión una sola persona estuvo invitada.

_ Confieso Padrecito que he pecado.

_ Dios te escucha hija.

_ Todo sucedió hace doce años…



No te pierdas la segunda parte .............

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