Escrita en
Mayo – 2009.
Primera parte 1.
_ Ave María Purísima.
_ Sin pecado
concebida.
_ Curita, la
culpa me clava los sesos. Quiero sacarla de mi corazón y dejarla en este pueblo
donde juré no volver.
_ Dios te
escucha hija sin importar de dónde vengas.
_ No me quiero
morirme con este peso que me aprieta el pecho desde tantísimos años. Yo robé,
torturé, maldecí y hice santo a mijo.
El cuerpo encorvado de Amalia
Santaolea escasamente alcanzaba la ventanilla que la ponía en contacto con el
Señor. El Padre Simón apenas escuchaba su voz, parecida más bien al quejido de
un alma en pena regresada del purgatorio. Su cansado cuerpo ya no soportaba los
setenta y cinco años que acarreaba. Llevaba un vestido negro en algodón abotonado
al frente; sus dos bolsillos laterales servían para sostener allí sus cansados
brazos. Una mantilla negra adornaba su cabeza, en contraste con las pocas
hebras blancas que le quedaban. Medias negras largas hasta el muslo sostenidos
por ligas gastadas por tanto uso, zapatos negros tacón bajo con hebillas a los
lados que cumplían diez años de trabajo ininterrumpido, como una promesa. Su
piel cual terreno seco y agrietado poseía surcos por donde corría el sudor que
mojaba cual rocío su frente, el mismo sudor ácido producto de su entraña
maldita. Sus ojos han perdido su color. Años antes eran negros, hoy parecen
agrisados por todo lo que han visto en la vida. No quedaba mucho de ella, sólo
el deseo de morir tranquila con el perdón del Señor.
La misa de las cinco era anunciada,
las campanas llamaban a los feligreses. El Padre Simón aunque interesado por la
confesión de doña Amalia, tenía oficios eclesiásticos que cumplir.
_ Mi tiempo en
el confesionario ha terminado. ¿Cree usted que podría venir mañana? - le
preguntó. Tiene todo el día para venir pues la misa no es sino hasta las siete.
Yo le estaré esperando.
_ Como usté diga
curita. No me queda mucho tiempo, pero vendré mañana.
_ Vé con Dios
hija.
El padre Simón, turbado por la
extraña forastera salió apresurado del confesionario hacia el salón detrás de
la capilla donde se cambió de ropa. Su sotana blanca adornada a la cintura por
un largo lazo dorado le daba un aspecto angelical. La tarde era especial en “El
Mamey”. Se celebrarían algunos bautizos de niños y jóvenes, nuevas ovejas para
el rebaño del Señor. Las almas abarrotaron la iglesia. No faltó quien en pleno
pasillo caminara de rodillas hasta el altar. Amalia fue una de ellas. El Padre Simón
vio a la senil mujer sin darse cuenta que era la misma que minutos antes intentó
confesarse. Sus piernas estaban entumecidas por los años, pero su deseo de
llegar al atrio era tan grande que los feligreses a su alrededor le dejaron
espacio para que llegar al altar. Allí estaba Jesús en la cruz esperando por
ella. La misa terminó y todos incluyendo a la señora se retiraron.
Era la segunda vez que visitaba ese
pueblo y no tenía a donde ir. Caminó sin rumbo hasta encontrar el parque donde
descanso sus cargas sobre un banco y una vez dormida, el negro manto de la
noche la acurrucó. Antes del amanecer ya estaba en pie, con sus zapatos negros de
hebillas laterales espolvoreados por su paso en el camino. Se enfiló rumbo a la
iglesia nuevamente. Las seis y treinta de la mañana, cantaba el gallo y el
pueblo de “El Mamey” comenzaba a despertar. Una vendedora de té le regaló la
primera taza del día acompañada de dos panes recién hechos.
Las puertas de la iglesia no estaban
abiertas aún. Se sentó en uno de los cinco escalones que tenía la entrada de
aspecto modesto y bien conservado a través de los años. Cercano a las siete
salió a su encuentro el Padre Cástulo. Le pareció raro que en un día en que no
acostumbraban a oficiar misas alguien estuviera esperando afuera tan temprano.
Daba la impresión de ser una forastera, todo el mundo sabía que los lunes no se
celebraba acto alguno. Preguntó por el Padre Simón - el nuevo Padre del pueblo
- que tampoco recordó que los lunes no
se celebraba ninguna actividad y esto no excluía la confesión. El sacerdote salió
vestido de negro -camisa y pantalón- con un pequeño listón blanco que rodeaba
su cuello. Su cabello partido a un lado y sus lentes de pasta gruesa le hacían
ver más viejo de lo que era. Sus treinta y cuatro años no eran mucho en esos días.
Faltaba mucho por vivir, por oír, por hacer.
_ Buenos días
señora a la casa del Señor. ¿En qué puedo ayudarle?-cuestionó a la anciana con
voz pausada, la misma que había ido de rodillas al atrio.
_ Buenos días curita,
quiero decir mis pecados.
_ Siento
haberle informado mal, hoy no hay confesionario. De hecho, tenemos una
actividad en un pueblo cercano. ¿Podría volver mañana si lo desea?
_ Padrecito,
no puedo volver otro día. Mañana me muero. Solo hoy me quedan fuerzas para ajustarme
las hebillas de mis zapatos.
_ No diga eso,
usted se ve saludable -dijo el Padre Simón tratando de darle ánimo.
_ Si no lo
saco hoy iré diretico al infierno.
Ante la seguridad de su mirada y la certeza en sus
palabras de que se acercaba el fin el cura se inquietó.
_ Vamos a
hacer una cosa, si tiene tanta prisa. Yo iré a hablar con el Padre Cástulo y me
quedaré con usted en el confesionario si él no me necesitara. Espere un minuto.
_ Vaye
tranquilo, no me moveré de aquí.
El sacerdote entró a la iglesia, recorrió
el pasillo de veinte pasos hasta el fondo y treinta bancos a los lados, se
persignó ante el altar con Jesús crucificado y pasó al salón detrás del atrio.
Pidió excusas al Padre Cástulo por no poder acompañarlo a la actividad, porque entendía
que una oveja necesitaba ser rescatada.
Salió nuevamente a la entrada y le
pidió a la señora que lo esperara en el confesionario. Vistió su sotana blanca
del día anterior, besó el rosario que llevaba en sus manos y se sentó. El
blanco de su túnica daba un poco de claridad al oscuro y pequeño lugar visitado
ahora por una señora de negro. Las puertas de la iglesia fueron cerradas. En
esta ocasión una sola persona estuvo invitada.
_ Confieso Padrecito
que he pecado.
_ Dios te
escucha hija.
_ Todo sucedió
hace doce años…
No te pierdas la segunda parte .............
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