Escrita en junio 2015.
El pescador se levantó en la madrugada a coser la red que había sostenido su vida durante cuarenta y siete años; red que había soportado los embates de una barracuda y sus tres vástagos de dos patas, los mismos que le han apagado la voz, convirtiéndolo en un hombre solitario y triste.
Con la luna llena iluminando las aguas, partió Yeyo mar adentro en su barca “La Esperanza Negra”, a cosechar los frutos que éste le daba, para llevar alimento a su caney.
Echó la red mientras contemplaba el amanecer. Encendió uno de los túbanos a medio fumar que había encontrado, en las recompensas que a veces el mar arrastraba. El sol imponente, amarillo, calentaba sin piedad cada surco sudoroso de su rostro, ahora inundado por el humo que salía de su nariz.
Iba a ser un día caluroso, el mar estaba picado por las brisas del este y no había peces. Movió su barcaza a otro lugar y puso las carnadas con buenas lombrices atadas. Pasaron horas y pescado alguno no llegó a agarrar. Se fue mar adentro montando todo su arsenal: redes, cañas, jaulas y carnadas.
El sol se cansó de quemar su mollera expuesta por el agujero de su sombrero de paja.
Atardecía. Yeyo fumó el último cabo de tabaco. Recogió las redes, las jaulas y las cañas. No pescando nada, abrió sus brazos ampliamente abrazando el horizonte, respirando la brisa salada que perfumaba su camisa de cuadros deshilachada y disfrutando durante esas horas de lo que el mar le brindaba. Dejando que el aire jugara con cada espacio de su cuerpo, llenó sus pulmones de una tranquilidad y sosiego que no cabían en su barcaza. Sus ojos cerrados vertían lágrimas blancas de la sal pegada a su rostro al final de un largo día de trabajo.
Llegó al caney al anochecer, al mismo berrinche de siempre, por no llevar suficiente alimento para las pirañas. Subió a su hamaca y reposó por unas horas para en la madrugada volver a coser sus redes y partir.
El día tuvo sus beneficios, obtuvo lo que nunca había pescado en toda su vida: Quietud.



1 comentarios:
Muy interesante
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