Escrita en junio 2015
_ ¡Siga doña Pura, sáquele el
demonio al enfermo!
Frase muy común que motivaba a la devota señora, para ahuyentar los
demonios que enfermaban a la gente. Este oficio no tenía muchos testigos, lo
hacía en solitario para que el maligno no se escondiera en ningún ayudante de
débil espíritu. En ocasiones expresaba, que parte del mal se quedaba con ella
una vez salía del cuerpo del exorcizado, y se manifestaba dándole toda clase de
calores cuando estaba cerca de las almas jóvenes.
La tranquilidad en casa de la señora se rompía los miércoles cuando llegaba
el muchacho que limpiaba el patio.
_ Pasé por la acera de Pura y
escuché que se caía el mundo dentro de su casa.
_ A lo mejor es el demonio que
quiere salírsele, cuando le dan esos calores ella se transforma dice la gente.
_ Tendremos que hacerle la visita
por si necesitara alguna cosa.
_ ¿Y si el demonio se nos mete
dentro?
_ Que Dios nos guarde, mejor la
llamaremos desde la entrada.
Más y más vecinos escuchaban la cantidad de improperios que escapaban por
las ventanas causando curiosidad de todo el creyente vecindario.
_ Pura, Pura, estamos en la
puerta. Vinimos a traerte galletas.
En ese momento cesaron los gritos, la mujer se puso una bata azul de ramos
atada con un lazo. Sudorosa y envolviendo su pelo abrió la puerta.
_ Señoras les agradezco, pero
ahora no puedo compartir con ustedes.
_ ¿Estas enferma Pura? Le
preguntaron al verla tan demacrada.
_ Ayudar a los demás me produce
mucho calor. No es tarea fácil sacar el maligno.
_ ¿Y esos gritos? ¡Todo el
vecindario está preguntando!
_ Hablo en lenguas muertas cuando
me transformo.
_ Toma las galletas y volvemos
otro día. – mostrándose conformes.
Las devotas convencidas se marcharon, ignorando que el causante de aquel
mal estaba escondido dentro del armario.
La maleza y la basura en el patio se acumulaban. Mientras adentro los
gritos continuaban multiplicándose. De los miércoles pasó a la semana casi
completa. Los curiosos querían averiguar qué enfermo era ese que le había sido
tan difícil sacarle lo malo.
En una mañana de camino a la misa de las ocho, un grupo de fervientes se
encaminó hacia la iglesia pasando justo frente de la bulliciosa casa,
escuchando nuevamente palabras nunca pronunciadas por persona pudorosa.
_ ¡Doña Pura se ganará el cielo!
Hasta los domingos ayuda a los necesitados.
_ Parece que ese demonio le ha
dado lucha sacarlo, ya tiene una semana.
_ Yo creo que si ella tuviera
quien la ayudara terminaría más pronto. – expresó la más anciana.
_ Pues entremos todas y recemos
con ella para que esa pobre mujer por fin descanse.
Las devotas entraron sin tocar la puerta, para de una vez por todas ponerle
fin al demonio que enfrentaba doña Pura. Tanto la sala como toda la planta baja
lucían sucias llena de tierra y hojas secas, sin contar con algunas ropas de
hombre que marcaban un camino por las escaleras que conducían a la habitación.
Subiendo al segundo piso empujaron la puerta y vieron al muchacho que limpiaba
el jardín desnudo acostado en la cama con doña Pura encima de él. La desnudez
de los cuerpos la justificaron por el calor que hacía en la casa.
Las mujeres se arrodillaron y con rosario en mano comenzaron a rezar en voz
alta, mientras el calor también empezaba a disparar la presión arterial de las
seniles damas que se abanicaban con las manos. Entre una oración y otra todas
decían a una voz:
_ ¡Siga doña Pura, sáquele el
demonio a ese pobre muchacho!



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