En las lejanas tierras de Humaipata uvas perfectas y de un insuperable
sabor eran cosechadas. Todos los días, Jaime recorría sus viñedos
inspeccionando cada hoja, cada estaca, con el fin de que crecieran sin ningún
defecto y tener así una buena cosecha. Tanto le apasionaba su trabajo que expresaba
su amor hacia las uvas, brindándole éstas una gran producción cada año.
Una noche llena de encanto, fue invitado a una velada y allí conoció a una
hermosa mujer de lejanas regiones. Quedó admirado de su singular belleza y de cómo
la transparencia de su piel dejaba ver claramente sus múltiples venas verdes violáceas,
trayendo a su memoria las enredaderas y surcos de su viña. Tanta fue su pasión
que quiso ofrecerle la oportunidad de que ella disfrutara como él del verdor de
su finca.
Platicaba a sus plantas diariamente acerca de la nueva amiga que vendría, a
tal punto que ellas se sintieron celosas al ver lo apasionado que su cuidador se
sentía.
Una mañana la mujer fue al sembradío y al llegar al lugar vio las vides aun
sin frutos y no manifestó el sentimiento esperado por su anfitrión, sintiéndose
éste tan decepcionado que dejó caer sus lágrimas a la tierra. Ella dijo que no regresaría,
él en cambio, no quería que se fuera. La dejó unos instantes a solas, para ver
si el aire frio y fresco la hacían cambiar de opinión; mientras, fue a la
bodega a traerle el vino de su mejor cosecha como obsequio.
Ella se marchó: sin el vino, sin decir adiós, sin admirar el verdor de las
vides.
Durante muchos meses la idea de volver a verla siempre surgió. Enviaba
mensajes que nunca recibieron respuesta. No supo más de ella.
La cosecha estuvo lista y cada vez que Jaime saboreaba las uvas de los
recientes racimos, tenían un incomparable sabor que la traían a su memoria.
Produjo buen vino y lo guardó en barricas de roble, para dentro de cinco años
participar en el concurso nacional de la región como su reserva especial.
Los años transcurrieron y el momento de participar llegó. Una vez exhibido,
fue degustado por los mejores catadores de la región, dando finalmente un
extraño veredicto: “Vino granate de gran cuerpo, amplio, redondo, fuerte bouquet,
tonos maderables, puesto en boca se siente el suave aroma de Humaipata, destacándose
un sentimiento fuerte de amor: amor por las uvas, amor por el campo, amor por
el hermoso clima frio, aunque después de su consumo queda en las papilas, un
extraño aunque agradable sabor a sangre”.
Jaime extrañado recogió su premio y regresó a la finca. Con copa en mano,
tomaba sorbos del vino ganador mientras sus dedos se paseaban entre las ramas
verdes violáceas del viñedo. Hubo momentos de embriaguez donde vio a la mujer
de transparente piel tocar su mejilla entre las hojas y con un suave silbido
susurrarle al oído palabras de amor. Extasiado cayó al suelo, aferrándose a las
enredaderas que le dieron tan grata sensación.
Un regalo de la viña para el sembrador que dedicó con pasión toda su vida a
cuidar de las uvas: Al ver que él la perdía las vides fueron envolviéndola,
arrastrándola hacia ellas, entrelazando sus ramas con sus venas, engulléndola
completamente, hasta hacer desaparecer su transparente piel, convirtiéndola en
parte del viñedo.



1 comentarios:
Muy buena historia
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