Escrita en junio 2015
_ ¡Salta león! –decía el domador
mientras plasmaba un latigazo correctivo sobre su amaestrada fiera.
El público aplaudía todas las peripecias que este hombre le había enseñado
al león traído hacía ocho años del África.
El animal siempre respondía fielmente a las peticiones de su amo hasta que
llegó el momento del salto a través del aro de fuego. La carpa estaba a plaza
llena, todos admirados esperaban el gran momento en que Sansón volara por los
aires y traspasara el objeto en llamas. Redoblaron los tambores y posándose
sobre una base redonda de muchos colores la fiera miró fijamente el aro
sintiendo temor de lo que habría detrás del fuego.
_ ¡Sansón, Sansón! – gritaba el público.
_ ¡Vamos animal cobarde! –le pegó
su domador con el látigo por segunda vez.
Sansón se puso en posición de ataque y de un sólo intento atravesó el fuego
saliendo ileso. La multitud estaba de pie admirando tal proeza.
El domador subió a la base multicolor, para desde allí ser aplaudido por la
multitud que le rendía pleitesía. Desde esa altura observó el aro de fuego y no
pudo comprender lo que comenzaba a sentir.
A través de las llamas la fiera vio a su presa subida sobre la base, y con
igual agilidad saltó nuevamente venciendo el obstáculo, cayendo encima de su
amo, al que le destrozó la mano que todavía empuñaba el látigo. Auxiliado por
sus compañeros el domador se levantó y miró fijamente al león y dijo:
_ Sansón me ha traspasado sus
miedos. Ya sé cómo se siente esperar lo inesperado, al traspasar el aro hacia
lo desconocido.



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