Escrita en julio 2015
_ La mujer ha enterrado su quinto
marido en solo diez años. Debe tener algún embrujo que la quiere viuda.
_ Viuda pero rica. – expresó
Julio.
_ Cada vez que el marido muere
ella consigue más bienes. De enfermera pasó a ser la dueña de media cuadra de
este pueblo.
_ Ella debe tener un encanto que
mata a los hombres del corazón.
_ Los primeros eran mayores, a ley
de un infarto, pero este último era apenas un muchacho.
_ A lo mejor les da lo que ellos
quieren tantas veces que los mata.
_ Yo lo que sé es que no me
fijaría en ella.
_ Yo lo haría por curiosidad.
_ A ella le gustan los hombres con
bienes. Usted no tiene donde caerse muerto. Sólo heredará mi negocio cuando yo
muera, por ser mi único amigo y empleado. Pero veamos el lado bueno de todo
esto: cada vez que ella mata uno, usted y yo tenemos trabajo en esta funeraria.
_ Tiene razón, aunque de todos
modos la voy a enamorar.
_ !No hable disparate y trabaje!
_ Me gustaría probar de lo que
ella le da a sus hombres aunque me muera. –dijo con picardía.
_ !Hágalo y seguro le prepararé en
formol!
No pasaron dos meses cuando Filiberta ya salía con Julio, quien gozaba de
los placeres de la dama y sus privilegios.
Por las noches ella solía pasearse desnuda por toda la casa solo portando
una cadena de la cual colgaba su prometedor futuro. Un polvo que espolvoreado
sobre las partes del hombre provocaba imperceptiblemente un infarto al más sano
de los mortales.
No llegando al matrimonio Julio muere de un fulminante paro cardíaco
dejando a la triste viuda nuevamente sola.
_ Filiberta, ¿Qué usted le hizo a
mi pobre amigo Julio? – la cuestionó.
_ Nada que no le haya hecho a mis
otros maridos don Máximo: darle más de los que querían.
_ ¿Y es tan buena su atención que
se mueren del gusto? – preguntó curioso.
_ ¿Por qué no viene a mi casa y lo
averigua? Pero antes dígame, ¿está a su nombre la funeraria?



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