sábado, 7 de mayo de 2016

La casa viviente. Primera Parte.

Escrita en julio 2015




'Una noche bastó para no querer regresar a esa casa".

En la selva de Rio Negro, un leñador ermitaño poseía un gran bosque de árboles maderables, en un terreno en disputa con sus reales propietarios que vivían en otra ciudad. Cada vez que alguien llegaba a presionarlo para que abandonara las tierras el leñador lo asesinaba, enterrándolo al pie de los árboles, alimentándolos de ese modo con la sangre de las víctimas. Después de veintidós años de asesinatos y desapariciones el viejo hombre murió y los árboles fueron talados y vendidos como madera para construir las casas de una empresa constructora.

Los González dejaron su ciudad, para disfrutar por una semana del aire libre de contaminación que ofrecía Ébano Azul, un residencial de clase media alejado de la selva de concreto. Pedro alquiló una vieja casa de estilo victoriano, al final de una calle sin salida. Tenía todos los muebles y ajuares como nuevos. Los pisos de madera aún conservaban su brillo después de cincuenta y cinco años de construido. Un ligero sonido como pasos rechinantes se sentía en los pasillos a ciertas horas del día, cuando el sol calentaba las paredes y las cortinas volaban al viento.

_ ¿Escuchaste eso Pedro? Las paredes hablan.

_ Esta casa es muy antigua mamá, no dudo que se caiga a pedazos.

_ Podría asegurar que fueron voces lo que escuché….olvídalo, voy a preparar la cena.

En las pocas horas que llevaban en el vecindario no vieron a nadie darle la bienvenida, sólo miradas curiosas que se escondían detrás de sus ventanales. Pedro reparaba su automóvil mientras Luisa hacía la cena. En la cocina, uno de los cajones se abrió lentamente, dejando entrever los objetos que tenía dentro. La madre volteó y vio un hermoso cuchillo de plata con adornos en su mango. Se podían observar decenas de zirconias brillantes que le provocaron asir el objeto.

_ ¡Rayos! Me corté.

Su hijo entraba por la puerta trasera cuando vio un charco de sangre sobre el piso de madera.

_ ¿Cómo te hiciste eso? Ten más cuidado mamá.

_ Apenas lo toqué me corté profusamente.

_ Te llevaré a la habitación, presiona la herida. Después vengo a limpiar la sangre.

No habían pasado diez minutos cuando regresó a la cocina con un paño.

_ ¿Dónde está la sangre? – se preguntó a sí mismo, al ver que no quedó ni siquiera una gota sobre los paneles del piso.

Toda la mancha había desaparecido colándose por las rendijas, hasta llegar a la tierra. En seguida el piso comenzó a desquebrajar los paneles de madera que lo componían.

_ ¡Se arruinó el piso. Mira la cubierta de madera! Eso costará repararlo.

_ Esta casa es muy antigua, es normal que sucedan cosas así hijo. Con razón permaneció tanto tiempo deshabitada.

Se escuchó la bocina de un automóvil. Su hija Mary junto a su esposo Juan y sus hijos llegaban de la tienda.

_ Es hermoso este clima fresco y limpio de aquí. Seguro le sentará bien a Juan. ¡Ángel, Santiago traigan las provisiones!

_ Mamá se cortó la mano y se arruinó el piso de la cocina. – le informó Pedro.

_ ¿Es algo serio mamá?

_ No. Le apliqué un vendaje y dejó de sangrar. –aseguró su hermano.

_ Mañana llamaremos a la inmobiliaria para que repongan el piso. – dijo calmada mientras sacaba las poterías de las fundas de empaque.

_ En unos veinte minutos cenaremos. - dijo Luisa.

Los muchachos se fueron a su habitación en el ático a jugar videojuegos, sin notar que el techo inclinado se acercaba a ellos con movimientos casi imperceptibles. El escaso ruido del desplazamiento fue disimulado por el estruendo sonido del videojuego. Al momento de bajar a cenar Santiago se golpeó la cabeza con el techo.

_ Ouch, ¿Eso estaba ahí cuando entramos?

_ Seguro que ni lo notaste.

_ Revísame por si estoy sangrando.

_ No seas llorón, sólo es una gotita. Ya manchaste el techo, se lo diré a mamá.

_ Anda, no seas soplón.

El reloj de pedestal marcaba las ocho. La fina madera de la cual estaba hecho impregnaba el aire con un olor maderable recién cortado. La mayor parte de la casa poseía cornisas también en madera con grabados antiguos. Lámparas, ventanales y pisos de color natural, siendo sus paredes en madera rojo vino.

Mientras cenaban todos en la mesa se escuchaba unos ligeros latidos de procedencia desconocida. Ángel acercó su oído a la mesa y puso escuchar de dónde provenían. Mientras más se acercaba más fuerte se escuchaba.

_ La mesa hace pum pum como un corazón –dijo el hijo menor.

_ Debe estar floja. –aseguró su padre.

De repente se escucharon los cajones de la cocina caer todos al suelo de un solo golpe.

_ ¿Qué fue eso? – preguntó Luisa.

_ Debe haber un intruso en la cocina. – aseguró Pedro.

_ Iré a revisar. - dijo Juan mientras se levantaba de la mesa.

_ Todo está tirado al suelo. ¿Ahora tendremos que reparar los cajones también? – se quejó Mary.

_ Revisaré el patio también, por si hay alguien afuera.

Juan abrió la puerta trasera y salió a indagar por los alrededores si alguien vio a un intruso o un animal que entrara a su casa.



No te pierdas la continuación de esta extraña historia......

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