martes, 18 de octubre de 2016

24 horas por morir. - Primera parte

Escrita en Diciembre – 2014



La puerta que nunca cierra no tiene dolientes. 
La puerta que nunca cierra cambió de oficio, para ejercitar los brazos de los condóminos que impiadosos revuelven su artritis, externando un chirriante quejido.
La puerta que nunca cierra cambió de oficio, para ser confidente de lamentos y secretos de su gente cuando atraviesan sus cotidianidades.
La puerta que nunca cierra cambió de oficio, para ser cómplice testigo de la envidia, lujuria y la pereza de las manos que la tocan.
La puerta que nunca cierra cambió de oficio, para ser el punto de escasas miradas y saludos que se entrecruzan diariamente.
La puerta que nunca cierra languidece y a nadie le importa. Sus aliados: la cerradura, la cámara, las plantas, las luces y los muebles partieron a destiempo.
La puerta que nunca cierra no tiene dolientes; y lo peor, es que ella lo sabe.

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