Escrita en Diciembre – 2014
La puerta que nunca cierra
no tiene dolientes.
La puerta que nunca cierra
cambió de oficio, para ejercitar los brazos de los condóminos que impiadosos
revuelven su artritis, externando un chirriante quejido.
La puerta que nunca cierra
cambió de oficio, para ser confidente de lamentos y secretos de su gente cuando
atraviesan sus cotidianidades.
La puerta que nunca cierra
cambió de oficio, para ser cómplice testigo de la envidia, lujuria y la pereza
de las manos que la tocan.
La puerta que nunca cierra
cambió de oficio, para ser el punto de escasas miradas y saludos que se
entrecruzan diariamente.
La puerta que nunca cierra
languidece y a nadie le importa. Sus aliados: la cerradura, la cámara, las
plantas, las luces y los muebles partieron a destiempo.
La puerta que nunca cierra
no tiene dolientes; y lo peor, es que ella lo sabe.



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