lunes, 7 de marzo de 2016

Aferrado

Escrita en junio 2015




La infructuosa tragedia permanecía en la habitación de Gustavo. La lucha campal de dos energías, que aplicaban la misma fuerza a un mismo cuerpo, se disputaban quien quedaría vencedora.

Tres meses y dos días de sufrimiento ante la partida de Yuleini con otro hombre fueron suficientes para poner fin a su mal. Ese día lluvioso se recostó en la cama mientras contemplaba el gris del cielo por los agujeros del techo. Recordaba los buenos momentos vividos con ella y su promesa de amor eterno frustrada por la llegada de un extraño al vecindario.

Bajo la cama guardaba los requerimientos mínimos para que la muerte viniera por él. Nunca imaginó que esa hora fuera tan dolorosa, tan angustiante. La espera no era fugaz, podría perdurar minutos, horas, dependiendo de la táctica usada. Había practicado muchas veces ese nudo. Era perfecto, sin fallas y con seguridad le rompería el cuello. Algo fallaba entonces, estaba aferrado con sus dedos a la vida. En ese momento no quería morir, luchó amarrado por una hora suspendido de la viga del techo de madera y zinc. Lo único que pudo hacer fue dejarse llevar por sus pensamientos.

_ ¿Oh muerte, por qué no me llevaste cuando Yuleiny se fue? ¿Querías hacerme padecer? Un segundo bastaba para que mi alma no se contuviera y se entregara a ti. Con un mínimo empujón hubiese muerto de dolor, de amor, de odio. No siento lo mismo ahora, ¡al diablo ella y su amante! Lo que quiero es que te alejes de mí y aflojes esta cuerda.

Con la piel blanquecina y los labios morados trataba con desesperación de soltar el nudo que tenía ajustado al cuello, en su primer intento por abandonar su estado carnal. Sus manos, desesperadas, se movían alrededor de la soga, tratando de encontrar donde desamarrarlo, mientras sus pies de puntillas, danzaban un baile ruso, suspendidos en el aire.

Llovía y las goteras mojaban su larga cabellera rizada, lluvia que al descender se hizo una con la orina que mojó sus pantalones de kaki.

La agonía terminó cuando Chencho -su hermano- entró en la habitación y lo desató.

_ ¿Y tu qué hacías ahí colgado, te querías morir?

_ No, yo sólo intentaba vivir.



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