Escrita en julio 2015
Segunda parte.
Tocó la puerta de su solitario vecino más próximo y éste le atendió por la
ventana.
_ No debieron mudarse a esa casa.
Váyanse lo antes que puedan.- le advirtió Máximo.
_ ¿Por qué lo dice. Qué sucede en
la casa?
_ Está viva. Se traga todo el que
entra en ella. Lo ha hecho cientos de veces según cuenta la leyenda.
_ Es una broma. – comentó riendo.
_ Nadie ha sobrevivido en esa
casa. Ella devora a sus inquilinos antes del amanecer.
_ No creo en casas encantadas,
pero lo tendré en cuenta.
_ Créame. No saldrán vivos de ahí.
Juan siguió buscando en el patio y al no ver nada regresó a la puerta
trasera. Al tratar de abrirla no pudo entrar.
_ Mary, no puedo abrir la puerta
desde afuera.
_ Espera.
La esposa trató y no pudo. Buscó a Pedro para que la ayudara.
_ Usa la puerta frontal. ¡Esta
casa es un asco!
_ No abre.
_ ¿Y las ventanas?
_ Tampoco abren. - dijo Luisa.
_ ¿Qué está pasando tío? –
preguntó asustado Ángel.
_ Nada sobrino, cosas de una vieja
casa.
Mientras Pedro y su hermana buscaban cómo abrir las puertas, los muchachos
subieron nuevamente a su habitación a continuar el juego. El techo había
retornado a su altura acostumbrada.
_ Me daré una ducha, sigue
jugando.
_ Después no digas que hago
trampa.
Santiago se quedó sobre la cama con el ruidoso videojuego, sin notar que
nuevamente el techo comenzaba a moverse. Estaba tan cerca que cuando vino a
notarlo ya lo tenía pegado a la cara literalmente. Trató de levantarse pero éste
lo aplastaba a la cama y de un solo movimiento las células de la madera se
abrieron y se ensancharon, arropando por completo al muchacho que no pudo
emitir ningún sonido. Cientos de ventosas lo consumieron por completo sin dejar huellas.
A los pocos minutos Ángel salió del baño y no encontró a su hermano. El
videojuego seguía en uso encima de la cama arreglada sin una arruga. Bajó al primer piso y preguntó a
su madre si lo había visto. Mary preocupada lo buscó en toda la casa y no lo
halló.
_ ¿Qué pasa ahí dentro? – preguntó
Juan al oír el alboroto.
_ Santiago está escondido y no me
gusta su bromita. – dijo la madre.
_ ¡Es la casa. Ya empezó a
alimentarse! - vociferó el vecino desde su ventana.
_ ¡Hagámosle caso a este loco y salgan todos! – gritó Juan.
_ ¿Por qué? ¿Qué sucede? –
preguntó Pedro.
_ Nada que no se pueda corregir
con una buena reprimenda a ese muchacho. – propuso la abuela.
_ No lo sé. Pero algo no está
bien. – notó Juan.
Pedro salía de la cocina para llegar a la sala a través del pasillo cuando las
paredes comenzaron a moverse dejándolo atrapado.
_ ¡El pasillo se estrechó! ¡Esta
casa se está cayendo a pedazos!
_ Intentemos empujar un poco este
lado para que puedas salir - dijo su
madre.
Pedro usó la fuerza para mover el largo panel de madera que conformaba el
pasillo y al presionarlo, la madera se adhirió como ventosa a sus manos, absorbiendo
su sangre. Fuera del pasillo Luisa intentaba despegar los paneles para sacar a
su hijo quedando en la cocina sin salida.
Los cajones se levantaron todos del piso al mismo tiempo y la rodearon con
latidos estruendosos. Decenas de cuchillos y utensilios rodeaban a Luisa. Todos
se abalanzaron sobre ella provocándoles pequeñas punzadas que le provocaron una
hemorragia. La sangre caía por doquier
dándole vida a la madera que emitía sonidos casi humanos.
_ ¡Auxilio, ayúdenme!
- gritaba Luisa mientras era aguijoneada por los objetos punzantes.
_ ¡Aguanta, te sacaremos! – le decía Juan quien asustado
golpeaba inútilmente la puerta con una hacha.
_ Es tarde. – aseguró el vecino.
Luisa perdió todas sus fuerzas cayendo desmayada al suelo que se la tragó
de inmediato. Mientras más golpearon la
puerta más se reconstruía en el acto. En la sala Mary y su hijo buscaban cómo
escapar.
_ Las paredes se mueven. Sube al
ático Ángel. – le ordenó su madre.
Al subir las escaleras no pudo entrar a la habitación porque el techo
estaba posado sobre ella. Intentó bajar rápidamente los escalones y se hundió
entre dos escalones que se abrieron para tragarlo.
_ ¡Mami, Mami!
_ Sostén mi mano mi amor. – gritó agarrándolo
con fuerza pero no podía sacarlo.
Bajó las escaleras, buscando debajo de ella por si podía rescatarlo de otro
modo. Vio a su hijo hecho parte de la madera que componía los escalones. No
tenía cómo liberarlo. Corrió hacia el pasillo y ya no estaba. No existía
entrada a la cocina. Sus pies sangraban por las heridas provocadas por las
estillas de madera del piso removido. El sonido obsesivo de los latidos se
agudizaba aún más. La casa se movía por completo. Cada gota de sangre que caía,
hacía que el piso adquiriera vida y destilara una sustancia rojiza por todo el
terreno.
_ La puerta se abrió. – dijo Juan.
_ No entres, ella necesita más
víctimas.
_ ¡Mary esta tirada en el suelo! Tengo
que ayudarla.
_ Es una trampa. La casa quiere
que entres para atraparte. Te dije que nunca nadie ha salido vivo de allí.
_ Debe haber algún modo de
rescatarla.
_ Ella se alimenta de su sangre.
Eso le da vida a la casa.
_ Mi sangre está enferma, tengo leucemia
no creo que ella quiera alimentarse de mí.
Juan hirió su brazo izquierdo con un hacha y la derramó por todo el camino
que recorrió hasta llegar a Mary. Toda la madera que estaba cerca se alejó de
su sangre. Mary lucía blanquecina ya sin vida. Juan retrocedió resbalando,
cayendo al terreno que comenzaba a hundirse. Enfermo y perdiendo sangre no tenía
suficiente fuerzas para moverse. Juan iba a ser enterrado vivo. En solo un segundo
el mismo suelo que lo hundió lo regurgitó hacia fuera quedando bajo las paredes
que caían como piezas de dominó. Máximo alcanzó a ver su mano que se movía y le
lanzó una soga. Tan pronto lo rescató la casa se hizo añicos y se destruyó
totalmente tragándose todo el terreno desde sus cimientos, dejando un gran
cráter.
_ Te dije que debían marcharse de
esa casa.
_ Perdí a toda mi familia. Al
menos la casa se destruyó. – dijo recompensado.
_ Es inútil. Hay muchas como ella
en este residencial. Dice la historia que es una maldición del leñador que
sembró esos árboles con que la construyeron.
_ ¿Por esa razón los vecinos tienen
tanto miedo?
_ Han visto tantos casos que los
pocos que quedan han enloquecido y viven encerrados.
Juan se quedó a dormir esa noche en su automóvil hasta que amaneció. Al
cabo de unas horas despertó y al ver clarear el cielo miró hacia la casa y la
vio intacta, regenerada, con las puertas abiertas, con el brillo y la belleza
de su madera rojiza que tanto les encantó, dándoles la bienvenida a los
próximos inquilinos.
_ No permitiré que nadie más entre
a esa casa.



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