El Mar

Un día diferente en la vida de Yeyo lo llevó a disfrutar el lado dulce de su amarga vida.

Apostando Al Milagro

¿Serán simples mentiras o milagros las de un pueblo necesitado de alimentar su fe?

150 Grados

John, perdido en un planetoide de otra galaxia busca durante años el modo de retornar a casa.

Reserva Especial

El amor puede manifestarse de muchas maneras.

El Resguardo

Nunca hables con extraños en lugares desconocidos.

Ella

La mujer que todos quisieron.

El domador de leones

El miedo se enfrenta en algún momento.

El camino que lleva al fondo

Los polos semejantes se atraen.

Aferrado

¿Oh muerte, por qué no me llevaste cuando Yuleiny se fue?

El Niño Perdido

La lúgubre celda guarda el alma de un niño

La Dichosa y Cruel Filiberta

"Ella debe tener algún embrujo que la quiere viuda".

La Silla

" Hay cosas que sólo se ven desde La Silla".

Las Lenguas Muertas de Doña Pura

" Para quien quiera sacar sus demonios".

El niño con voz de Jilguero

"Canta mi niño, canta".

Porque mañana llega Angela

"Manaña llega Ángela... – suspiró el alcalde".

La casa viviente

"'Una noche bastó para no querer regresar a esa casa"".

Mayflower

"'La magia no está en las cosas"".

El hombre sin alma

¿Y ahora qué hago sin alma?

24 horas por morir

La puerta que nunca cierra no tiene dolientes; y lo peor, es que ella lo sabe.

miércoles, 7 de octubre de 2015

150 Grados. - Primera parte.


Escrita en Diciembre – 2009 y Abril – 2015 
Primera parte



Año 2016.

_ “El observatorio ruso Pravmov, dirigido por el astrónomo investigador Angus Blovak, pudo captar esta mañana, una grabación proveniente del espacio de unos sonidos que se repetían constantemente, identificados como un conjunto de códigos procedente de otra galaxia, a miles de años luz de nuestro sistema solar. No se ha podido descifrar aún el mensaje que pudo haber sido enviado hace muchísimos años antes. Para los conocedores, esto es una muestra de que no estamos solos, y que lo que esté en el espacio exterior emitiendo estos sonidos, desea comunicarse con otros mundos”. Seguiremos informando…

1996. Dos décadas atrás

_ “El proyecto espacial “Phoenix”, fue lanzado hoy desde Cabo Cañaveral - Florida, a las 10 de la mañana. Un grupo de cinco tripulantes, entre ellos el reconocido físico y biólogo John Strongharm permanecerá tres meses en la órbita espacial del planeta Marte. La misión contó con un presupuesto de más de tres mil millones de dólares y tendrá como objetivo reemplazar las placas dañadas del satélite Klimped VI, tomar las imágenes grabadas en su memoria y regresar a la Tierra.

Hasta el momento estamos esperando ponernos en conacto con el transbordador que va saliendo de nuestra atmósfera en estos instantes. Ese mismo trabajo fue hecho por otros países, con satélites similares, y junto a ellos también colaboró el doctor Strongharm. En pocos minutos tendremos contacto con la nave”.

_ ¿Phoenix, me escuchan?

_ Claro y firme base.

_ Soy la sargento Brittany Gray - vocero oficial de este proyecto. Los ojos del mundo están puestos en ustedes.

_ Nos alegra escucharlos, estamos preparándonos para trabajar. Todo marcha bajo control: la velocidad, temperatura y gravedad se mantienen en un nivel adecuado.

_ Gracias John, dinos ¿llevan algunos souvenirs para entregarlos a los extraterrestres en el camino? (Risas en la base)

_ Ja, ja, tenemos música aquí y toda clase de comida deshidratada, aunque no creo que eso les guste, ja, ja.

_ Pronto lo sabremos. Aprovechen la ocasión y saluden a sus familiares.

_ Yo quiero enviar un beso a mi amada esposa, que en poco tiempo volveremos a encontrarnos e iremos a Tahití de vacaciones, para ti Amy va este beso. A mis hijos que no le den dolores de cabeza, los amo.

_ Con estas palabras y este beso nos despedimos por hoy. Volveremos a transmitir en vivo cuando los expedicionarios lleguen a su destino.

Durante el trayecto interestelar no se observó nada fuera de lo común: sólo escombros de asteroides probablemente derivados de alguna explosión, del cual tomaron muestras. Mientras más se acercaban a su objetivo, más polvo cósmico impedía la visibilidad de la nave. Era algo normal en ese tipo de exploraciones. Tanto el doctor Strongharm como el sargento Muller habían participado en reparaciones de satélites en el espacio y siempre solucionaron todos los pequeños incidentes que pudieran ocurrir como calentamiento, quiebre de alguna pieza por impacto de meteoritos, falla electrónica por campos magnéticos, en fin contaban con un material humano bien capacitado para enfrentar cualquier crisis dentro y fuera de la nave. El Phoenix fue construido en 1990, pasando satisfactoriamente todos los simulacros y pruebas de temperatura y resistencia.

En un lapsus de cuatro meses entraron a la órbita marciana, localizando al satélite Klimped VI averiado, muy afectado por el impacto de los escombros estelares. Dos trajes fueron descomprimidos y colocados al doctor Strongharm y al físico doctor Kim Ho, para hacer las reparaciones. En el primer reconocimiento a bordo de una cápsula sujetada por cables al transbordador, pudieron notar el gran deterioro del satélite: sus paneles estaban totalmente destruidos por una posible explosión solar que lanzó una enorme llama de rayos. Dentro de él se preservaban algunos equipos que debido al material de fabricación podrían conservarse en buen estado.

El doctor Strongharm fue el primero en salir para chequear qué partes podían ser recuperables. Los paneles del traje y su casco empezaron a llenarse de cenizas, que luego fue arrastrada por un polvillo que apareció de repente obligándolo a retornar. El polvo se fue incrementando convirtiéndose en una fuerte tormenta, que rompió los cables que unían la cápsula a la nave lanzándola hacia el lado oscuro de Marte. Mientras, el doctor Ho no pudiendo retornar a tiempo a la cápsula, fue arrastrado por la tormenta hacia el espacio, siendo éste atraído debido a la presión ocasionada por la formación de un anillo estelar.

El transbordador aunque en menor grado también fue afectado, la comunicación con la base en el planeta Tierra se perdió. Tenían dos desaparecidos. Guiados por el protocolo instruido previamente por el comandante General Tom Mc Entire, debían circundar el área y después descender a la superficie para el rescate de los desaparecidos. La cápsula emitía una señal captable por su radar que se hacía cada vez más débil. Estaban preparándose para rastrear a sus compañeros cuando fueron detenidos por el sargento Muller, el cual les informó sobre los daños severos causados a la nave.

_ La señal indica que la cápsula se está alejando. No podemos seguir en órbita. - aseguró Muller.

_ ¿Qué tanto daño tenemos sargento?

_ Los compartimientos de combustible se sobrecalientan, si la temperatura sigue subiendo podríamos explosionar. Debemos aterrizar y resolver la avería, porque así no podremos retornar a la Tierra.

_ Descendamos entonces y busquemos a los doctores, será difícil sin transmisores.

_ Lo primero es lo primero, bajemos esta nave a Marte. – afirmó el segundo al mando el sargento Smith.



*  *  *

“En la más absoluta oscuridad las luces se movían fugaces, frías; voces, risas, murmullos; velas, aplausos y pasteles. Niños corren, Amy espera en la puerta. Los veo, ellos me ignoran. Uno de los tantos cumpleaños al cual no asistí”.

John estuvo inconsciente por largo rato dentro de la capsula severamente destruida. Despertó en un área desconocida a merced de los vientos, que movían el terreno polvoriento a gran velocidad. Con la luz de su casco pudo arrastrarse, sujetándose entre las rocas hasta divisar una zona de altas montañas, y detrás de éstas habían unos hangares hechos en metal, pistas de aterrizaje y carreteras marcadas, además de restos de naves, que bordeados por las rocas, se protegían de ser engullidos por los tornados.  Llegó hasta un hangar y pudo entrar, no encontrando ningún ser vivo, sólo unos símbolos escritos en el suelo. Daba detalles del asentamiento que existió en esa zona embestida por grandes campos magnéticos. Los habitantes emigraron o murieron dejando todo desierto. Era un área de unos 20 kilómetros oculta detrás de las montañas. Un lugar se comunicaba con el otro a través de unos ductos.

John buscaba algo que lo ayudara a salir de allí, hasta que encontró la base de un cohete espacial que sería utilizado para despegar, pero no tenía suficiente energía como para mantenerse activo por mucho tiempo. Esa nave tenía más de cincuenta años en el hangar según los datos escritos. Él lo usaría para por lo menos estar flotando en el espacio y poder ser detectado por el Phoenix.

_ "No se cómo, pero regresaré. Prometo que si salgo de ésta me retiraré para darte a ti y los niños todo mi tiempo". – pensaba en su esposa, mientras calculaba sus escasas posibilidades de salir airoso del nuevo desafío.

Buscó mapas e hizo mediciones hacia dónde dirigir el cohete, el cual al encendido se activó a la perfección. Encendió los motores y comenzó a ascender, no contó con que los vientos se movían rápidamente en una elipse. En vez de quedarse en la órbita marciana lo fueron empujando hacia otra dirección junto a una larga cola de restos de asteroides y polvo, arrastrándolo hacia un agujero de gusano. Sintió algo en su cuerpo que se estaba desintegrando. Pudo notar que su traje y sus guantes brillaban con mucha luz y que las paredes de la nave se difuminaban ante el cristal de su casco. Se volvió luz en un milisengundo. Estaba temeroso, había pasado a otro plano del universo y no tenía cómo luchar contra la corriente estelar. En cosa de segundos entró a una zona muy luminosa, incandescente y a velocidad luz fue viajando dentro de un corredor estelar, hasta que fue lanzado a una estrella muerta que hervía como bola de fuego y recibía muchos impactos de todos los objetos que atraía y adhería a su superficie.

Severamente lastimado yacía en suelo ardiente. La temperatura hervía a 150 grados según el marcador de su traje, su reloj se detuvo totalmente. Había mucha claridad por el fuego que siempre ardía. Se desató de los cables que llevaba arrastrados y abandonó el aparato totalmente dañado. Su contenedor de oxígeno también averiado marcaba lo que tenía en reserva solamente. El traje estaba roto en la rodilla izquierda y la sangre comenzaba a manchar sus botas. Debía resguardarse en algún sito para poder curar la herida. Dirigido por la luz de su casco llegó hasta una zona donde todo era muy rocoso pero más oscuro, donde pudo protegerse de los fuertes gases, pero el calor seguía incesante. Se quitó la parte inferior de su pesado traje, y detrás de una gran roca se quedó dormido.

Después de dos horas despertó notando que su casco ya no iluminaba, pero había una luz tan potente que no podía distinguir qué la emitía. Fue arrastrándose hasta ella notando las piedras luminosas, que a determinado grado de calor emitían luz de la energía calórica del ambiente. Tomó una y la puso en su caja de muestras. Ésta se apagó inmediatamente.



No te pierdas la segunda parte ....................

viernes, 2 de octubre de 2015

El Resguardo

Escrita en junio 2015.




Viajaba un forastero a la media noche en su viejo Mustang por una carretera oscura de la ruta 66, cuando uno de los neumáticos explotó.

_ ¡No podía haber sido peor mi suerte! pichado en medio de la nada.

_ Hey, Hey. Una voz le llamaba desde unos matorrales.

_ ¿Quién está ahí? –preguntó asustado.

_ Jose Morfa, un viajero sin valija.

_ Lamentablemente no puedo llevarlo – le argumentó.

_ No se preocupe no iré lejos.

_ Pues siga su camino, los desconocidos me ponen desconfiado.

_ Tranquilo amigo. Conmigo a usted no le pasará nada; es más, si me lleva hasta el cementerio de La Curva le daré un regalo.

_ Váyase por donde vino, usted no me hace sangre.

El hombre se perdió en la oscuridad mientras el vehículo emprendía su largo viaje. Después de recorrer treinta minutos a gran velocidad, la ideal para atropellar de muerte a cualquier cosa que estuviera en su camino, observó los matorrales y el bache donde su goma había explotado anteriormente. Estaba en el mismo lugar de donde partió y allí estaba el hombre saliendo del matorral nuevamente. Arrancó a toda velocidad sin esperar a que el sujeto le dirigiera la palabra. Pasó una hora manejando y sin quererlo estaba de nuevo en el mismo lugar donde el hombre le esperaba frente al matorral.

_ Le dije que si anda conmigo a usted no le pasará nada. Lléveme al cementerio de La Curva.

Simón tenía los nervios crispados, más que su erizado cabello. Arrancó el auto con el hombre a su lado, que no emitió palabra durante el trayecto. Unos minutos antes de llegar a su destino se quitó algo del cuello.

_ Tenga, se lo regalo.

_ Usted no me debe nada.

_ Es un resguardo, lo tengo desde hace años y me ha librado de la muerte muchas veces. Se lo compré al mismo Diablo.

Simón, más asustado ahora, lo cuestionó.

_ ¿Y por qué no lo quiere ahora?

_ Estoy cansado de tanto escapar, de que me persigan y no me atrapen. Ya quiero descansar.

_ Déselo a un familiar o a un hijo suyo.

_ Todos han muerto. Cada vez que me libro de la muerte el Diablo se lleva un ser querido.

_ ¡Yo no quiero esa cosa, la reprendo en el nombre de Dios!

_ Si no la toma pasará la noche dando vueltas en el mismo lugar. Además, si usted no tiene enemigos nadie lo va a perseguir y su familia no morirá.

_ También es cierto. ¿Qué va a pasar con usted sin el resguardo?

_ A lo mejor viva tranquilo por estos lares.

_ De acuerdo, déjeme el resguardo que yo lo guardaré.

_ Recuerde siempre llevarlo consigo, no se lo puede quitar – le advirtió.

Partió Simón de La Curva poniendo fin a tan extraña noche, viendo por el retrovisor al hombre medio a medio de la carretera. Apenas lo perdió de vista agarró el hilo grueso que sostenía un pequeño bulto amarrado, lo lanzó hacia el monte, terminando una noche de locos y locuras. Recorrió dos horas más cuando repentinamente de la nada salió una sombra a la cual atropelló.

Bajó lentamente del auto buscando al animal al que le había quitado la vida. Iluminó el suelo bajo el auto y allí estaba el hombre muerto, en el mismo lugar donde se le pichó la goma por primera vez. No podía sacarlo porque estaba atrabancado con el chasis. Sin pensarlo mucho arrancó el automóvil para destrabarlo pero lo que hizo fue arrastrar más al desdichado.

_ ¡El no debió quitarse el resguardo, no debió!                                   

Simón lloraba en medio de la oscuridad. Recorrió todo el trayecto arrastrando al hombre que dejó una larga mancha roja haciendo de la carretera una doble vía. Llegó hasta el cementerio de La Curva para enterrar lo que quedaba del hombre y luego aferrar su vida a la búsqueda del resguardo para no correr con la misma fatídica suerte.

Amaneció, después de dos horas de intensa búsqueda sin encontrar el resguardo. Cuando despertó estaba dentro de su carro, en el mismo lugar donde conoció al extraño hombre salido del matorral.



miércoles, 30 de septiembre de 2015

Apostando Al Milagro. - Primera Parte.

Escrita en Mayo – 2009.
Primera parte 1.




_ Ave María Purísima.

_ Sin pecado concebida.

_ Curita, la culpa me clava los sesos. Quiero sacarla de mi corazón y dejarla en este pueblo donde juré no volver.

_ Dios te escucha hija sin importar de dónde vengas.

_ No me quiero morirme con este peso que me aprieta el pecho desde tantísimos años. Yo robé, torturé, maldecí y hice santo a mijo.

El cuerpo encorvado de Amalia Santaolea escasamente alcanzaba la ventanilla que la ponía en contacto con el Señor. El Padre Simón apenas escuchaba su voz, parecida más bien al quejido de un alma en pena regresada del purgatorio. Su cansado cuerpo ya no soportaba los setenta y cinco años que acarreaba. Llevaba un vestido negro en algodón abotonado al frente; sus dos bolsillos laterales servían para sostener allí sus cansados brazos. Una mantilla negra adornaba su cabeza, en contraste con las pocas hebras blancas que le quedaban. Medias negras largas hasta el muslo sostenidos por ligas gastadas por tanto uso, zapatos negros tacón bajo con hebillas a los lados que cumplían diez años de trabajo ininterrumpido, como una promesa. Su piel cual terreno seco y agrietado poseía surcos por donde corría el sudor que mojaba cual rocío su frente, el mismo sudor ácido producto de su entraña maldita. Sus ojos han perdido su color. Años antes eran negros, hoy parecen agrisados por todo lo que han visto en la vida. No quedaba mucho de ella, sólo el deseo de morir tranquila con el perdón del Señor.

La misa de las cinco era anunciada, las campanas llamaban a los feligreses. El Padre Simón aunque interesado por la confesión de doña Amalia, tenía oficios eclesiásticos que cumplir.

_ Mi tiempo en el confesionario ha terminado. ¿Cree usted que podría venir mañana? - le preguntó. Tiene todo el día para venir pues la misa no es sino hasta las siete. Yo le estaré esperando.

_ Como usté diga curita. No me queda mucho tiempo, pero vendré mañana.

_ Vé con Dios hija.

El padre Simón, turbado por la extraña forastera salió apresurado del confesionario hacia el salón detrás de la capilla donde se cambió de ropa. Su sotana blanca adornada a la cintura por un largo lazo dorado le daba un aspecto angelical. La tarde era especial en “El Mamey”. Se celebrarían algunos bautizos de niños y jóvenes, nuevas ovejas para el rebaño del Señor. Las almas abarrotaron la iglesia. No faltó quien en pleno pasillo caminara de rodillas hasta el altar. Amalia fue una de ellas. El Padre Simón vio a la senil mujer sin darse cuenta que era la misma que minutos antes intentó confesarse. Sus piernas estaban entumecidas por los años, pero su deseo de llegar al atrio era tan grande que los feligreses a su alrededor le dejaron espacio para que llegar al altar. Allí estaba Jesús en la cruz esperando por ella. La misa terminó y todos incluyendo a la señora se retiraron.

Era la segunda vez que visitaba ese pueblo y no tenía a donde ir. Caminó sin rumbo hasta encontrar el parque donde descanso sus cargas sobre un banco y una vez dormida, el negro manto de la noche la acurrucó. Antes del amanecer ya estaba en pie, con sus zapatos negros de hebillas laterales espolvoreados por su paso en el camino. Se enfiló rumbo a la iglesia nuevamente. Las seis y treinta de la mañana, cantaba el gallo y el pueblo de “El Mamey” comenzaba a despertar. Una vendedora de té le regaló la primera taza del día acompañada de dos panes recién hechos.

Las puertas de la iglesia no estaban abiertas aún. Se sentó en uno de los cinco escalones que tenía la entrada de aspecto modesto y bien conservado a través de los años. Cercano a las siete salió a su encuentro el Padre Cástulo. Le pareció raro que en un día en que no acostumbraban a oficiar misas alguien estuviera esperando afuera tan temprano. Daba la impresión de ser una forastera, todo el mundo sabía que los lunes no se celebraba acto alguno. Preguntó por el Padre Simón - el nuevo Padre del pueblo -  que tampoco recordó que los lunes no se celebraba ninguna actividad y esto no excluía la confesión. El sacerdote salió vestido de negro -camisa y pantalón- con un pequeño listón blanco que rodeaba su cuello. Su cabello partido a un lado y sus lentes de pasta gruesa le hacían ver más viejo de lo que era. Sus treinta y cuatro años no eran mucho en esos días. Faltaba mucho por vivir, por oír, por hacer.

_ Buenos días señora a la casa del Señor. ¿En qué puedo ayudarle?-cuestionó a la anciana con voz pausada, la misma que había ido de rodillas al atrio.

_ Buenos días curita, quiero decir mis pecados.

_ Siento haberle informado mal, hoy no hay confesionario. De hecho, tenemos una actividad en un pueblo cercano. ¿Podría volver mañana si lo desea?

_ Padrecito, no puedo volver otro día. Mañana me muero. Solo hoy me quedan fuerzas para ajustarme las hebillas de mis zapatos.

_ No diga eso, usted se ve saludable -dijo el Padre Simón tratando de darle ánimo.

_ Si no lo saco hoy iré diretico al infierno.

Ante la seguridad de su mirada y la certeza en sus palabras de que se acercaba el fin el cura se inquietó.

_ Vamos a hacer una cosa, si tiene tanta prisa. Yo iré a hablar con el Padre Cástulo y me quedaré con usted en el confesionario si él no me necesitara. Espere un minuto.

_ Vaye tranquilo, no me moveré de aquí.

El sacerdote entró a la iglesia, recorrió el pasillo de veinte pasos hasta el fondo y treinta bancos a los lados, se persignó ante el altar con Jesús crucificado y pasó al salón detrás del atrio. Pidió excusas al Padre Cástulo por no poder acompañarlo a la actividad, porque entendía que una oveja necesitaba ser rescatada.

Salió nuevamente a la entrada y le pidió a la señora que lo esperara en el confesionario. Vistió su sotana blanca del día anterior, besó el rosario que llevaba en sus manos y se sentó. El blanco de su túnica daba un poco de claridad al oscuro y pequeño lugar visitado ahora por una señora de negro. Las puertas de la iglesia fueron cerradas. En esta ocasión una sola persona estuvo invitada.

_ Confieso Padrecito que he pecado.

_ Dios te escucha hija.

_ Todo sucedió hace doce años…



No te pierdas la segunda parte .............

Reserva Especial

Escrita en enero  2015.



En las lejanas tierras de Humaipata uvas perfectas y de un insuperable sabor eran cosechadas. Todos los días, Jaime recorría sus viñedos inspeccionando cada hoja, cada estaca, con el fin de que crecieran sin ningún defecto y tener así una buena cosecha. Tanto le apasionaba su trabajo que expresaba su amor hacia las uvas, brindándole éstas una gran producción cada año.

Una noche llena de encanto, fue invitado a una velada y allí conoció a una hermosa mujer de lejanas regiones. Quedó admirado de su singular belleza y de cómo la transparencia de su piel dejaba ver claramente sus múltiples venas verdes violáceas, trayendo a su memoria las enredaderas y surcos de su viña. Tanta fue su pasión que quiso ofrecerle la oportunidad de que ella disfrutara como él del verdor de su finca.

Platicaba a sus plantas diariamente acerca de la nueva amiga que vendría, a tal punto que ellas se sintieron celosas al ver lo apasionado que su cuidador se sentía.

Una mañana la mujer fue al sembradío y al llegar al lugar vio las vides aun sin frutos y no manifestó el sentimiento esperado por su anfitrión, sintiéndose éste tan decepcionado que dejó caer sus lágrimas a la tierra. Ella dijo que no regresaría, él en cambio, no quería que se fuera. La dejó unos instantes a solas, para ver si el aire frio y fresco la hacían cambiar de opinión; mientras, fue a la bodega a traerle el vino de su mejor cosecha como obsequio.

Ella se marchó: sin el vino, sin decir adiós, sin admirar el verdor de las vides.

Durante muchos meses la idea de volver a verla siempre surgió. Enviaba mensajes que nunca recibieron respuesta. No supo más de ella.

La cosecha estuvo lista y cada vez que Jaime saboreaba las uvas de los recientes racimos, tenían un incomparable sabor que la traían a su memoria. Produjo buen vino y lo guardó en barricas de roble, para dentro de cinco años participar en el concurso nacional de la región como su reserva especial.

Los años transcurrieron y el momento de participar llegó. Una vez exhibido, fue degustado por los mejores catadores de la región, dando finalmente un extraño veredicto: “Vino granate de gran cuerpo, amplio, redondo, fuerte bouquet, tonos maderables, puesto en boca se siente el suave aroma de Humaipata, destacándose un sentimiento fuerte de amor: amor por las uvas, amor por el campo, amor por el hermoso clima frio, aunque después de su consumo queda en las papilas, un extraño aunque agradable sabor a sangre”.

Jaime extrañado recogió su premio y regresó a la finca. Con copa en mano, tomaba sorbos del vino ganador mientras sus dedos se paseaban entre las ramas verdes violáceas del viñedo. Hubo momentos de embriaguez donde vio a la mujer de transparente piel tocar su mejilla entre las hojas y con un suave silbido susurrarle al oído palabras de amor. Extasiado cayó al suelo, aferrándose a las enredaderas que le dieron tan grata sensación.

Un regalo de la viña para el sembrador que dedicó con pasión toda su vida a cuidar de las uvas: Al ver que él la perdía las vides fueron envolviéndola, arrastrándola hacia ellas, entrelazando sus ramas con sus venas, engulléndola completamente, hasta hacer desaparecer su transparente piel, convirtiéndola en parte del viñedo.

El Mar

Escrita en junio 2015.



El pescador se levantó en la madrugada a coser la red que había sostenido su vida durante cuarenta y siete años; red que había soportado los embates de una barracuda y sus tres vástagos de dos patas, los mismos que le han apagado la voz, convirtiéndolo en un hombre solitario y triste.

Con la luna llena iluminando las aguas, partió Yeyo mar adentro en su barca “La Esperanza Negra”, a cosechar los frutos que éste le daba, para llevar alimento a su caney.

Echó la red mientras contemplaba el amanecer. Encendió uno de los túbanos a medio fumar que había encontrado, en las recompensas que a veces el mar arrastraba. El sol imponente, amarillo, calentaba sin piedad cada surco sudoroso de su rostro, ahora inundado por el humo que salía de su nariz.

Iba a ser un día caluroso, el mar estaba picado por las brisas del este y no había peces. Movió su barcaza a otro lugar y puso las carnadas con buenas lombrices atadas. Pasaron horas y pescado alguno no llegó a agarrar. Se fue mar adentro montando todo su arsenal: redes, cañas, jaulas y carnadas.

El sol se cansó de quemar su mollera expuesta por el agujero de su sombrero de paja.

Atardecía. Yeyo fumó el último cabo de tabaco. Recogió las redes, las jaulas y las cañas. No pescando nada, abrió sus brazos ampliamente abrazando el horizonte, respirando la brisa salada que perfumaba su camisa de cuadros deshilachada y disfrutando durante esas horas de lo que el mar le brindaba. Dejando que el aire jugara con cada espacio de su cuerpo, llenó sus pulmones de una tranquilidad y sosiego que no cabían en su barcaza. Sus ojos cerrados vertían lágrimas blancas de la sal pegada a su rostro al final de un largo día de trabajo.

Llegó al caney al anochecer, al mismo berrinche de siempre, por no llevar suficiente alimento para las pirañas. Subió a su hamaca y reposó por unas horas para en la madrugada volver a coser sus redes y partir.

El día tuvo sus beneficios, obtuvo lo que nunca había pescado en toda su vida: Quietud.

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