sábado, 20 de febrero de 2016

Apostando al milagro. Sexta parte

Escrita en Mayo – 2009



Era la mañana del lunes cuando el Padre Graciano llamó a la puerta de Euraclio para desayunar.

_ Muchacho despierta.

Tocó la puerta tres veces y nadie respondió. Caminó por el patio hasta salir a la calle y encontró al joven junto a la multitud, besando niños y riendo con los desamparados. Su rostro se notaba diferente. Lucía calmado como si nada le perturbara.

_ ¿Hijo qué haces? Ven aquí.

_ Padrecito,  mire cuánta gente hay afuera. Déjelos entrar a la iglesia.

_  Necesitas comer algo primero, ven y después hablamos.

_ No quiero nada Padrecito, estoy bien. Solo quiero orar. Abra las puertas.

El Padre se emocionó al oír esto tuvo sus dudas sobre si estaba realmente delante de un Santo. Euraclio había puesto la carnada y todos a excepción de su madre tenían clavado el anzuelo. En un área con capacidad para 100 personas entraron 300. Todos oraban. El calor se sentía fuertemente en el lugar: uno por personas que estaban allí agolpadas y otro por los velones encendidos. Ese era uno de los artículos de mayor consumo en el pueblo últimamente.

_ Es increíble que un pueblo tan incrédulo que nunca había venido a la iglesia en los veinticinco años que tengo aquí, este tan necesitado de la ayuda del Señor -expresó el cura.

Euraclio ahora Santo solamente oraba o por lo menos fingía orar. Maquinaba, cómo le iba a hacer con toda esa gente. Se quitó responsabilidad diciendo que él no era un Santo, era sólo un instrumento de Dios. Llegado el momento se armó de valor y decidió vivir de nuevo la experiencia del río. Se levantó del suelo y se volvió hacia la multitud. Allí vio a un hombre inválido: tenía sus dos piernas sanas pero un día a raíz de un trauma dejó de caminar. Por más médicos que visitó en la ciudad no logró ponerse de pie.

_ Hermano, levántate y camina -le ordenó al desdichado.

El hombre apoyó sus manos con fuerza sobre la silla de madera en que lo llevaron y se levantó. Cayó al instante al suelo y le volvió a ordenar que se levantara en nombre del Señor. Milagrosamente el hombre se agarró de la silla de nuevo y se levantó. Ayudado por sus familiares pudo dar sus primeros pasos en muchos años. La alegría y el júbilo se sintieron en el lugar. Las señoras cantaban al Señor con un coro ya organizado.



*  *  *

Cada semana la iglesia se colmaba de más y más personas, en más de una ocasión le hicieron ofrendas muy valiosas tanto a la iglesia como a Euraclio y su madre. Uno de los ganaderos regaló al Santo una casa que este cedió a su madre para que la habitara.

No siempre se efectuaban sanaciones en el lugar. Antes de los milagros doña Amalia debía averiguar las vidas de los feligreses a sanar, y junto a su hijo los escogían. Era casi seguro que irían a la iglesia a pedir ser sanados.

El mes siguiente un viernes cualquiera apareció una mujer muy hermosa en la misa de las siete. Euraclio se quedó maravillado por la belleza de la visitante.

_ ¿Y tu mija, a qué has venido?

_ Necesito un milagro, Santo.

_ Limpiaré tu cuerpo para que tu vientre de frutos.

_ Amén, Santo.

El Santo ya sabía cuál era el verdadero problema de ésta mujer. Se había casado con un hombre treinta años mayor que ella, un anciano que ya no era capaz de engendrar. Esto imposibilitaba que ella se embarazara, unido a su ansiedad de ser madre. Llegada a sus cuarenta sentía el deseo y no perdía las esperanzas de darle un hijo a su esposo. Por unos minutos pasó la mano por el vientre de la mujer y le dijo:

_ Ve a tu casa y acuéstate. Pide al Señor durante toda la noche.

Cada quince días se hacía una sanación. En la iglesia el Padre no sabía qué hacer con tantas ofrendas. Hasta el púlpito fue remodelado y se compró la casa de al lado para extender el área religiosa. Allí se daban los catecismos y se hacían retiros espirituales. Estaban la cocina y algunas habitaciones donde el Santo dormía.

Una noche muy tarde la mujer que recibió el milagro llegó a esa casa y tocó la habitación del Santo.

_ Santo, perdóneme que le moleste.

_ ¿Qué puedo hacer por ti mija?

_ He orado todos estos días y no he salido embarazada aún.

Los ojos de Euraclio brillaron pero no por emoción sino por picardía.

_ El Señor limpió tu vientre, pero te falta sembrar la semillita.

La mujer estaba confundida y en cierto modo emocionada. Parecía que el Santo la estuviera escogiendo para ser la madre de su santito.

_ ¿Va a ser hijo de mi esposo?

_ Claro mija, pero el Señor deberá ahora abonar el terreno. ¿Me entiendes?

_ Santo, gracias por ayudarme.

_ Ven mija entra a la habitación.

Era la primera vez en muchos meses después que Irene lo dejó por otro que Euraclio estaba con una mujer. Al amanecer la señora salió de habitación y se marchó a su casa, diciendo a su marido que estaba en un retiro orando para salir embarazada y así fue. Al cabo de unos meses la señora ya tenía una barriga y su esposo estaba tan contento que entregó al Santo un pequeño terreno con unas cabezas de ganado. Doña Amalia y su hijo reían a carcajadas. Ya tenían dinero, casa, bienes pero aún querían más.




No te pierdas la continuación de esta fantástica historia....

0 comentarios:

Publicar un comentario

Gracias por leer mis historias. Deja un comentario.

Twitter Delicious Facebook Digg Stumbleupon Favorites More