Escrita en Mayo – 2009
Era la mañana del lunes cuando el
Padre Graciano llamó a la puerta de Euraclio para desayunar.
_ Muchacho despierta.
Tocó la puerta tres veces y nadie
respondió. Caminó por el patio hasta salir a la calle y encontró al joven junto
a la multitud, besando niños y riendo con los desamparados. Su rostro se notaba
diferente. Lucía calmado como si nada le perturbara.
_ ¿Hijo qué
haces? Ven aquí.
_ Padrecito, mire cuánta gente hay afuera. Déjelos entrar a
la iglesia.
_ Necesitas comer algo primero, ven y después
hablamos.
_ No quiero nada
Padrecito, estoy bien. Solo quiero orar. Abra las puertas.
El Padre se emocionó al oír esto
tuvo sus dudas sobre si estaba realmente delante de un Santo. Euraclio había
puesto la carnada y todos a excepción de su madre tenían clavado el anzuelo. En
un área con capacidad para 100 personas entraron 300. Todos oraban. El calor se
sentía fuertemente en el lugar: uno por personas que estaban allí agolpadas y
otro por los velones encendidos. Ese era uno de los artículos de mayor consumo
en el pueblo últimamente.
_ Es increíble
que un pueblo tan incrédulo que nunca había venido a la iglesia en los
veinticinco años que tengo aquí, este tan necesitado de la ayuda del Señor -expresó
el cura.
Euraclio ahora Santo solamente oraba
o por lo menos fingía orar. Maquinaba, cómo le iba a hacer con toda esa gente.
Se quitó responsabilidad diciendo que él no era un Santo, era sólo un
instrumento de Dios. Llegado el momento se armó de valor y decidió vivir de
nuevo la experiencia del río. Se levantó del suelo y se volvió hacia la multitud.
Allí vio a un hombre inválido: tenía sus dos piernas sanas pero un día a raíz
de un trauma dejó de caminar. Por más médicos que visitó en la ciudad no logró
ponerse de pie.
_ Hermano,
levántate y camina -le ordenó al desdichado.
El hombre apoyó sus manos con fuerza
sobre la silla de madera en que lo llevaron y se levantó. Cayó al instante al
suelo y le volvió a ordenar que se levantara en nombre del Señor.
Milagrosamente el hombre se agarró de la silla de nuevo y se levantó. Ayudado
por sus familiares pudo dar sus primeros pasos en muchos años. La alegría y el
júbilo se sintieron en el lugar. Las señoras cantaban al Señor con un coro ya
organizado.
* * *
Cada semana la iglesia se colmaba de
más y más personas, en más de una ocasión le hicieron ofrendas muy valiosas
tanto a la iglesia como a Euraclio y su madre. Uno de los ganaderos regaló al
Santo una casa que este cedió a su madre para que la habitara.
No siempre se efectuaban sanaciones
en el lugar. Antes de los milagros doña Amalia debía averiguar las vidas de los
feligreses a sanar, y junto a su hijo los escogían. Era casi seguro que irían a
la iglesia a pedir ser sanados.
El mes siguiente un viernes
cualquiera apareció una mujer muy hermosa en la misa de las siete. Euraclio se
quedó maravillado por la belleza de la visitante.
_ ¿Y tu mija,
a qué has venido?
_ Necesito un
milagro, Santo.
_ Limpiaré tu
cuerpo para que tu vientre de frutos.
_ Amén, Santo.
El Santo ya sabía cuál era el
verdadero problema de ésta mujer. Se había casado con un hombre treinta años
mayor que ella, un anciano que ya no era capaz de engendrar. Esto
imposibilitaba que ella se embarazara, unido a su ansiedad de ser madre.
Llegada a sus cuarenta sentía el deseo y no perdía las esperanzas de darle un
hijo a su esposo. Por unos minutos pasó la mano por el vientre de la mujer y le
dijo:
_ Ve a tu casa
y acuéstate. Pide al Señor durante toda la noche.
Cada quince días se hacía una
sanación. En la iglesia el Padre no sabía qué hacer con tantas ofrendas. Hasta
el púlpito fue remodelado y se compró la casa de al lado para extender el área
religiosa. Allí se daban los catecismos y se hacían retiros espirituales.
Estaban la cocina y algunas habitaciones donde el Santo dormía.
Una noche muy tarde la mujer que
recibió el milagro llegó a esa casa y tocó la habitación del Santo.
_ Santo,
perdóneme que le moleste.
_ ¿Qué puedo
hacer por ti mija?
_ He orado
todos estos días y no he salido embarazada aún.
Los ojos de Euraclio brillaron pero
no por emoción sino por picardía.
_ El Señor
limpió tu vientre, pero te falta sembrar la semillita.
La mujer estaba confundida y en
cierto modo emocionada. Parecía que el Santo la estuviera escogiendo para ser
la madre de su santito.
_ ¿Va a ser
hijo de mi esposo?
_ Claro mija,
pero el Señor deberá ahora abonar el terreno. ¿Me entiendes?
_ Santo,
gracias por ayudarme.
_ Ven mija
entra a la habitación.
Era la primera vez en muchos meses
después que Irene lo dejó por otro que Euraclio estaba con una mujer. Al
amanecer la señora salió de habitación y se marchó a su casa, diciendo a su
marido que estaba en un retiro orando para salir embarazada y así fue. Al cabo
de unos meses la señora ya tenía una barriga y su esposo estaba tan contento
que entregó al Santo un pequeño terreno con unas cabezas de ganado. Doña Amalia
y su hijo reían a carcajadas. Ya tenían dinero, casa, bienes pero aún querían
más.
No te pierdas la continuación de esta fantástica historia....



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