sábado, 20 de febrero de 2016

150 grados. Sexta parte.

Escrita en Diciembre – 2009 y Abril – 2015

Sexta parte.




Cuando la tormenta cesó, algunos de los alienígenas fueron a inspeccionar el área exterior notando que no quedaba más que hierro fundido y lava, todo lo que formaba el suelo había desaparecido, los pozos de lodo - su alimento - ya no estaban, ni tampoco las rocas alucinógenas, mucho menos las rocas rojizas de luz. Lo había devorado todo y pasaron a ser parte del agujero negro. Si los fenómenos seguían ocurriendo llegarían hasta la caverna y la destruirían como hicieron con el exterior. Y más aún su temperatura sería tan alta que morirían calcinados sin poder escapar. Esa preocupación lo motivó a inspeccionar las áreas prohibidas de la caverna. Ni siquiera los vigilantes sabían que velaban ahí. Por generaciones en generaciones todos nacieron y crecieron con esa cueva cerrada ante la amenaza de que si entraban morirían.

John alejó a otros compartimientos de la caverna a todos los colonos e hizo algunos análisis abriendo primero un pequeño agujero en las paredes para ver si salía algún humo o contaminante que produjera alguna enfermedad. Su olfato ya no era muy bueno pero lo que percibió no le dio ninguna señal de alarma. Un grupo de tres alienígenas comenzó a derribar las piedras que impedían la entrada a la primera cueva. Al abrirla encontraron grandes cantidades de equipos, partes de naves y muchísimos aparatos de navegación. Él fue el primero en entrar e inspeccionar todos los objetos encontrados. Habían dibujos de los exploradores estelares que llegaron a través del agujero de gusano, el mismo que arrojó a John de Marte al planetoide. También grabados en las paredes de cómo viajaron de galaxia en galaxia buscando planetas habitables y las bitácoras escritas de toda su historia y las muertes de los tripulantes de la nave Excelsior, que había viajado después de los primeros expedicionarios al planeta Tierra. Eran parte de los migrantes rezagados que viajaron buscando La Tierra, pero no llegaron. Habían habitado en otros planetas por corto tiempo, en otras galaxias hasta ser atrapados por ese agujero de gusano que los confinó a vivir en el planetoide que ellos llamaron Exodus.

El medio ambiente fue deformando sus cuerpos y se internaron en las cuevas. Para poder adaptarse debían desprenderse de los equipos que ya no usarían y por eso lo catalogaron de prohibidos, para preservarlos intactos. Muchos murieron, otros sobrevivieron y finalmente fueron reproduciéndose y adaptándose al medio en que vivieron por siglos. John quedó asombrado de lo que leyó en los escritos en lengua muerta.

_ ¡Son humanos! –se dijo. !Evolucionaron!

Empezó a inspeccionar fijamente a Pkcrit por todos los lados, provocando la algarabía entre los alienígenas que no comprendían su emoción. John los abrazaba y bailoteó a alguno de ellos. Poco más tarde entristeció al darse cuenta que con el tiempo, él seguiría transformando su cuerpo hasta perder su lenguaje, su postura homínida, sus recuerdos, a Amy, hasta convertirse en criatura también.

_ Oh Amy, no querrás verme así. Estoy mutando…


Con tres años allí ya conocía el lenguaje nasal, y se había acostumbrado a sus hábitos sin dificultad. Cada día entraba a  la cueva a estudiar las piezas y partes de naves, y los materiales en que estaban hechos para tener una idea de cómo viajaron de galaxia en galaxia, ya que según lo que vio no se propulsaban con combustible sino con una especie de batería energética que se descargó con el tiempo. Entre los equipos de transmisión habían algunos que podrían utilizarse si lograba repararlos y enviar mensajes al espacio exterior.



No te pierdas la continuación de esta increíble historia.

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