Escrita en Mayo – 2009
_ ¡Dame lo que
me toca desgracimado.
_ ¡Toma! y
esto es el principio, seremos ricos.
_ ¡Tanto! Yo
sabía que un día harías algo útil.
_ Lo sé madrecita.
Euraclio entregó el dinero a su
madre y empezó a planear el próximo paso; ya tenía la iglesia muchos feligreses
fijos, las ofrendas estaban funcionando y la virgen continuaba llorando. El día
que lo hacía se corría la voz y más gente del pueblo acudían a verla y a pedir
milagros. Eso faltaba en el pueblo: un milagro.
Cada tarde la catequesis era
enseñada a un grupo de sesenta personas entre grandes y chicos incluyendo a
doña Amalia. Pasó un mes y la señora ya se estaba impacientando.
_ ¿Qué es lo
que tanto piensas? –preguntó a su hijo. Mira que eso pone loco a los muchachos.
Ya casi no te veo en las mañanas, ni siquiera en la iglesia.
_ Estoy pensando
el próximo paso madre. Si no me has visto últimamente es que estoy practicando.
_ ¿Entonces
para cuándo será?
_ Para el día
del bautizo.
Salió de casa de su madre y entró a
la parroquia y allí estaba el Padre tomando los datos de algunos de los futuros
bautizados. A cada uno de ellos le pidió que escribieran el nombre de sus
padrinos y madrinas.
_ Padrecito
¿Cómo le va?
_ Te esperaba
Euraclio. Lléname esta forma para el archivo de bautizados.
_ No lo sé hacer
Padrecito.
_ ¿Y por qué
no, hijo?
_ Es que no sé
de letra.
_ Bueno,
déjame ayudarte. Comencemos. Dame tu nombre.
_ Euraclio Santaolea.
_ ¿El apellido
de tu madre?
_ Si.
_ ¿Y el de tu
padre?
_ Nunca conocí
a mi papá. Mi madrecita sólo lo vio una vez.
_ ¿Cuándo
naciste?
_ El
veinticinco de diciembre de 1963.
_ Cumplirás
treinta y tres años este diciembre.
_ Exactamente padrecito.
El cura se quedó observando
fijamente el rostro de Euraclio: alto, blanco, flacuchento, demacrado, bigotes,
barba y cabello más largos de lo aceptado, y unos profundos ojos negros que le
daban un celaje misterioso al muchacho.
_ ¿A qué te
dedicabas antes de venir al pueblo?
_ Yo trabajaba
en una fábrica. Me botaron porque mi mujer me engañó con uno de mis jefes. Por
eso dejé el pueblo y busqué a mi madrecita.
_ ¡Es una
lástima! ¿Ya escogiste padrinos?
_ No conozco a
nadie en el pueblo.
_ No te
preocupes, yo te buscaré a alguien.
_ Gracias Padrecito,
usted es un buen amigo.
_ Gracias a ti
también hijo, desde que llegaste Dios ha iluminado esta iglesia. Te puedo
asegurar que en algunos momentos me decepcioné al ver tanta gente atea.
_ Voy a trabajar
para que venga mucha a la iglesia.
_ Me agrada
oírte hablar así muchacho. Cuando te vi por primera vez creí que eras otro
incrédulo más.
_ Yo creo en
la virgen y en Jesús
_ Haz entrar
al próximo, todavía me quedan muchas fichas por llenar.
Durante las clases de la catequesis
Euraclio fue uno de los mejores estudiantes. De espíritu inquieto, hacía
preguntas y aprendía con mucha facilidad. El día especial se acercaba y todo ya
estaba preparado. Días previos al bautizo el Padre Graciano le dijo que no se preocupara
por adornar la iglesia para ese día, porque había recibido permiso de sus
superiores para celebrar el acto en el río Adón, ya que eran demasiadas
personas para bautizar y junto a los feligreses que vivían prácticamente en la
iglesia venerando a la virgen iban a destruir la casa de Dios.
Llevaba meses preparándose para el
momento. Doña Amalia llena de ansiedad se comía las uñas por temor a que algo
saliera mal y su hijo tan calmado, como si hubiese engañado al mundo desde que
nació.
Por fin llego el día, a todos los
bautizados le colocaron una bata blanca. Una larga fila de ahijados y padrinos
se hizo. A lo ancho le rodeaban familiares y personas del pueblo. El sacerdote
fue llamando cada uno de los bautizados haciéndoles las mismas preguntas, luego
entraban al río y mojaban su frente con agua corriente. Uno a uno fue llamado
hasta llegar a Euraclio. El día estaba soleado y el río brillante.
_
¿Aceptas al Señor como tu Salvador?¿Crees que Jesús fue engendrado, no creado,
que viene del Padre,….etc?
Cuando Euraclio entró al agua una
paloma blanca voló no se sabe de dónde y se posó sobre su cabeza.
_
¡Es el Espíritu Santo! -gritó su madre.
Las personas empezaron a
arrodillarse.
_ Es el
enviado del Señor- decían otros.
La gente se volvió loca. Todos
querían entrar al agua. La paloma voló y cuando Euraclio levantó sus ojos
mirando al cielo su cabeza se iluminó reflejando el sol como un aura en su
cabello. En ese momento el Padre Graciano cayó de rodillas al igual que cientos
de pueblerinos.
_
¡Cúrame, por favor Santo! -dijo un enfermo.
Euraclio no sabía qué hacer, lo tocó
y el hombre salió sano: esa fue su primera sanación. Nadó río adentro para no
ser aplastado por la multitud y llegó al otro lado. Corrió directo hacia la
iglesia y se encerró en su angosta habitación. El milagro había sobrepasado sus
expectativas. No esperaba tal avalancha humana, solo quería emocionar un poco
al pueblo.
_
Todos los que no pudieron ser bautizados los dejaremos pendientes -dijo el
Padre.
La multitud corrió hacia la iglesia
y las señoras cantaban al Señor como si fuera una procesión. En la iglesia las
campanas no repicaron y las puertas permanecieron cerradas luego de sacar a los
fervientes de la virgen. El Padre llegó acompañado de doña Amalia.
_
Primero la virgen y luego tú ¿Quieres decirme qué es lo que sucede?
_
No sé lo que está pasando Padrecito, yo nunca fui a la iglesia y ahora me
siento diferente desde que vine al pueblo.
Doña Amalia besaba las manos de su
hijo.
_
Mijo esta bendecido Padrecito –expresó la señora emocionada.
_
Esto nunca lo había presenciado en mi vida –dijo el Padre. Vamos a ver cómo
calmamos a la multitud. No salgas de tu habitación por hoy, no quiero que te
lastimen.
_
¡Queremos ver al Santo! -gritaban.
Aunque les ordenó que se fueran, los
fervientes feligreses encendieron velas y colocaron flores en frente de la
iglesia y allí permanecieron días hasta ver al Santo otra vez.
_
Mijo, soy yo, déjame entrar.
_
No mamita hoy no. Mañana.
Doña Amalia se fue en la tarde a su
casa saliendo por el patio de la iglesia. No entendía por qué si todo había
salido tan bien, su vástago se sentía tan mal.



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