El Mar

Un día diferente en la vida de Yeyo lo llevó a disfrutar el lado dulce de su amarga vida.

Apostando Al Milagro

¿Serán simples mentiras o milagros las de un pueblo necesitado de alimentar su fe?

150 Grados

John, perdido en un planetoide de otra galaxia busca durante años el modo de retornar a casa.

Reserva Especial

El amor puede manifestarse de muchas maneras.

El Resguardo

Nunca hables con extraños en lugares desconocidos.

Ella

La mujer que todos quisieron.

El domador de leones

El miedo se enfrenta en algún momento.

El camino que lleva al fondo

Los polos semejantes se atraen.

Aferrado

¿Oh muerte, por qué no me llevaste cuando Yuleiny se fue?

El Niño Perdido

La lúgubre celda guarda el alma de un niño

La Dichosa y Cruel Filiberta

"Ella debe tener algún embrujo que la quiere viuda".

La Silla

" Hay cosas que sólo se ven desde La Silla".

Las Lenguas Muertas de Doña Pura

" Para quien quiera sacar sus demonios".

El niño con voz de Jilguero

"Canta mi niño, canta".

Porque mañana llega Angela

"Manaña llega Ángela... – suspiró el alcalde".

La casa viviente

"'Una noche bastó para no querer regresar a esa casa"".

Mayflower

"'La magia no está en las cosas"".

El hombre sin alma

¿Y ahora qué hago sin alma?

24 horas por morir

La puerta que nunca cierra no tiene dolientes; y lo peor, es que ella lo sabe.

miércoles, 30 de septiembre de 2015

Apostando Al Milagro. - Primera Parte.

Escrita en Mayo – 2009.
Primera parte 1.




_ Ave María Purísima.

_ Sin pecado concebida.

_ Curita, la culpa me clava los sesos. Quiero sacarla de mi corazón y dejarla en este pueblo donde juré no volver.

_ Dios te escucha hija sin importar de dónde vengas.

_ No me quiero morirme con este peso que me aprieta el pecho desde tantísimos años. Yo robé, torturé, maldecí y hice santo a mijo.

El cuerpo encorvado de Amalia Santaolea escasamente alcanzaba la ventanilla que la ponía en contacto con el Señor. El Padre Simón apenas escuchaba su voz, parecida más bien al quejido de un alma en pena regresada del purgatorio. Su cansado cuerpo ya no soportaba los setenta y cinco años que acarreaba. Llevaba un vestido negro en algodón abotonado al frente; sus dos bolsillos laterales servían para sostener allí sus cansados brazos. Una mantilla negra adornaba su cabeza, en contraste con las pocas hebras blancas que le quedaban. Medias negras largas hasta el muslo sostenidos por ligas gastadas por tanto uso, zapatos negros tacón bajo con hebillas a los lados que cumplían diez años de trabajo ininterrumpido, como una promesa. Su piel cual terreno seco y agrietado poseía surcos por donde corría el sudor que mojaba cual rocío su frente, el mismo sudor ácido producto de su entraña maldita. Sus ojos han perdido su color. Años antes eran negros, hoy parecen agrisados por todo lo que han visto en la vida. No quedaba mucho de ella, sólo el deseo de morir tranquila con el perdón del Señor.

La misa de las cinco era anunciada, las campanas llamaban a los feligreses. El Padre Simón aunque interesado por la confesión de doña Amalia, tenía oficios eclesiásticos que cumplir.

_ Mi tiempo en el confesionario ha terminado. ¿Cree usted que podría venir mañana? - le preguntó. Tiene todo el día para venir pues la misa no es sino hasta las siete. Yo le estaré esperando.

_ Como usté diga curita. No me queda mucho tiempo, pero vendré mañana.

_ Vé con Dios hija.

El padre Simón, turbado por la extraña forastera salió apresurado del confesionario hacia el salón detrás de la capilla donde se cambió de ropa. Su sotana blanca adornada a la cintura por un largo lazo dorado le daba un aspecto angelical. La tarde era especial en “El Mamey”. Se celebrarían algunos bautizos de niños y jóvenes, nuevas ovejas para el rebaño del Señor. Las almas abarrotaron la iglesia. No faltó quien en pleno pasillo caminara de rodillas hasta el altar. Amalia fue una de ellas. El Padre Simón vio a la senil mujer sin darse cuenta que era la misma que minutos antes intentó confesarse. Sus piernas estaban entumecidas por los años, pero su deseo de llegar al atrio era tan grande que los feligreses a su alrededor le dejaron espacio para que llegar al altar. Allí estaba Jesús en la cruz esperando por ella. La misa terminó y todos incluyendo a la señora se retiraron.

Era la segunda vez que visitaba ese pueblo y no tenía a donde ir. Caminó sin rumbo hasta encontrar el parque donde descanso sus cargas sobre un banco y una vez dormida, el negro manto de la noche la acurrucó. Antes del amanecer ya estaba en pie, con sus zapatos negros de hebillas laterales espolvoreados por su paso en el camino. Se enfiló rumbo a la iglesia nuevamente. Las seis y treinta de la mañana, cantaba el gallo y el pueblo de “El Mamey” comenzaba a despertar. Una vendedora de té le regaló la primera taza del día acompañada de dos panes recién hechos.

Las puertas de la iglesia no estaban abiertas aún. Se sentó en uno de los cinco escalones que tenía la entrada de aspecto modesto y bien conservado a través de los años. Cercano a las siete salió a su encuentro el Padre Cástulo. Le pareció raro que en un día en que no acostumbraban a oficiar misas alguien estuviera esperando afuera tan temprano. Daba la impresión de ser una forastera, todo el mundo sabía que los lunes no se celebraba acto alguno. Preguntó por el Padre Simón - el nuevo Padre del pueblo -  que tampoco recordó que los lunes no se celebraba ninguna actividad y esto no excluía la confesión. El sacerdote salió vestido de negro -camisa y pantalón- con un pequeño listón blanco que rodeaba su cuello. Su cabello partido a un lado y sus lentes de pasta gruesa le hacían ver más viejo de lo que era. Sus treinta y cuatro años no eran mucho en esos días. Faltaba mucho por vivir, por oír, por hacer.

_ Buenos días señora a la casa del Señor. ¿En qué puedo ayudarle?-cuestionó a la anciana con voz pausada, la misma que había ido de rodillas al atrio.

_ Buenos días curita, quiero decir mis pecados.

_ Siento haberle informado mal, hoy no hay confesionario. De hecho, tenemos una actividad en un pueblo cercano. ¿Podría volver mañana si lo desea?

_ Padrecito, no puedo volver otro día. Mañana me muero. Solo hoy me quedan fuerzas para ajustarme las hebillas de mis zapatos.

_ No diga eso, usted se ve saludable -dijo el Padre Simón tratando de darle ánimo.

_ Si no lo saco hoy iré diretico al infierno.

Ante la seguridad de su mirada y la certeza en sus palabras de que se acercaba el fin el cura se inquietó.

_ Vamos a hacer una cosa, si tiene tanta prisa. Yo iré a hablar con el Padre Cástulo y me quedaré con usted en el confesionario si él no me necesitara. Espere un minuto.

_ Vaye tranquilo, no me moveré de aquí.

El sacerdote entró a la iglesia, recorrió el pasillo de veinte pasos hasta el fondo y treinta bancos a los lados, se persignó ante el altar con Jesús crucificado y pasó al salón detrás del atrio. Pidió excusas al Padre Cástulo por no poder acompañarlo a la actividad, porque entendía que una oveja necesitaba ser rescatada.

Salió nuevamente a la entrada y le pidió a la señora que lo esperara en el confesionario. Vistió su sotana blanca del día anterior, besó el rosario que llevaba en sus manos y se sentó. El blanco de su túnica daba un poco de claridad al oscuro y pequeño lugar visitado ahora por una señora de negro. Las puertas de la iglesia fueron cerradas. En esta ocasión una sola persona estuvo invitada.

_ Confieso Padrecito que he pecado.

_ Dios te escucha hija.

_ Todo sucedió hace doce años…



No te pierdas la segunda parte .............

Reserva Especial

Escrita en enero  2015.



En las lejanas tierras de Humaipata uvas perfectas y de un insuperable sabor eran cosechadas. Todos los días, Jaime recorría sus viñedos inspeccionando cada hoja, cada estaca, con el fin de que crecieran sin ningún defecto y tener así una buena cosecha. Tanto le apasionaba su trabajo que expresaba su amor hacia las uvas, brindándole éstas una gran producción cada año.

Una noche llena de encanto, fue invitado a una velada y allí conoció a una hermosa mujer de lejanas regiones. Quedó admirado de su singular belleza y de cómo la transparencia de su piel dejaba ver claramente sus múltiples venas verdes violáceas, trayendo a su memoria las enredaderas y surcos de su viña. Tanta fue su pasión que quiso ofrecerle la oportunidad de que ella disfrutara como él del verdor de su finca.

Platicaba a sus plantas diariamente acerca de la nueva amiga que vendría, a tal punto que ellas se sintieron celosas al ver lo apasionado que su cuidador se sentía.

Una mañana la mujer fue al sembradío y al llegar al lugar vio las vides aun sin frutos y no manifestó el sentimiento esperado por su anfitrión, sintiéndose éste tan decepcionado que dejó caer sus lágrimas a la tierra. Ella dijo que no regresaría, él en cambio, no quería que se fuera. La dejó unos instantes a solas, para ver si el aire frio y fresco la hacían cambiar de opinión; mientras, fue a la bodega a traerle el vino de su mejor cosecha como obsequio.

Ella se marchó: sin el vino, sin decir adiós, sin admirar el verdor de las vides.

Durante muchos meses la idea de volver a verla siempre surgió. Enviaba mensajes que nunca recibieron respuesta. No supo más de ella.

La cosecha estuvo lista y cada vez que Jaime saboreaba las uvas de los recientes racimos, tenían un incomparable sabor que la traían a su memoria. Produjo buen vino y lo guardó en barricas de roble, para dentro de cinco años participar en el concurso nacional de la región como su reserva especial.

Los años transcurrieron y el momento de participar llegó. Una vez exhibido, fue degustado por los mejores catadores de la región, dando finalmente un extraño veredicto: “Vino granate de gran cuerpo, amplio, redondo, fuerte bouquet, tonos maderables, puesto en boca se siente el suave aroma de Humaipata, destacándose un sentimiento fuerte de amor: amor por las uvas, amor por el campo, amor por el hermoso clima frio, aunque después de su consumo queda en las papilas, un extraño aunque agradable sabor a sangre”.

Jaime extrañado recogió su premio y regresó a la finca. Con copa en mano, tomaba sorbos del vino ganador mientras sus dedos se paseaban entre las ramas verdes violáceas del viñedo. Hubo momentos de embriaguez donde vio a la mujer de transparente piel tocar su mejilla entre las hojas y con un suave silbido susurrarle al oído palabras de amor. Extasiado cayó al suelo, aferrándose a las enredaderas que le dieron tan grata sensación.

Un regalo de la viña para el sembrador que dedicó con pasión toda su vida a cuidar de las uvas: Al ver que él la perdía las vides fueron envolviéndola, arrastrándola hacia ellas, entrelazando sus ramas con sus venas, engulléndola completamente, hasta hacer desaparecer su transparente piel, convirtiéndola en parte del viñedo.

El Mar

Escrita en junio 2015.



El pescador se levantó en la madrugada a coser la red que había sostenido su vida durante cuarenta y siete años; red que había soportado los embates de una barracuda y sus tres vástagos de dos patas, los mismos que le han apagado la voz, convirtiéndolo en un hombre solitario y triste.

Con la luna llena iluminando las aguas, partió Yeyo mar adentro en su barca “La Esperanza Negra”, a cosechar los frutos que éste le daba, para llevar alimento a su caney.

Echó la red mientras contemplaba el amanecer. Encendió uno de los túbanos a medio fumar que había encontrado, en las recompensas que a veces el mar arrastraba. El sol imponente, amarillo, calentaba sin piedad cada surco sudoroso de su rostro, ahora inundado por el humo que salía de su nariz.

Iba a ser un día caluroso, el mar estaba picado por las brisas del este y no había peces. Movió su barcaza a otro lugar y puso las carnadas con buenas lombrices atadas. Pasaron horas y pescado alguno no llegó a agarrar. Se fue mar adentro montando todo su arsenal: redes, cañas, jaulas y carnadas.

El sol se cansó de quemar su mollera expuesta por el agujero de su sombrero de paja.

Atardecía. Yeyo fumó el último cabo de tabaco. Recogió las redes, las jaulas y las cañas. No pescando nada, abrió sus brazos ampliamente abrazando el horizonte, respirando la brisa salada que perfumaba su camisa de cuadros deshilachada y disfrutando durante esas horas de lo que el mar le brindaba. Dejando que el aire jugara con cada espacio de su cuerpo, llenó sus pulmones de una tranquilidad y sosiego que no cabían en su barcaza. Sus ojos cerrados vertían lágrimas blancas de la sal pegada a su rostro al final de un largo día de trabajo.

Llegó al caney al anochecer, al mismo berrinche de siempre, por no llevar suficiente alimento para las pirañas. Subió a su hamaca y reposó por unas horas para en la madrugada volver a coser sus redes y partir.

El día tuvo sus beneficios, obtuvo lo que nunca había pescado en toda su vida: Quietud.

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