2da parte.
Escrita en noviembre 2014
Mayflower comía mucho para crecer fuerte, pero su
aspecto no era muy atrayente. Tenía el cuerpo alargado pero chico para ser una
efímera, su cola no se desarrolló y algo mal había en sus alas. Ser diferente
de todas motivó un rechazo hacía ella por las moscas restantes. Llegó por fin
el día de mudar su piel fuera del agua y comenzaron a madurar con la ayuda del
sol. Cuando extendió sus alas tenía un par anaranjado y otro par carmín y
amarillo como las flores silvestres que crecían junto al rio.
A medida que se secaron todas las ninfas fueron
mudando la piel, quedando al descubierto un cuerpo largo como libélula, blando
y flexible de color oscuro, alas transparentes firmes y amarillentas. Todas
menos Mayflower. En cambio, el de ella era color miel, débil y pequeño; no le
ayudaría a lograr grandes distancias.
_ ¡Qué rara es. Apártense de
ella. Tendrá alguna enfermedad!
_ Te lo dije antes. Ella y sus
ideas no terminarían en nada bueno.
Mayflower las escuchaba haciendo caso omiso a los
comentarios. De alma y espíritu indomable, estaba dispuesta a volar hasta la
luna a pesar de sus defectos.
Temprano de la mañana los vientos del este comenzaron
a soplar, arrastrando consigo los restos de piel por el aire hasta el poblado
más cercano, lo que alertó a los habitantes que ya comenzaban como cada año, a
combatir a los insectos para no ser invadidos por plagas y alergias. Un grupo
de pobladores organizaron una jornada de fumigación, para eliminar a las moscas
nacientes, porque estas estaban produciendo enfermedades estacionales en sus
hijos y ancianos.
Llevaron galones de sustancias que al rociarlas,
eliminaban a todo animal con quien tuviera contacto. Formaron varios
escuadrones para ocupar la mayor parte de la rivera del rio y comenzaron a
rociar. Para su mala suerte, los vientos de esta zona hicieron que el aire
contaminado se esfumara rápidamente y sólo las efímeras que se posaban en las
flores, las que estaban sobre la superficie del rio y algunos peces que
respiraban en la superficie del agua fueran afectados, llevándose la suave
corriente de sus aguas, sus cuerpos sin vida.
_ Vamos a ver lo que hay más
allá del rio. – dijo la ninfa.
_ ¿Será riesgoso?
_ Quizás algunas logren
hacerlo. Las que no que se devuelvan.
Junto a un sinnúmero de efímeras volaron hasta el
poblado cercano y vieron con asombro todas las pequeñas lunas blancas,
brillantes, calientes dentro y fuera de las casas protegidas por enormes
guardianes, los mismos que las atacaron ese día.
Empezaban a explorar cada bombilla, cuando fueron
salvajemente atacados por los pobladores que con escobas, atrapamoscas y otros
utensilios batían el aire intentando eliminarlas. Las efímeras revoloteaban por
doquier como abejas sin enjambre. Muchas murieron aquella noche; al menos
Mayflower tocó una luna y quedo extasiada ante tal belleza, la luz irradiaba
una energía tal, que sentía que la hacía más fuerte, que no era ni pequeña ni
débil como para no ir tras su sueño. Ese instante de contemplación de luz
duraría para siempre.
De repente todas las luces fueron apagadas, en su
lugar se encendieron velas y lámparas. Muchas efímeras decidieron abandonar la
misión, ya que estaban siendo aniquiladas y la luz emitida por estas cosas no
era tan luminosa como las anteriores lunas. En cambio, las pocas que quedaron,
al tocar la luz se quemaron las alas, yaciendo en el suelo moribundas. Esa
noche las restantes regresaron al rio alejándose de la causante de esta
tragedia.
En el mismo pétalo que le sirvió de morada había una
hermosa efímera hembra con tres largas y brillantes colas y alas doradas como
el ocaso del sol iluminando el agua.
_ Es tan bella. Esa hermosura
nunca se fijaría en mí. Ni siquiera nota mi presencia en esta flor.
Su optimismo era grande, pero las posibilidades de que
algo ocurriera entre ellas era casi nula. Sin belleza, sin tamaño, sin mucho
tiempo. No había nada a su favor. Por primera vez, esa noche se entregó en los
brazos de la derrota hasta que amaneció.
El sol resplandecía sobre las aguas del rio. Mayflower
sintió el calor en su ligero cuerpo dándole fuerzas para seguir adelante. El
día era muy especial, ya que sería el último de su vida. Pensaba pasarse ese
día sobre alguna flor hasta que llegara la muerte, pero cambió de planes. Salió
a disfrutar cada minuto de su vida, olvidándose de su corta cola, de sus alas
multicolores, de su pequeño cuerpo duro. Se posó en cada flor que salió a su
encuentro confundiendo sus alas con los pétalos multicolores. Bebió el néctar
de éstas. Vio su rostro en todas las gotas de rocío que todavía quedaban en las
hojas, respiró el perfume de la naturaleza que la rodeaba. Se sintió feliz de
poder vivir esos momentos, que aunque parecían una despedida, los recordaría
para siempre.
La corta distancia la llevó hasta el poblado
nuevamente. Una vez allí quiso tocar las pequeñas lunas y maravillarse con su
brillo.
_ ¿Qué sucede? ¿Por qué no
alumbran? ¿Ya no tienen magia?
Se dio cuenta que la magia no estaba en las cosas sino
en lo que significaba para cada quien. Que el valor de algo no radicaba en el
material de que estaba hecho, y que el éxtasis que producía la conquista de ese
algo podía vencer cualquier miedo o dificultad.
Volvió al rio, se armó de valor posándose sobre una
flor para esperar su momento mágico que alegraría su corta su existencia. La
tarde caía y el sol anunciaba su retirada, el cielo se tornó anaranjado, con
algunas franjas grises y azules oscuros. En la noche habría luna llena, la
primera que vería en su vida y tal vez la última. El agua estaba agradable.
Cientos de efímeras empezaron a aparecer por doquier anunciando el tan esperado
ritual. De pronto apareció ella, vestida de un blanco tan brillante que opacaba
la belleza natural del bosque. Salió de entre las nubes como marcando su
territorio hasta que quedó totalmente sola en el oscuro firmamento. Su luz se
reflejaba tanto sobre las aguas, que cada efímera podía destacarse claramente a
simple vista. Mayflower abrió sus pequeños ojos y observó admirada a la luna
por largo rato, como si estuviera hipnotizada.
Una efímera en especial de desbordante belleza también
estaba presente, la misma hembra que había visto en la flor aquella noche.
Flotaba en el rio rodeada de machos, que no escatimaban en golpetear sus alas,
para mostrarles su amor y formar con ella la próxima generación de moscas.
Mayflower circundaba el área. La luz de la luna le dio a sus alas un color y
brillo únicos. Parecía tener luz propia como las bombillas del poblado. La
efímera hembra la observó desde el agua tintinear desde lo alto como una
pequeña luna. Luego la vio acercarse más y más. El aleteo de los demás machos
impedía que pudiera acercarse debido a su tamaño. La hembra voló y la sujetó
con sus tres colas, llevándola suave pero firmemente hasta el agua. La
formación en flor de las moscas produjo un espectáculo sin igual. Su centro,
formado por Mayflower y la hembra brillaba causando la admiración de todas las
formaciones. Dos horas de ritual romántico fue presenciado por la luna llena y
algunas estrellas.
La efímera sintió desvanecerse después de lograr
fertilizar los huevos de su amada. Salió de la formación y tomó altura. Miró
hacia la luna, la observó por última vez y cayó al agua culminando así su reloj
biológico. Su cuerpo flotó sobre el agua siendo arrastrado por una apacible
corriente de aguas frescas hasta el final del rio. Tras sí innumerables machos
yacían, al instante de conocer el amor y al igual que ella pudieron cumplir
todos sus sueños. Momentos después, las hembras comenzaron a depositar sus
huevos sobre la superficie del agua y también morían dando paso al
florecimiento de nuevas ninfas.
Esta vez el sueño de una efímera diferente fue
cumplido. El colorido de las flores de la rivera estaría presente en las alas
de nuevas efímeras con nuevos sueños, nuevos caminos por recorrer, nuevas
luchas, nuevas esperanzas y nuevas lunas.



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