El Mar

Un día diferente en la vida de Yeyo lo llevó a disfrutar el lado dulce de su amarga vida.

Apostando Al Milagro

¿Serán simples mentiras o milagros las de un pueblo necesitado de alimentar su fe?

150 Grados

John, perdido en un planetoide de otra galaxia busca durante años el modo de retornar a casa.

Reserva Especial

El amor puede manifestarse de muchas maneras.

El Resguardo

Nunca hables con extraños en lugares desconocidos.

Ella

La mujer que todos quisieron.

El domador de leones

El miedo se enfrenta en algún momento.

El camino que lleva al fondo

Los polos semejantes se atraen.

Aferrado

¿Oh muerte, por qué no me llevaste cuando Yuleiny se fue?

El Niño Perdido

La lúgubre celda guarda el alma de un niño

La Dichosa y Cruel Filiberta

"Ella debe tener algún embrujo que la quiere viuda".

La Silla

" Hay cosas que sólo se ven desde La Silla".

Las Lenguas Muertas de Doña Pura

" Para quien quiera sacar sus demonios".

El niño con voz de Jilguero

"Canta mi niño, canta".

Porque mañana llega Angela

"Manaña llega Ángela... – suspiró el alcalde".

La casa viviente

"'Una noche bastó para no querer regresar a esa casa"".

Mayflower

"'La magia no está en las cosas"".

El hombre sin alma

¿Y ahora qué hago sin alma?

24 horas por morir

La puerta que nunca cierra no tiene dolientes; y lo peor, es que ella lo sabe.

jueves, 27 de octubre de 2016

24 horas por morir. - Segunda parte.

Escrita en Diciembre – 2014



La Nochebuena no fue nada especial para los miembros del apartamento 1B del Residencial “El Paraiso”. Hirvieron unos pasteles en hojas, que Laura había traído de su trabajo como cajera temporal en un restaurant de la zona colonial. Se sirvió avena para la abuela y se acompañó de pan integral para el abuelo. Para la dieta de José - su esposo- tuna en agua, pan integral y jugo de zanahorias. Sus hijos mellizos se atiborraron de pasteles hasta más no poder, en compensación por la ausencia de la típica cena navideña.

_ ¿Nos vamos a pasar la noche hartándonos de pasteles? - preguntó Salvador a su hambriento hermano mientras engullía el quinto pastel.

_ ¿Qué tienes en mente? No hay dinero para salir de bonche.

 _ Tomemos prestado el dinero de abuelo para dar una vuelta.

_ ¡Estás loco!¡Si se da cuenta nos mata!

_ ¡Es prestado solamente! después se lo devolvemos. Los panas están donde Luis y se van a fiestear. ¿Nos vamos a quedar aquí como dos viejos?

_ Ok, pero hay que esperar más tarde a que él se duerma.

Eran las 12:00 de la noche cuando la música y los fuegos artificiales del edificio de al lado dejaron de sonar.

_ ¿Escuchas eso viejo?

_ ¿Qué ya no hay bullicio en el otro edificio?

_ No viejo, que a la puerta le duelen las coyunturas.

_ Así parece mi reina, no ha dejado de quejarse hoy con ese entra y sale. Yo diría que está llegando a su final con tanto tiempo deteriorada.

_ Yo también llego a mi final, mis hermanas se fueron y ahora me toca a mí.

_ No digas eso vieja, sólo son achaques de la edad, tómate la medicina y duerme con Dios.

Don Mario tomaba ocasionalmente su pastilla de la presión, la del azúcar y la del corazón antes de dormir, pero esa noche olvidó ingerir su dosis, al entretenerse buscando un escondite para su dinero. Había vendido su vieja escopeta, disparada por última vez hacía 30 años, para ahuyentar unos perros hambrientos que mordían a los becerros allá en el campo. Sus balas aún permanecían en su caja con el mismo brillo que de fábrica, como si los años no le hubiesen añadido oxidación en lo absoluto. Su hijo Juan, siempre le decía que debía vender esa arma, porque sus nietos podrían tomarla para jugar, y eso era un instrumento muy peligroso donde hay niños. Aparte que doña Sara era ciega y con demencia senil, podría toparse con ella y dispararse sin darse cuenta. En fin, toda la familia le cayó encima y decidió vender su preciado objeto a un amigo guardián del residencial del lado.

De vez en cuando se reunían para hablar sobre las mañas o trucos de ésta escopeta y cómo destrabarla. Para los años que tenía con ella, entendía que había hecho una buena venta y que su nuevo dueño la trataría con igual cuidado que él. Cuatro mil pesos bien ganados no serían echados a la basura gastándolos en tonterías para nochebuena. Él prefería guardarlos para una emergencia o para dentro de un tiempo comprar un terreno para tener donde reposar sus restos cuando la muerte lo llamara. No habían pasado quince minutos cuando los muchachos despertaron y salieron del apartamento, entrando nuevamente forzaron un poco la cerradura con una copia de la llave que dejaron abandonada a la salida del lobby. Les fue fácil deducir dónde estaba el dinero por el ruido de muebles previamente arrastrados por el anciano.

_ Shhh, cuidado que puede despertar.

_ Espera, siento algo aquí detrás del gavetero, pero no parece dinero.

Julián sacó una funda de basura que también contenía una camisa vieja deshilachada, unos periódicos y entre otras cosas encontró el dinero envuelto con unas gomitas rojas. En el momento que rodaron el mueble a su lugar don Mario despertó y medio dormido observó las sombras salir de su dormitorio. Vio el gavetero movido de lugar y se dio cuenta que fue robado. Se sentó en la cama y buscó sus pantuflas para ir tras su dinero. Sin alertar a la familia para no ponerla en riesgo salió afuera a buscar al guardián al que le vendió el arma para que le ayudara a perseguir los ladrones. Los adolescentes dejaron la bolsa debajo de la escalera para no ser descubiertos, junto a algunas fundas de basura que algún condómino olvidó botar. Permanecieron escondidos allí hasta que vieron al abuelo pasar. Luego entraron y se fueron a dormir.

Era la una de la madrugada cuando el abuelo vociferó al guardián, provocando nuevamente el quejido de la puerta del lobby.

_ ¡Serafín, Serafín, se metieron los ladrones! ¡Dame el arma para yo enseñarte cómo se atiende a esa gente!

En otros tiempos don Mario no hubiese necesitado ayuda para enfrentar a los ladrones. En su carrera dentro de la milicia fueron muchos los delincuentes que él apresó con sus propias manos, corriendo entre los callejones y saltando verjas. Hoy día su cuerpo ha envejecido y su capacidad de movilizarse también, acompañada de diabetes, presión alta y otras cosas que lo hacían un hombre físicamente diferente a lo que fue. Buscaba el envejeciente a su recién comprador cuando sintió un fuerte dolor en el pecho. Había caminado muchos metros fuera del edificio. Estaba justo debajo de la mata de mango fundadora del residencial, la misma que meses atrás fue bombardeada por los jóvenes con piedras y palos para tumbar sus deliciosos mangos. Don Mario desmayado e infartado se encontraba afuera, solamente abrigado por unas cuantas hojas y perfumado con el olor a orina de los perros.



No te pierdas la tercera parte.............

martes, 18 de octubre de 2016

24 horas por morir. - Primera parte

Escrita en Diciembre – 2014



La puerta que nunca cierra no tiene dolientes. 
La puerta que nunca cierra cambió de oficio, para ejercitar los brazos de los condóminos que impiadosos revuelven su artritis, externando un chirriante quejido.
La puerta que nunca cierra cambió de oficio, para ser confidente de lamentos y secretos de su gente cuando atraviesan sus cotidianidades.
La puerta que nunca cierra cambió de oficio, para ser cómplice testigo de la envidia, lujuria y la pereza de las manos que la tocan.
La puerta que nunca cierra cambió de oficio, para ser el punto de escasas miradas y saludos que se entrecruzan diariamente.
La puerta que nunca cierra languidece y a nadie le importa. Sus aliados: la cerradura, la cámara, las plantas, las luces y los muebles partieron a destiempo.
La puerta que nunca cierra no tiene dolientes; y lo peor, es que ella lo sabe.

martes, 4 de octubre de 2016

El hombre sin alma. Parte final

Escrita en julio 2015



José partió con el alma en un frasco y el pueblo volvió a la normalidad. En el camino presenció un accidente donde una madre resultó herida al salvar a su hijo de una gran caída. La subió a su automóvil y los condujo al hospital.

_ Usted tiene un gran corazón. - dijo la agradecida madre.

_ Pero ya no tengo alma.

_ ¿Qué es el alma señor? - preguntó el niño.

_ Algo que todos deben tener.

_ ¿Y dónde está la mía?-preguntó el niño tocando su cuerpo.

_ Es invisible.

_ ¿Y para qué sirve?

_ No preguntes tanto hijo.

_ Tampoco lo sé, creo que para después que mueres.

_ No entiendo. ¿Si es para después que mueres por qué se preocupa ahora que sigue 
vivo?

_ No soy aceptado por la gente.

_ Yo tampoco, porque tengo una pierna de madera. A mi madre le falta una oreja.

_ Pareces ser un buen hombre. Quédese con nosotros. – dijo la mujer.

La falta de alma había cambiado de significado. Ya no era un inconveniente, ahora era una ventaja para permanecer y ser parte de una familia que lo aceptaría con cualquier diferencia. 

Durante mucho tiempo los acompañó a recorrer caminos inciertos hasta que se establecieron. Nunca más escuchó de nadie discriminarlo por su carencia.

Una mañana sacó el frasco que siempre llevaba consigo y al ver que ya no la necesitaría le dijo:

_ Vuela libre alma mía, ve a donde quieras.

El humo blanco ascendió lentamente frente a él y se disipó. Su alma ahora libre voló al viento para conocer la verdadera libertad.




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