Apostando Al Milagro
¿Serán simples mentiras o milagros las de un pueblo necesitado de alimentar su fe?
150 Grados
John, perdido en un planetoide de otra galaxia busca durante años el modo de retornar a casa.
jueves, 27 de octubre de 2016
24 horas por morir. - Segunda parte.
Escrita en Diciembre – 2014
La Nochebuena no fue nada
especial para los miembros del apartamento 1B del Residencial “El Paraiso”.
Hirvieron unos pasteles en hojas, que Laura había traído de su trabajo como
cajera temporal en un restaurant de la zona colonial. Se sirvió avena para la
abuela y se acompañó de pan integral para el abuelo. Para la dieta de José - su
esposo- tuna en agua, pan integral y jugo de zanahorias. Sus hijos mellizos se
atiborraron de pasteles hasta más no poder, en compensación por la ausencia de
la típica cena navideña.
_
¿Nos vamos a pasar la noche hartándonos de pasteles? - preguntó Salvador a su
hambriento hermano mientras engullía el quinto pastel.
_
¿Qué tienes en mente? No hay dinero para salir de bonche.
_
Tomemos prestado el dinero de abuelo para dar una vuelta.
_
¡Estás loco!¡Si se da cuenta nos mata!
_
¡Es prestado solamente! después se lo devolvemos. Los panas están donde Luis y
se van a fiestear. ¿Nos vamos a quedar aquí como dos viejos?
_
Ok, pero hay que esperar más tarde a que él se duerma.
Eran las 12:00 de la noche
cuando la música y los fuegos artificiales del edificio de al lado dejaron de
sonar.
_
¿Escuchas eso viejo?
_
¿Qué ya no hay bullicio en el otro edificio?
_
No viejo, que a la puerta le duelen las coyunturas.
_
Así parece mi reina, no ha dejado de quejarse hoy con ese entra y sale. Yo
diría que está llegando a su final con tanto tiempo deteriorada.
_
Yo también llego a mi final, mis hermanas se fueron y ahora me toca a mí.
_
No digas eso vieja, sólo son achaques de la edad, tómate la medicina y duerme
con Dios.
Don Mario tomaba
ocasionalmente su pastilla de la presión, la del azúcar y la del corazón antes
de dormir, pero esa noche olvidó ingerir su dosis, al entretenerse buscando un
escondite para su dinero. Había vendido su vieja escopeta, disparada por última
vez hacía 30 años, para ahuyentar unos perros hambrientos que mordían a los
becerros allá en el campo. Sus balas aún permanecían en su caja con el mismo
brillo que de fábrica, como si los años no le hubiesen añadido oxidación en lo
absoluto. Su hijo Juan, siempre le decía que debía vender esa arma, porque sus
nietos podrían tomarla para jugar, y eso era un instrumento muy peligroso donde
hay niños. Aparte que doña Sara era ciega y con demencia senil, podría toparse
con ella y dispararse sin darse cuenta. En fin, toda la familia le cayó encima
y decidió vender su preciado objeto a un amigo guardián del residencial del
lado.
De vez en cuando se reunían
para hablar sobre las mañas o trucos de ésta escopeta y cómo destrabarla. Para
los años que tenía con ella, entendía que había hecho una buena venta y que su
nuevo dueño la trataría con igual cuidado que él. Cuatro mil pesos bien ganados
no serían echados a la basura gastándolos en tonterías para nochebuena. Él
prefería guardarlos para una emergencia o para dentro de un tiempo comprar un
terreno para tener donde reposar sus restos cuando la muerte lo llamara. No
habían pasado quince minutos cuando los muchachos despertaron y salieron del
apartamento, entrando nuevamente forzaron un poco la cerradura con una copia de
la llave que dejaron abandonada a la salida del lobby. Les fue fácil deducir
dónde estaba el dinero por el ruido de muebles previamente arrastrados por el
anciano.
_
Shhh, cuidado que puede despertar.
_
Espera, siento algo aquí detrás del gavetero, pero no parece dinero.
Julián sacó una funda de
basura que también contenía una camisa vieja deshilachada, unos periódicos y
entre otras cosas encontró el dinero envuelto con unas gomitas rojas. En el
momento que rodaron el mueble a su lugar don Mario despertó y medio dormido
observó las sombras salir de su dormitorio. Vio el gavetero movido de lugar y
se dio cuenta que fue robado. Se sentó en la cama y buscó sus pantuflas para ir
tras su dinero. Sin alertar a la familia para no ponerla en riesgo salió afuera
a buscar al guardián al que le vendió el arma para que le ayudara a perseguir
los ladrones. Los adolescentes dejaron la bolsa debajo de la escalera para no
ser descubiertos, junto a algunas fundas de basura que algún condómino olvidó
botar. Permanecieron escondidos allí hasta que vieron al abuelo pasar. Luego
entraron y se fueron a dormir.
Era la una de la madrugada
cuando el abuelo vociferó al guardián, provocando nuevamente el quejido de la
puerta del lobby.
_
¡Serafín, Serafín, se metieron los ladrones! ¡Dame el arma para yo enseñarte
cómo se atiende a esa gente!
En otros tiempos don Mario
no hubiese necesitado ayuda para enfrentar a los ladrones. En su carrera dentro
de la milicia fueron muchos los delincuentes que él apresó con sus propias
manos, corriendo entre los callejones y saltando verjas. Hoy día su cuerpo ha
envejecido y su capacidad de movilizarse también, acompañada de diabetes,
presión alta y otras cosas que lo hacían un hombre físicamente diferente a lo
que fue. Buscaba el envejeciente a su recién comprador cuando sintió un fuerte
dolor en el pecho. Había caminado muchos metros fuera del edificio. Estaba
justo debajo de la mata de mango fundadora del residencial, la misma que meses
atrás fue bombardeada por los jóvenes con piedras y palos para tumbar sus
deliciosos mangos. Don Mario desmayado e infartado se encontraba afuera,
solamente abrigado por unas cuantas hojas y perfumado con el olor a orina de
los perros.
No te pierdas la tercera parte.............
martes, 18 de octubre de 2016
24 horas por morir. - Primera parte
Escrita en Diciembre – 2014
La puerta que nunca cierra
no tiene dolientes.
La puerta que nunca cierra
cambió de oficio, para ejercitar los brazos de los condóminos que impiadosos
revuelven su artritis, externando un chirriante quejido.
La puerta que nunca cierra
cambió de oficio, para ser confidente de lamentos y secretos de su gente cuando
atraviesan sus cotidianidades.
La puerta que nunca cierra
cambió de oficio, para ser cómplice testigo de la envidia, lujuria y la pereza
de las manos que la tocan.
La puerta que nunca cierra
cambió de oficio, para ser el punto de escasas miradas y saludos que se
entrecruzan diariamente.
La puerta que nunca cierra
languidece y a nadie le importa. Sus aliados: la cerradura, la cámara, las
plantas, las luces y los muebles partieron a destiempo.
La puerta que nunca cierra
no tiene dolientes; y lo peor, es que ella lo sabe.
martes, 4 de octubre de 2016
El hombre sin alma. Parte final
Escrita en julio 2015
José partió con el alma en un frasco y el pueblo volvió a la normalidad. En
el camino presenció un accidente donde una madre resultó herida al salvar a su
hijo de una gran caída. La subió a su automóvil y los condujo al hospital.
_ Usted tiene un gran corazón. -
dijo la agradecida madre.
_ Pero ya no tengo alma.
_ ¿Qué es el alma señor? -
preguntó el niño.
_ Algo que todos deben tener.
_ ¿Y dónde está la mía?-preguntó
el niño tocando su cuerpo.
_ Es invisible.
_ ¿Y para qué sirve?
_ No preguntes tanto hijo.
_ Tampoco lo sé, creo que para
después que mueres.
_ No entiendo. ¿Si es para después
que mueres por qué se preocupa ahora que sigue
vivo?
_ No soy aceptado por la gente.
_ Yo tampoco, porque tengo una
pierna de madera. A mi madre le falta una oreja.
_ Pareces ser un buen hombre. Quédese
con nosotros. – dijo la mujer.
La falta de alma había cambiado de significado. Ya no era un inconveniente,
ahora era una ventaja para permanecer y ser parte de una familia que lo aceptaría
con cualquier diferencia.
Durante mucho tiempo los acompañó a recorrer caminos
inciertos hasta que se establecieron. Nunca más escuchó de nadie discriminarlo
por su carencia.
Una mañana sacó el frasco que siempre llevaba consigo y al ver que ya no la
necesitaría le dijo:
_ Vuela libre alma mía, ve a donde
quieras.
El humo blanco ascendió lentamente frente a él y se disipó. Su alma ahora
libre voló al viento para conocer la verdadera libertad.























