A las dos de la
mañana todo parecía tranquilo. Nochebuena pasó sin notarse en este edificio. No
hubo fiestas, ni olor a cerdo horneado y mucho menos el pase de cena como
acostumbran los vecinos del edificio vecino.
Cada noche,
Helenita la dueña del 3B, sacaba a los perros a hacer sus necesidades a la mata
de mango. Ésta española solitaria de mediana edad vivía alejada de todo
contacto con sus vecinos. No tenía hijos ni esposo, su única compañía eran
Cachy y Dolchy: dos pomeranias dorados de hermoso pelaje y de apetito delicado.
Esa vez uno de sus pequeños de 2 años tuvo malestares estomacales; amarró su
plateado cabello con una pañoleta de ramos, vistió una bata y pantuflas y bajó
a sus perros a limpiar sus estómagos por segunda vez. Aprovechó y agarró su
cajetilla de cigarrillos para fumar unos cuantos, mientras esperaba que sus
perros terminaran. El doctor le aconsejó no fumar, debido a su problema
bronquial, pero siempre llevaba algunos escondidos en los bolsillos de su ropa.
Puso los collares a Cachy y Dolchy y bajaron, dejando que como siempre ellos
husmeen debajo de la escalera, antes de santiguar con orina la puerta de
cristal que nunca cierra.
_ ¿Qué pasa Dolchy? – gritaba Helenita mientras
sostenía en sus labios el cigarrillo consumido hasta la mitad al escuchar uno
de sus perros ladrar insistentemente.
_ ¡Dolchy, Cachy vengan acá! -les ordenó con firmeza.
Los perros
aparecieron entre la oscuridad junto a sus pies y arañaron su bata violeta.
_ ¿Te sigue doliendo la barriga? - preguntó a su perra.
Los canes
corrieron nuevamente y ella los siguió hasta la mata de mango donde tropezó en
la oscuridad.
_ ¿Qué hay aquí?
– cogió sus fósforos y rasgó uno de ellos dejando ver lo que estaba ante sus
pies.
_ ¡Señor, señor! ¡No se mueve!
La asustada
mujer les puso las correas nuevamente y entró a la recepción apagando su
cigarrillo con la piel de cristal diariamente lastimada de la puerta subiendo
las escaleras sin alertar a nadie. Dentro, se sentó en su sofá frente al
televisor. Miraba el teléfono, aunque no estaba segura de a quien llamar, si a
la policía o a la ambulancia. Mujer de carácter huraño, no quería estar
implicada en ninguna investigación o declaración.
-¡Hola!, es una emergencia, hay un hombre tirado en mi
residencial. Lo moví pero no responde. No, no lo conozco. Yo solo bajé a mis
perros y me tropecé con él. No, no sé si esta borracho o herido.
Era una noche
larga y ajetreada para el personal médico de emergencias. En la parte céntrica
de la ciudad el tráfico era pesado: mucha gente bebiendo y celebrando
parqueados en medio de las principales calles; otros regresando de visitar sus
parientes después de cenar. En fin, tomaron más de media hora para acudir al
llamado. Algunos de los residentes vieron y oyeron las luces de las sirenas,
pero nadie se atrevió a salir, ni siquiera Helenita y sus canes. Los
paramédicos encontraron al hombre tirado, tomaron sus signos vitales y se
dieron cuenta que estaba infartado. Pusieron al anciano en una camilla,
colocaron oxígeno y subieron a la ambulancia. El auxiliar permaneció atrás
prestando ayuda al moribundo pasajero, mientras el chofer arrancaba a toda
velocidad hacia el centro de la ciudad. Tan pronto salió del residencial y giró
a la izquierda, en la primera esquina chocaron con el automóvil de la señora
del apartamento 2B que había salido a recibir al aeropuerto a Juan, que llegó
de Nueva York para pasar las vacaciones navideñas. Los esposos salieron del
carro y discutieron con los paramédicos dilucidando quién chocó a quién. Cuando
Lucia vio a quién transportaban, les dijo que lo resolverían luego, lo
importante era que don Mario –su vecino del 1B- no muriera.
Ella entró a su
automóvil y escuchó el celular de su marido que no paraba de repicar. Vio quien
llamaba: la súper modelo del 1A. Siempre vestía ropas y joyas caras, dizque de
un supuesto novio que le mandaba dinero del exterior. En ese momento ató cabos
y concluyó que su marido era también novio de la chica. Al minuto Juan entró al
auto y prácticamente fue impactado más fuerte que el choque con la ambulancia.
_ ¡Desgraciado, mal agradecido! ¡Tú te metiste con esa
sucia!
_ ¿De qué me estás hablando mi amor?- preguntó
asombrado Juan, agarrándose la gorra de un famoso equipo de beisbol que Lucia
casi le arrebató de un golpe.
_ ¿Tú crees que
yo no iba a darme cuenta? Ya veo quien le regalaba cosas caras.
_ No mi amor, esa mujer siempre me estaba molestando.
Ella es la que insiste.
Arrancó la dama
el carro a toda velocidad y casi abrió la puerta del lobby con el parachoques.
Tumbaba la puerta a manotazos, al tiempo que vociferaba toda clase de
improperios a la muchacha. Arturo esposo de Melisa y cuñado de Yuleiny al
escuchar los golpes, acudió con un bate de beisbol en la mano.
_ ¿Qué es lo que está pasando? –dijo muy enojado
mientras observaba a su vecina con los ojos llorosos. En seguida se unió Melisa
luciendo una bata larga, cubierta de una crema de algas verdes y unas anchoas
en el pelo para conservar su forma de cabello.
_ ¿Qué pasa vecina, nunca la había visto así?
Lucia con los
ojos rojos, y el rímel corrido hasta los pómulos entre sollozos, explicó a los
vecinos lo que aconteció. Mientras Juan siguió directo hacia su apartamento y
dejó el pleito armado.
_ ¡Esa -la que ustedes tienen viviendo aquí- es una aprovechada,
tiene un romance con mi marido! Pero hasta aquí llegó, no verá un centavo más
de él.
Al escuchar esas
palabras Arturo se puso rojo de ira, corrió hasta la habitación de Yuleiny y le
cayó a bofetadas siendo detenido por su mujer, que no entendió el enojo
demostrado por su marido.
_ ¡Desgraciada! después de todo lo que he hecho por ti.
Yo te pago tus estudios, te doy ropa, comida, techo ¡y así me pagas!
_ Cálmate Arturo, ella es muy joven, se equivocó.-
argumentó Melisa agarrando a su marido, como para justificar las acciones de su
hermanita menor.
_ ¿Se equivocó? ¡Ella no sirve mejor dicho!
_ ¿Por qué estás tan molesto? no te entiendo. Ella no
es tu hermana.
_ Lo que sucede es que tu marido también me enamora, al
igual que el vecino. Y muchas veces me ha propuesto dejarte y quedarse conmigo
y con el niño, porque soy joven y bonita.
Al escuchar
Melisa la palabras de Yuleiny entonces fue ella quien la golpeó, no podía creer
que su única hermana estaría conspirando para acabar con su matrimonio de diez
años de felicidad con un esposo devoto. Había invertido demasiado dinero en
cremas y liposucciones como para dejar que su marido la cambiara por la primera
veinteañera que viera.
_ Él te quiere como una hija.
_ Ah, ¿pero tú estás ciega?- manifestó Yuleiny.
Eran las cuatro
de la mañana y todavía la discusión continuaba en el 1A, mientras Lucia le
informaba a José los pormenores del caso de su padre. Por suerte doña Sara
seguía medicada para dormir. José estaba muy nervioso. Se abotonó una camisa
para ir enseguida al hospital a alcanzar a su padre, quizás ya sin vida.
continuará......................................



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