sábado, 19 de marzo de 2016

Apostando al Milagro - Octava parte.



Escrita en Mayo – 2009




Mientras tanto en “El Bondado”, pueblo que vio crecer a Euraclio, un grupo de presos escaparon en la víspera atando a sus dos custodios. Entre ellos estaba José Juan, el mismo que había jurado vengarse de su amigo y que no pararía hasta encontrarlo. Por sus amigos Gonzalo y Casimiro se enteró que éste había abandonado el pueblo por problemas con el jefe de personal de la fábrica.

José Juan conocía mucho de Euraclio. Sabía que tenía una madre y a falta de Irene, ella sería su apoyo. Así que fue visitando todos los pueblos vecinos hasta llegar a “Las Cruces”, que pasó de ser un pueblo hostil a uno donde las personas se trataban con hospitalidad. El ex preso fue a parar precisamente a la casa de la ex poseída. Ella vivía a la entrada del pueblo justo al lado de la estación de guaguas. Inmediatamente tocó la puerta para obtener información.

_ Disculpe señora, soy un viajero y ando buscando a mi madre y a mi hermano.

_ ¿Cómo se llama usted?

_ José Juan, mi hermano se llama Euraclio y mi madre Amalia.

_ Oh, usted es hermano del Santo.

_ ¿Santo?

_ Si, el que hace los milagros.

Por las palabras dichas por la mujer José Juan se dio cuenta de que se trataba de la misma persona. Siempre tratando de conseguir dinero fácil.

_ ¿Sabe dónde vive el Santo?

_ ¡Claro, todo el mundo lo sabe! Vaya a la iglesia y allí lo encontrará.

_ Muchas gracias bella señora.

Esa misma mañana la ex poseída fue a hacer el aseo a la iglesia y como de costumbre buscó la bendición del Padre así como la del Santo.

_ Bendición Padre.

_ Dios te bendiga hija.

_ Bendición Santo.

_ Ya te he dicho mija que no debes pedirme la bendición. Soy una persona como tú.

_ Santo, su hermano lo anda buscando.

_ ¿Hermano?-preguntó asombrado ya que él es hijo único.

_ ¿Y cómo se llama el hombre?

_ José Juan.

El rostro de Euraclio cambió de repente, sabía que él había llegado a matarlo por lo que le hizo. Además si hablaba de más todo el mundo conocería su pasado y su presente.

_ ¿Y dónde está mi hermano?

_ No sé, a lo mejor fue a buscar a su madre. Yo le indiqué el camino.

Euraclio se retiró a su habitación. Se vistió, tomó una Biblia que recién estaba aprendiendo a leer con el Padre, la guardó debajo de su ropa y se dirigió al altar, donde estaba el cuadro de Jesús y la estatua de Sor Juan de Las Cruces. El miedo había regresado a su vida y esta vez era en serio. Se puso de rodillas, se persignó y por vez primera en su vida habló sinceramente con Dios.

_ Señor Padre Todopoderoso ten piedad de mí; mis enemigos me acorralan y mi deseo de seguir huyendo ha llegado a su fin; te pido una oportunidad. Pero si mi destino es morir en manos de José Juan, que por lo menos mi madre no lo vea ni ninguno de mis seres queridos -refiriéndose al Padre Graciano y su hijo…

Terminada su oración se levantó y continuó con su ritmo de vida habitual; caminó por todos los lugares, visitó enfermos y no ocurrió nada. A la mañana siguiente en su acostumbrada sesión de oración al Señor apareció José Juan y se colocó a sus espaldas.

_ ¡Levántate miserable, he venido a acabar con tu vida!

José Juan tenía en su mano derecha un puñal que había robado en el mercado del pueblo. Euraclio lucía tranquilo. Ya no iba a huir más. Su destino estaba escrito, sea cual fuere.

_ ¡Toma! -dijo José Juan enterrándole el puñal.

El convicto aprovechó el instante en que el santo se levantó, le asestó una puñalada en el costado izquierdo haciendo que este cayera al suelo. Los feligreses al verlo se impresionaron y atacaron furiosos al hombre que tuvo que salir corriendo del lugar sin su puñal. El Padre Graciano corrió a ver a Euraclio y para gloria de Dios el dichoso hombre vivía.

_ No sé por qué ese hombre te atacó pero lo que si sé es que Dios ha hecho un milagro en ti.

El puñal no llegó a tocar su tórax porque quedó enterrado en la Biblia que siempre llevaba consigo. Euraclio se sentó y abrazó al Padre llorando.

_ ¡Padrecito perdóneme porque he pecado!

_ Tranquilo hijo, ven conmigo.

La multitud estaba eufórica, el demonio quiso matar a su Santo. Buscaron en todos los rincones del pueblo y no encontraron al hombre. Pasaron unos días cuando Euraclio repuesto decidió salir a la calle, a los pueblos a predicar y a visitar a todos los enfermos. Esta vez no hacía milagros, el oraba para que el Señor obrara en ellos. Duró unas semanas haciendo eso y su madre volvió a ser la misma de antes. Esa que lo detestaba, que no quería saber de él y más porque ya no recibía dinero. Euraclio se despojó de todo lo que poseía al punto de donar a unos agricultores pobres el terreno y las cabezas de ganado que tenía, así como cada peso que consiguió estafando al pueblo. Por último le pidió a su madre que dejara la casa para regalarla a unas personas sin hogar y que se fuera con él a predicar la palabra. Ese no era el plan de Amalia, cómoda en su casa con dinero y sirvientes. Algo debía planear para controlar a su hijo.

La mañana del veinticinco de diciembre estuvo llena de festividades y alegría del pueblo con el cumpleaños treinta y tres del Santo. Su madre organizó la cena de la iglesia donde se darían las gracias a Dios por haberle enviado al Santo al pueblo de Las Cruces. Todo estaba preparado: la comida, el coro, el vino; hasta los músicos del pueblo le acompañaron. Juntaron muchas mesas e hicieron una sola y utilizaron los bancos del salón como asientos. Sólo faltaba que el Santo apareciera en el salón.

En su habitación el joven rezaba el credo y la vela que tenía encendida al lado de la Biblia se apagó. El cuarto se oscureció y Euraclio murmulló: lo sé. Conforme a su destino entró al salón y se sentó con los comensales. Todo el mundo comía y reía. El Padre Graciano notaba tristeza en el joven.

_ Es tu fiesta, ¿Por qué tan triste?

_ Padrecito, le dejo. Pero mi corazón se queda aquí.

El Padre entristeció. Había algo en el aire que le indicaba que el momento de verlo partir había llegado.

Llegó el vino, la madre lo servía y la ex poseída entregaba a cada quien un vaso.

_ Pásale éste a mijo en esta copa de plata. Por ser Santo necesita una vasija digna de un rey -dijo la madre.

La ex poseída así lo hizo. Llevó el vino y lo distribuyó dándole a cada quien el suyo. Al cabo de algunas horas el Santo empezó a sentirse mal y fue llevado a su habitación a la que llamó a su madre.

_ Quiero ver a mi madrecita.

_ Sólo es dolor de estómago, él casi nunca come -dijo la ex poseída dirigiéndose al Padre.

En seguida su madre entró a la habitación sin señal de dolor por lo que hizo. Ya estando solos el hijo miró a su madre a los ojos y la cuestionó.

_ No voy a perder lo que tengo, te dije que siempre fuiste un perdedor, comienzas algo y no lo terminas. Ahora yo le daré término a esto. No tirarás por la ventana todos nuestros bienes. Prefiero un Santo muerto que un fracasado vivo.

El dolor estremeció al muchacho. La bebida contenía veneno de ratas y ésto quemaba sus entrañas. Empezó a cambiar de color y su boca se tornó morada. Quería decirle muchas cosas, entre ellas que tenía un nieto, pero calló. No quería que el pobre niño corriera con la misma suerte que él. Sólo articuló algunas palabras.

_ Te perdono madrecita.

En seguida el Padre Graciano entró y en la habitación ya se sentía el olor a muerte dentro de ella.

_ Padrecito, quiero confesarme.

_ Te escucho hijo.

Doña Amalia salió de cuarto y se quedó detrás de la puerta tratando de escuchar lo que hablaban.

_ Perdóneme Padrecito porque soy un mentiroso.

_ Hijo, el Señor conoce tu vida y todo lo que has hecho. Él sabe que te arrepentiste y has cambiado, y conoce lo que has hecho por tus hermanos. Voy a darte la extremaunción.

Al final de la conversación con Dios el Padre cerró los ojos del muchacho.

Una calma se sintió en la habitación esa noche. Euraclio murió sin recibir atención médica, sin ver a su hijo por última vez, sin perdonar a José Juan, sin terminar su obra. El llanto de los feligreses corrió como lluvia por las calles hasta que éstas pudieron lavarse. Al siguiente día temprano en la mañana se ofreció una ceremonia para despedir su cuerpo. El amor y su espíritu quedarían en ese pueblo. Todo el mundo excepto su madre lloró por varios días y mucho más cuando al tercer día de enterrarlo su tumba se encontró vacía. Gran revuelta se originó en el pueblo creyendo que el Santo muerto había resucitado, que él no era un hombre normal, que era un enviado del Señor.




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