Escrita en
Mayo – 2009
Mientras tanto en “El Bondado”,
pueblo que vio crecer a Euraclio, un grupo de presos escaparon en la víspera
atando a sus dos custodios. Entre ellos estaba José Juan, el mismo que había
jurado vengarse de su amigo y que no pararía hasta encontrarlo. Por sus amigos
Gonzalo y Casimiro se enteró que éste había abandonado el pueblo por problemas
con el jefe de personal de la fábrica.
José Juan conocía mucho de Euraclio.
Sabía que tenía una madre y a falta de Irene, ella sería su apoyo. Así que fue
visitando todos los pueblos vecinos hasta llegar a “Las Cruces”, que pasó de
ser un pueblo hostil a uno donde las personas se trataban con hospitalidad. El
ex preso fue a parar precisamente a la casa de la ex poseída. Ella vivía a la
entrada del pueblo justo al lado de la estación de guaguas. Inmediatamente tocó
la puerta para obtener información.
_ Disculpe
señora, soy un viajero y ando buscando a mi madre y a mi hermano.
_ ¿Cómo se
llama usted?
_ José Juan,
mi hermano se llama Euraclio y mi madre Amalia.
_ Oh, usted es
hermano del Santo.
_ ¿Santo?
_ Si, el que
hace los milagros.
Por las palabras dichas por la mujer
José Juan se dio cuenta de que se trataba de la misma persona. Siempre tratando
de conseguir dinero fácil.
_ ¿Sabe dónde
vive el Santo?
_ ¡Claro, todo
el mundo lo sabe! Vaya a la iglesia y allí lo encontrará.
_ Muchas
gracias bella señora.
Esa misma mañana la ex poseída fue a
hacer el aseo a la iglesia y como de costumbre buscó la bendición del Padre así
como la del Santo.
_ Bendición Padre.
_ Dios te
bendiga hija.
_ Bendición Santo.
_ Ya te he
dicho mija que no debes pedirme la bendición. Soy una persona como tú.
_ Santo, su
hermano lo anda buscando.
_ ¿Hermano?-preguntó
asombrado ya que él es hijo único.
_ ¿Y cómo se
llama el hombre?
_ José Juan.
El rostro de Euraclio cambió de
repente, sabía que él había llegado a matarlo por lo que le hizo. Además si
hablaba de más todo el mundo conocería su pasado y su presente.
_ ¿Y dónde está
mi hermano?
_ No sé, a lo
mejor fue a buscar a su madre. Yo le indiqué el camino.
Euraclio se retiró a su habitación.
Se vistió, tomó una Biblia que recién estaba aprendiendo a leer con el Padre,
la guardó debajo de su ropa y se dirigió al altar, donde estaba el cuadro de Jesús
y la estatua de Sor Juan de Las Cruces. El miedo había regresado a su vida y
esta vez era en serio. Se puso de rodillas, se persignó y por vez primera en su
vida habló sinceramente con Dios.
_ Señor Padre
Todopoderoso ten piedad de mí; mis enemigos me acorralan y mi deseo de seguir
huyendo ha llegado a su fin; te pido una oportunidad. Pero si mi destino es
morir en manos de José Juan, que por lo menos mi madre no lo vea ni ninguno de
mis seres queridos -refiriéndose al Padre Graciano y su hijo…
Terminada su oración se levantó y
continuó con su ritmo de vida habitual; caminó por todos los lugares, visitó
enfermos y no ocurrió nada. A la mañana siguiente en su acostumbrada sesión de
oración al Señor apareció José Juan y se colocó a sus espaldas.
_ ¡Levántate
miserable, he venido a acabar con tu vida!
José Juan tenía en su mano derecha
un puñal que había robado en el mercado del pueblo. Euraclio lucía tranquilo.
Ya no iba a huir más. Su destino estaba escrito, sea cual fuere.
_ ¡Toma! -dijo
José Juan enterrándole el puñal.
El convicto aprovechó el instante en
que el santo se levantó, le asestó una puñalada en el costado izquierdo
haciendo que este cayera al suelo. Los feligreses al verlo se impresionaron y
atacaron furiosos al hombre que tuvo que salir corriendo del lugar sin su
puñal. El Padre Graciano corrió a ver a Euraclio y para gloria de Dios el
dichoso hombre vivía.
_ No sé por qué
ese hombre te atacó pero lo que si sé es que Dios ha hecho un milagro en ti.
El puñal no llegó a tocar su tórax porque
quedó enterrado en la Biblia que siempre llevaba consigo. Euraclio se sentó y
abrazó al Padre llorando.
_ ¡Padrecito
perdóneme porque he pecado!
_ Tranquilo
hijo, ven conmigo.
La multitud estaba eufórica, el
demonio quiso matar a su Santo. Buscaron en todos los rincones del pueblo y no
encontraron al hombre. Pasaron unos días cuando Euraclio repuesto decidió salir
a la calle, a los pueblos a predicar y a visitar a todos los enfermos. Esta vez
no hacía milagros, el oraba para que el Señor obrara en ellos. Duró unas
semanas haciendo eso y su madre volvió a ser la misma de antes. Esa que lo
detestaba, que no quería saber de él y más porque ya no recibía dinero.
Euraclio se despojó de todo lo que poseía al punto de donar a unos agricultores
pobres el terreno y las cabezas de ganado que tenía, así como cada peso que
consiguió estafando al pueblo. Por último le pidió a su madre que dejara la
casa para regalarla a unas personas sin hogar y que se fuera con él a predicar
la palabra. Ese no era el plan de Amalia, cómoda en su casa con dinero y
sirvientes. Algo debía planear para controlar a su hijo.
La mañana del veinticinco de
diciembre estuvo llena de festividades y alegría del pueblo con el cumpleaños
treinta y tres del Santo. Su madre organizó la cena de la iglesia donde se
darían las gracias a Dios por haberle enviado al Santo al pueblo de Las Cruces.
Todo estaba preparado: la comida, el coro, el vino; hasta los músicos del
pueblo le acompañaron. Juntaron muchas mesas e hicieron una sola y utilizaron
los bancos del salón como asientos. Sólo faltaba que el Santo apareciera en el
salón.
En su habitación el joven rezaba el
credo y la vela que tenía encendida al lado de la Biblia se apagó. El cuarto se
oscureció y Euraclio murmulló: lo sé. Conforme a su destino entró al salón y se
sentó con los comensales. Todo el mundo comía y reía. El Padre Graciano notaba
tristeza en el joven.
_ Es tu
fiesta, ¿Por qué tan triste?
_ Padrecito,
le dejo. Pero mi corazón se queda aquí.
El Padre entristeció. Había algo en el aire que le
indicaba que el momento de verlo partir había llegado.
Llegó el vino, la madre lo servía y
la ex poseída entregaba a cada quien un vaso.
_ Pásale éste
a mijo en esta copa de plata. Por ser Santo necesita una vasija digna de un rey
-dijo la madre.
La ex poseída así lo hizo. Llevó el
vino y lo distribuyó dándole a cada quien el suyo. Al cabo de algunas horas el
Santo empezó a sentirse mal y fue llevado a su habitación a la que llamó a su
madre.
_ Quiero ver a
mi madrecita.
_ Sólo es
dolor de estómago, él casi nunca come -dijo la ex poseída dirigiéndose al
Padre.
En seguida su madre entró a la
habitación sin señal de dolor por lo que hizo. Ya estando solos el hijo miró a
su madre a los ojos y la cuestionó.
_ No voy a
perder lo que tengo, te dije que siempre fuiste un perdedor, comienzas algo y
no lo terminas. Ahora yo le daré término a esto. No tirarás por la ventana
todos nuestros bienes. Prefiero un Santo muerto que un fracasado vivo.
El dolor estremeció al muchacho. La
bebida contenía veneno de ratas y ésto quemaba sus entrañas. Empezó a cambiar
de color y su boca se tornó morada. Quería decirle muchas cosas, entre ellas
que tenía un nieto, pero calló. No quería que el pobre niño corriera con la
misma suerte que él. Sólo articuló algunas palabras.
_ Te perdono
madrecita.
En seguida el Padre Graciano entró y
en la habitación ya se sentía el olor a muerte dentro de ella.
_ Padrecito,
quiero confesarme.
_ Te escucho
hijo.
Doña Amalia salió de cuarto y se
quedó detrás de la puerta tratando de escuchar lo que hablaban.
_ Perdóneme
Padrecito porque soy un mentiroso.
_ Hijo, el Señor
conoce tu vida y todo lo que has hecho. Él sabe que te arrepentiste y has cambiado,
y conoce lo que has hecho por tus hermanos. Voy a darte la extremaunción.
Al final de la conversación con Dios el Padre cerró los
ojos del muchacho.
Una calma se sintió en la habitación
esa noche. Euraclio murió sin recibir atención médica, sin ver a su hijo por
última vez, sin perdonar a José Juan, sin terminar su obra. El llanto de los
feligreses corrió como lluvia por las calles hasta que éstas pudieron lavarse.
Al siguiente día temprano en la mañana se ofreció una ceremonia para despedir
su cuerpo. El amor y su espíritu quedarían en ese pueblo. Todo el mundo excepto
su madre lloró por varios días y mucho más cuando al tercer día de enterrarlo
su tumba se encontró vacía. Gran revuelta se originó en el pueblo creyendo que
el Santo muerto había resucitado, que él no era un hombre normal, que era un
enviado del Señor.
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