sábado, 27 de febrero de 2016

Apostando Al Milagro. - Séptima Parte.

Escrita en Mayo – 2009.

Séptima parte 1.




Cada mes aparecían casos más complicados que los anteriores y el caso de don Goyo era uno de ellos. La tuberculosis estaba matándolo y lo había dejado postrado en una cama. No podía asistir a la iglesia así que junto a algunos feligreses fueron a hacerle la visita. La casa estaba sucia y no había que comer. El anciano era atendido por una hija que en ocasiones la poseía el mal. Por lo menos lo intentaría, quizás su poder persuasivo lo podría influenciar.

_ ¿Cómo te sientes mijo?

_ Ahora mejor que lo veo Santo -dijo el señor mientras tosía constantemente.

_ ¿Por qué no comes?

_ Una fuerza no quiere que lo haga. –respondió el anciano tendido en una litera con olor a muerte.

_ Voy a orar por ti para que esa fuerza del demonio se vaya.

En silencio hizo la oración, luego ordenó a las feligreses que limpiaran el lugar; llenaron de comida la alacena y el señor ingirió bocado de la mano del Santo. Mejoró por unos días pero luego falleció. Su cuerpo estaba demasiado demacrado. Cuando Euraclio lo supo lloró. Era la primera vez que lo hacía. Su madre al verlo no lo creía.

_ ¿Qué te pasa mijo? ¿Te estas ablandando ahora?

_ Ese anciano me recordó al padre que no tuve.

_ Tú y tus babosadas. Nunca necesitaste un padre –le aseguró.

_ Voy a orar por su alma. Déjame solo.

Doña Amalia salió de la habitación y se dirigió hacia las canastas de las ofrendas. El Padre Graciano la observó vaciar el falso fondo de éstas.

_ ¡Sabía que algo aquí estaba raro! Estos dos están compuestos -dijo para sí el cura.

Fue de prisa a la habitación de Euraclio y abrió repentinamente la puerta sin haberla tocado antes. Su deseo de reclamarle al Santo se deshizo cuando lo encontró de rodillas orando a Dios, bañado en lágrimas por la muerte del anciano. Cerró la puerta sin decir palabras, esperaría un mejor momento para hablarle.

Al día siguiente el Santo salió muy temprano y se dirigió a la casa del tuberculoso. Llevó su cuerpo a la iglesia y allí misas en descanso de su alma fueron realizadas. Fue enterrado en el cementerio del pueblo. Ahora solamente quedaba un problema: La poseída.

_ ¿Qué tu está pensando? ¿Te harás cargo de una loca?

_ Voy a sacarle el maligno.

_ ¿Cómo le vas a hacer?!si sabes bien que eres un farsante tú, un charlatán!

_ Yo veré que hago madre.

Hizo varios intentos y fracasaba en todos ellos. Por más que pensaba y pensaba no lograba llegar a una conclusión. Una tarde cercano a la vieja casa de su madre encontró una pieza que le haría cambiar su manera de sanar. La guardó en su bata y de vez en cuando la frotaba dentro del bolsillo. Mandó llamar a la poseída a la iglesia. Tuvieron que empujar la gente para que ésta pudiera entrar. Esa tarde la virgen lloró después de mucho tiempo.

_ Te invoco maligno, sal de este cuerpo - la mujer empezó a revolcarse en el suelo.

Sin ser visto y como buen jugador de cartas sacó el mate ardiendo de su bolsillo y lo puso en la frente de la mujer, tapándolo con la palma de su mano. El calor de la semilla quemó la frente de la mujer y la sangre empezó a fluir de su nariz. La gente la rodeaba creyendo que esa sangre era el Espíritu que había salido. Hasta la misma mujer se sintió mejor después que la expulsó. Y a partir de ese momento no volvió a tener episodios malignos. Se integró a la iglesia encargándose de la limpieza y el cuidado del jardín. Euraclio se sintió recompensado, porque por lo menos a la ex posesa pudo salvar aunque no a su padre.

Cada día el santo se veía más triste. El Padre Graciano lo observaba en silencio. Una mañana de diciembre se enteró del nacimiento del niño de la estéril. Sus ojos llovieron lágrimas de alegría al saber que su primogénito había nacido. Fue a casa de los esposos y lo vio.  En ese momento su corazón se llenó de remordimiento. No quería que su hijo llevara por las venas la ambición desmedida de su padre, y tampoco que creyera que él era un Santo y lo venerara. Nunca había hecho nada bueno, solo vivió de los más débiles de espíritu. Partió sin decir palabras y se dirigió a la casa de su madre. La encontró sentada en la cama contando dinero.

_ ¿Madrecita, tienes buena vida eh?

_ Gracias a ti mijo y tus ideas.

_ ¿No te retumban los sesos?

_  Para nada, siempre tuve falta de dinerito y ahora es mi turno. ¿Y a ti que te sucede? Te dije que te estabas ablandando. ¡Eres un blandengue bueno para nada, comienzas una cosa y no la terminas!

_ Sabes algo, esta vez la voy a terminar.

Salió cabizbajo de la casa de su madre y regresó a su habitación donde permaneció por siete días encerrado sin probar bocado.






No te pierdas la octava parte de esta interesante historia..........

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