Escrita en Mayo – 2009.
Séptima parte 1.
Cada mes aparecían casos más
complicados que los anteriores y el caso de don Goyo era uno de ellos. La
tuberculosis estaba matándolo y lo había dejado postrado en una cama. No podía
asistir a la iglesia así que junto a algunos feligreses fueron a hacerle la
visita. La casa estaba sucia y no había que comer. El anciano era atendido por
una hija que en ocasiones la poseía el mal. Por lo menos lo intentaría, quizás
su poder persuasivo lo podría influenciar.
_ ¿Cómo te
sientes mijo?
_ Ahora mejor
que lo veo Santo -dijo el señor mientras tosía constantemente.
_ ¿Por qué no
comes?
_ Una fuerza
no quiere que lo haga. –respondió el anciano tendido en una litera con olor a
muerte.
_ Voy a orar
por ti para que esa fuerza del demonio se vaya.
En silencio hizo la oración, luego
ordenó a las feligreses que limpiaran el lugar; llenaron de comida la alacena y
el señor ingirió bocado de la mano del Santo. Mejoró por unos días pero luego
falleció. Su cuerpo estaba demasiado demacrado. Cuando Euraclio lo supo lloró.
Era la primera vez que lo hacía. Su madre al verlo no lo creía.
_ ¿Qué te pasa
mijo? ¿Te estas ablandando ahora?
_ Ese anciano
me recordó al padre que no tuve.
_ Tú y tus babosadas.
Nunca necesitaste un padre –le aseguró.
_ Voy a orar por
su alma. Déjame solo.
Doña Amalia salió de la habitación y
se dirigió hacia las canastas de las ofrendas. El Padre Graciano la observó
vaciar el falso fondo de éstas.
_ ¡Sabía que
algo aquí estaba raro! Estos dos están compuestos -dijo para sí el cura.
Fue de prisa a la habitación de
Euraclio y abrió repentinamente la puerta sin haberla tocado antes. Su deseo de
reclamarle al Santo se deshizo cuando lo encontró de rodillas orando a Dios,
bañado en lágrimas por la muerte del anciano. Cerró la puerta sin decir
palabras, esperaría un mejor momento para hablarle.
Al día siguiente el Santo salió muy
temprano y se dirigió a la casa del tuberculoso. Llevó su cuerpo a la iglesia y
allí misas en descanso de su alma fueron realizadas. Fue enterrado en el cementerio
del pueblo. Ahora solamente quedaba un problema: La poseída.
_ ¿Qué tu está
pensando? ¿Te harás cargo de una loca?
_ Voy a
sacarle el maligno.
_ ¿Cómo le vas
a hacer?!si sabes bien que eres un farsante tú, un charlatán!
_ Yo veré que
hago madre.
Hizo varios intentos y fracasaba en
todos ellos. Por más que pensaba y pensaba no lograba llegar a una conclusión.
Una tarde cercano a la vieja casa de su madre encontró una pieza que le haría
cambiar su manera de sanar. La guardó en su bata y de vez en cuando la frotaba
dentro del bolsillo. Mandó llamar a la poseída a la iglesia. Tuvieron que
empujar la gente para que ésta pudiera entrar. Esa tarde la virgen lloró
después de mucho tiempo.
_ Te invoco
maligno, sal de este cuerpo - la mujer empezó a revolcarse en el suelo.
Sin ser visto y como buen jugador de
cartas sacó el mate ardiendo de su bolsillo y lo puso en la frente de la mujer,
tapándolo con la palma de su mano. El calor de la semilla quemó la frente de la
mujer y la sangre empezó a fluir de su nariz. La gente la rodeaba creyendo que
esa sangre era el Espíritu que había salido. Hasta la misma mujer se sintió
mejor después que la expulsó. Y a partir de ese momento no volvió a tener
episodios malignos. Se integró a la iglesia encargándose de la limpieza y el
cuidado del jardín. Euraclio se sintió recompensado, porque por lo menos a la
ex posesa pudo salvar aunque no a su padre.
Cada día el santo se veía más
triste. El Padre Graciano lo observaba en silencio. Una mañana de diciembre se
enteró del nacimiento del niño de la estéril. Sus ojos llovieron lágrimas de
alegría al saber que su primogénito había nacido. Fue a casa de los esposos y
lo vio. En ese momento su corazón se
llenó de remordimiento. No quería que su hijo llevara por las venas la ambición
desmedida de su padre, y tampoco que creyera que él era un Santo y lo venerara.
Nunca había hecho nada bueno, solo vivió de los más débiles de espíritu. Partió
sin decir palabras y se dirigió a la casa de su madre. La encontró sentada en
la cama contando dinero.
_ ¿Madrecita,
tienes buena vida eh?
_ Gracias a ti
mijo y tus ideas.
_ ¿No te retumban
los sesos?
_ Para nada, siempre tuve falta de dinerito y
ahora es mi turno. ¿Y a ti que te sucede? Te dije que te estabas ablandando. ¡Eres
un blandengue bueno para nada, comienzas una cosa y no la terminas!
_ Sabes algo,
esta vez la voy a terminar.
Salió cabizbajo de la casa de su
madre y regresó a su habitación donde permaneció por siete días encerrado sin
probar bocado.
No te pierdas la octava parte de esta interesante historia..........



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