Escrita en
Mayo – 2009
El pueblo de “Las Cruces” estaba a
ciento sesenta kilómetros de “El Mamey”. El viaje era largo y pesado y más con
el cadáver de doña Amalia a cuestas. Aunque el Padre Cástulo, jefe inmediato,
no entendió bien las razones de Simón, dio su permiso para que el cura viajara.
Una camioneta abierta atrás trasladaba el féretro donde reposaba doña Amalia.
Nadie en El Mamey se dio cuenta, ni siquiera los feligreses. El viaje parecía
más bien una de las tantas actividades eclesiásticas acostumbradas. Partieron
bien temprano, casi al amanecer y llegaron a las cuatro de la tarde.
Directo a la iglesia “Sor Juana de
Las Cruces” se dirigió el cura. Entraron el féretro por el patio, ya que la
iglesia estaba llena de feligreses. Allí habló con el Padre Amado quien lo
llevó hasta la habitación del Padre Graciano que tomaba una siesta, no tenía ya
fuerzas para dormirse en su vieja silla como acostumbraba. Le contó sobre doña
Amalia y aunque no le dijo lo de la confesión, si dio a conocer el paradero del
cuerpo de Euraclio y el arrepentimiento de su madre. El Padre Graciano ya no
contaba con muchas fuerzas, pero para enterrar a un hijo sacaría de donde no
tenía. Acompañados por el Padre Amado quien ya conocía la historia y escuchó en
más de una ocasión de los milagros que después de muerto el Santo hacía, fueron
junto al jefe municipal del pueblo y algunos ayudantes a la vieja casucha de
doña Amalia.
Tumbaron el techo, las paredes, y
hoyaron el piso de tierra que cubría el cuerpo del Santo envuelto en sábanas y
colocado dentro de un saco. Ya no quedaba mucho de su esqueleto. Tomaron los
restos y lo depositaron en un féretro. Fueron a la iglesia a oficiar una misa
por las dos almas, dando tiempo a que la tumba fuera cavada. La noche llegó y
la luna llena iluminó el cementerio. Los cuerpos fueron colocados juntos uno al
lado del otro, rezando una inscripción sobre su lápida:
Aquí
reposan los restos de una madre y su hijo
Almas
atormentadas que fueron liberadas por el Señor.
Paz
a sus restos. Abril/01/2006
A pesar de que todo el mundo supo la
verdad sobre Euraclio Santaolea y su madre, el pueblo siguió creyendo en él, y
lo veneraron como “El Santo” por todos los milagros que después de su muerte
siguieron sucediendo.
Todavía hoy, una luz de velón se
mantiene encendida en su morada de “Las Cruces”.
FIN



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