viernes, 1 de abril de 2016

Apostando al Milagro - Novena parte.

 Escrita en Mayo – 2009




_ ¿Qué hiciste con el cadáver de tu hijo?-preguntó el Padre Simón.

_ Le pagué a José Juan para que lo sacara del cementerio y lo enterrara en mi vieja casucha.

_ ¿Por qué lo hiciste, si ya no te podía quitar nada?

_ Tenía planes, quería que lo recordaran como un Santo, y yo como su madre iba a fingir que en sueños él me decía cosas para hacer. La gente al ver que yo no lamenté la muerte de mi hijo, se alejó de mí. Me quedé viviendo de mis pocos bienes hasta que se fueron acabando y enfermé.

_ ¿Y qué pasó después?

_ Una noche mijo se apareció en la casa, no dijo nada pero me miró con mucha pena. El tocó mi hombro. Desde ese momento empecé a enfermarme más. No sé si son mis huesos o es el remordimiento que no me deja vivir. Pasaron los años y su historia quedó como parte del pueblo donde de vez en cuando algún enfermo aseguraba que el muchacho le apareció en sueños y lo sanó. Las cosas se fueron extremando al punto que fui donde el Padre Graciano el cual tenía cinco años que no visitaba.

_ Padrecito deseo hablar con usted.

_ Amalia, dichosos los ojos.

_ ¿Padrecito, por qué si usted siempre supo que mijo era un farsante, permitió que la gente creyera y todavía después de tantos años mijo sigue curando gente?

­_ El Señor es misterioso.

Fue todo lo que expresó el cura. Ya sus setenta y un años no daban para más. Otro padre fue enviado para oficiar las misas y el Padre Graciano prefirió quedarse en ese pueblo santo a vivir su vejez.

_ Salí de allí y jamás regresé. Mi cuerpo se fue debilitando al punto que tuve que vender la casa para sobrevivir y volver a la casucha donde cada noche soñé con él. El tiempo pasó y otros cinco años más tarde escuché a alguien decir que iban a proponer para que Euraclio sea declarado Santo. El pueblo estaría dispuesto a testificar cada uno de los milagros que él había hecho. El remordimiento me estaba matando más rápido que la enfermedad. Nunca antes había orado y mucho menos me había confesado ante el Señor y este día tuve el valor de hacerlo en este pueblo.

_ ¿Por eso viniste?

_ Sí. Yo quería confesarlo todo: lo que hicimos, mi odio por él, mi ambición.

_ Dime algo ¿Si todo fue una farsa, cómo ocurrieron los milagros?

_ El muchacho consiguió en el correo cera para lacrar sobres cuando fue a llevar una carta del padre. Lo colocaba en el iris y las pestañas de la virgen y cuando a ésta le encendían velas la cera se calentaba y derretía. Nadie lo notaba porque la virgen estaba en un pedestal muy alto y como él hacia la limpieza bien temprano, recogía toda la cera que se caía al suelo para que nadie sospechara.

_ ¿Y lo de la paloma y el aura?

_ Él duró más de un mes adiestrando al ave para que comiera en su cabeza. Lo hizo tantas veces que sólo tenía que entrar al agua y ya ésta se ponía sobre él, aunque no tuviera maíz para picar. Respecto al aura, cuando el Padrecito bautizaba al primer grupo mijo abrió una bolsita con aluminio guayado de un caldero de mi casa, lo pegó al cabello con vaselina. El conocía de metales porque trabajó en una metalúrgica. Cuando el sol iluminaba al polvo de aluminio que tenía en su cabellera parecía brillar. Además uno ve lo que quiere ver.

_ ¿Estas arrepentida de todo lo que hiciste?

_ Si Padrecito.

_ ¿Te arrepientes de haberle dado muerte a tu hijo?

_ Padrecito, no tendré vida para arrepentirme más. Estoy enferma, sé que voy a morir; no tengo cara para verlo allá en el purgatorio o donde quiera que esté. La ambición me cegó.

_ ¿Por qué nunca quisiste a tu hijo?

_ Yo engañé a mi marido con un seminarista de ésta iglesia. Me embarazó y después lo negó. El pueblo se abalanzó sobre mí y tuve que salir de aquí, no sin antes llevarme algunas cosas de la iglesia para cobrar la falta. Tan pronto Euraclio nació se fue a vivir con familiares hasta que se valió por sí mismo.

_ Por eso volviste donde todo comenzó.

_ Padrecito quiero desenterrar a mijo, y darle un sepulcro decente, digno de un hombre bueno, sin lujos, sin ornamentos, como él lo hubiese querido en el cementerio de Las Cruces. Quiero que el pueblo sepa su historia, que mintió al principio pero que se arrepintió y que dedicó el final de su vida a predicar y a dar amor a su prójimo. Si logro eso podré morir en paz. Así sabré que terminamos bien lo que empezamos mal.

_ En realidad cambiaste hija, te absuelvo de tus pecados. Reza veinte Padrenuestro y quince Ave María.

De pronto una luz esclareció la oscura área del confesionario.

_ Padrecito mi hijo está aquí a mi lado -dijo doña Amalia con felicidad. Vino a buscarme.

El Padre Simón salió del confesionario y observó como la cortina que cubría el lado del confesado se levantaba sola por el aire. Miró y allí estaba doña Amalia arrodillada, inmóvil; una leve sonrisa se divisaba en su rostro. Tocó su cuello y notó que la señora se había ido con su hijo, que siempre la amó. Nunca había visto nada igual en los pocos años que tenía confesando. Ahora le tocaba a él culminar la obra de doña Amalia.



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