Escrita en
Mayo – 2009
_ ¿Qué hiciste
con el cadáver de tu hijo?-preguntó el Padre Simón.
_ Le pagué a
José Juan para que lo sacara del cementerio y lo enterrara en mi vieja casucha.
_ ¿Por qué lo
hiciste, si ya no te podía quitar nada?
_ Tenía
planes, quería que lo recordaran como un Santo, y yo como su madre iba a fingir
que en sueños él me decía cosas para hacer. La gente al ver que yo no lamenté
la muerte de mi hijo, se alejó de mí. Me quedé viviendo de mis pocos bienes
hasta que se fueron acabando y enfermé.
_ ¿Y qué pasó
después?
_
Una noche mijo se apareció en la casa, no dijo nada pero me miró con mucha pena.
El tocó mi hombro. Desde ese momento empecé a enfermarme más. No sé si son mis
huesos o es el remordimiento que no me deja vivir. Pasaron los años y su
historia quedó como parte del pueblo donde de vez en cuando algún enfermo
aseguraba que el muchacho le apareció en sueños y lo sanó. Las cosas se fueron
extremando al punto que fui donde el Padre Graciano el cual tenía cinco años
que no visitaba.
_ Padrecito
deseo hablar con usted.
_ Amalia,
dichosos los ojos.
_ ¿Padrecito,
por qué si usted siempre supo que mijo era un farsante, permitió que la gente
creyera y todavía después de tantos años mijo sigue curando gente?
_ El Señor es
misterioso.
Fue todo lo que expresó el cura. Ya
sus setenta y un años no daban para más. Otro padre fue enviado para oficiar
las misas y el Padre Graciano prefirió quedarse en ese pueblo santo a vivir su
vejez.
_
Salí de allí y jamás regresé. Mi cuerpo se fue debilitando al punto que tuve
que vender la casa para sobrevivir y volver a la casucha donde cada noche soñé
con él. El tiempo pasó y otros cinco años más tarde escuché a alguien decir que
iban a proponer para que Euraclio sea declarado Santo. El pueblo estaría
dispuesto a testificar cada uno de los milagros que él había hecho. El
remordimiento me estaba matando más rápido que la enfermedad. Nunca antes había
orado y mucho menos me había confesado ante el Señor y este día tuve el valor
de hacerlo en este pueblo.
_ ¿Por eso
viniste?
_ Sí. Yo
quería confesarlo todo: lo que hicimos, mi odio por él, mi ambición.
_ Dime algo
¿Si todo fue una farsa, cómo ocurrieron los milagros?
_
El muchacho consiguió en el correo cera para lacrar sobres cuando fue a llevar
una carta del padre. Lo colocaba en el iris y las pestañas de la virgen y
cuando a ésta le encendían velas la cera se calentaba y derretía. Nadie lo
notaba porque la virgen estaba en un pedestal muy alto y como él hacia la
limpieza bien temprano, recogía toda la cera que se caía al suelo para que
nadie sospechara.
_ ¿Y lo de la
paloma y el aura?
_
Él duró más de un mes adiestrando al ave para que comiera en su cabeza. Lo hizo
tantas veces que sólo tenía que entrar al agua y ya ésta se ponía sobre él,
aunque no tuviera maíz para picar. Respecto al aura, cuando el Padrecito
bautizaba al primer grupo mijo abrió una bolsita con aluminio guayado de un
caldero de mi casa, lo pegó al cabello con vaselina. El conocía de metales
porque trabajó en una metalúrgica. Cuando el sol iluminaba al polvo de aluminio
que tenía en su cabellera parecía brillar. Además uno ve lo que quiere ver.
_ ¿Estas
arrepentida de todo lo que hiciste?
_ Si Padrecito.
_ ¿Te
arrepientes de haberle dado muerte a tu hijo?
_
Padrecito, no tendré vida para arrepentirme más. Estoy enferma, sé que voy a
morir; no tengo cara para verlo allá en el purgatorio o donde quiera que esté. La
ambición me cegó.
_ ¿Por qué
nunca quisiste a tu hijo?
_
Yo engañé a mi marido con un seminarista de ésta iglesia. Me embarazó y después
lo negó. El pueblo se abalanzó sobre mí y tuve que salir de aquí, no sin antes
llevarme algunas cosas de la iglesia para cobrar la falta. Tan pronto Euraclio
nació se fue a vivir con familiares hasta que se valió por sí mismo.
_ Por eso
volviste donde todo comenzó.
_
Padrecito quiero desenterrar a mijo, y darle un sepulcro decente, digno de un
hombre bueno, sin lujos, sin ornamentos, como él lo hubiese querido en el
cementerio de Las Cruces. Quiero que el pueblo sepa su historia, que mintió al
principio pero que se arrepintió y que dedicó el final de su vida a predicar y
a dar amor a su prójimo. Si logro eso podré morir en paz. Así sabré que
terminamos bien lo que empezamos mal.
_ En realidad
cambiaste hija, te absuelvo de tus pecados. Reza veinte Padrenuestro y quince Ave
María.
De pronto una luz esclareció la oscura área del
confesionario.
_ Padrecito mi
hijo está aquí a mi lado -dijo doña Amalia con felicidad. Vino a buscarme.
El Padre Simón salió del
confesionario y observó como la cortina que cubría el lado del confesado se
levantaba sola por el aire. Miró y allí estaba doña Amalia arrodillada,
inmóvil; una leve sonrisa se divisaba en su rostro. Tocó su cuello y notó que
la señora se había ido con su hijo, que siempre la amó. Nunca había visto nada
igual en los pocos años que tenía confesando. Ahora le tocaba a él culminar la
obra de doña Amalia.
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