El Mar

Un día diferente en la vida de Yeyo lo llevó a disfrutar el lado dulce de su amarga vida.

Apostando Al Milagro

¿Serán simples mentiras o milagros las de un pueblo necesitado de alimentar su fe?

150 Grados

John, perdido en un planetoide de otra galaxia busca durante años el modo de retornar a casa.

Reserva Especial

El amor puede manifestarse de muchas maneras.

El Resguardo

Nunca hables con extraños en lugares desconocidos.

Ella

La mujer que todos quisieron.

El domador de leones

El miedo se enfrenta en algún momento.

El camino que lleva al fondo

Los polos semejantes se atraen.

Aferrado

¿Oh muerte, por qué no me llevaste cuando Yuleiny se fue?

El Niño Perdido

La lúgubre celda guarda el alma de un niño

La Dichosa y Cruel Filiberta

"Ella debe tener algún embrujo que la quiere viuda".

La Silla

" Hay cosas que sólo se ven desde La Silla".

Las Lenguas Muertas de Doña Pura

" Para quien quiera sacar sus demonios".

El niño con voz de Jilguero

"Canta mi niño, canta".

Porque mañana llega Angela

"Manaña llega Ángela... – suspiró el alcalde".

La casa viviente

"'Una noche bastó para no querer regresar a esa casa"".

Mayflower

"'La magia no está en las cosas"".

El hombre sin alma

¿Y ahora qué hago sin alma?

24 horas por morir

La puerta que nunca cierra no tiene dolientes; y lo peor, es que ella lo sabe.

domingo, 31 de enero de 2016

150 Grados. - Cuarta parte

Escrita en Diciembre – 2009 y Abril – 2015

Cuarta parte.-



John y su nuevo amigo pasaron meses viviendo en la angosta cueva de silicio hasta que estuvo más repuesto para movilizarse. Según Pkcrit y calculando la posición de las estrellas, faltaba mucho camino por recorrer hasta la colonia y si las tormentas no cedían podía llevarles mucho más tiempo llegar al destino. Los ojos de John estaban encostrados y ligeramente brotados por la presión del calor. Su piel tenía un aspecto más rugoso y las llagas curaban rápidamente con los baños de lodo curativo. No bebían, solo comían un fango húmedo que el alienígena conseguía diariamente. John tenía la mitad de su peso aunque de salud estaba bien. Ya su piel no necesitaba ninguna vestimenta, se fue encostrando hasta hacerse dura. Su aparato digestivo se fue adaptando a la comida y no vomitaba como en los inicios. No sentía ya la necesidad imperativa de tomar agua y por el peso del lodo que comía, su estómago se mantenía lleno por largo rato reduciendo su necesidad de alimento.

Emprendieron el camino nuevamente, usando como muleta una larga lanza mineral desprendida de las rocas. No tenía mucha carga en su grabadora, quería dejarla para la ocasión más especial en que llegaran a la colonia y viera con sus propios ojos a una nueva raza humana. La medición del tiempo y los días se perdieron, en su lugar quedaron los descensos de temperatura. Cada descenso lo contaba como un día, aunque fuese más corto o más largo en duración. Al cabo de cuarenta y tres descensos llegaron a la colonia alienígena. La tormenta huracanada estacionaria nuevamente arreciaba cuando ellos entraron a la gran caverna.

_ Phoenix estoy entrando a la caverna, un área inmensa llena de compartimientos y cuevas con un techo tan alto como un edificio de diez pisos, donde el aire es menos caliente que allá afuera. Esto es increíble: Toda una población alienígena se mueve aquí: adultos, niños, todos de la misma especie de mi guía. No parecen temerme. Son dóciles y emiten mucho ruido. Hay chozas montadas en lodo seco tanto en los huecos de las paredes como en el suelo y una fosa de fango que sirve de alimento. Voy a recorrer toda el área para conocer cómo viven.

John visitó todas las chozas de lodo y conoció a todos y cada uno de los 315 pobladores que allí vivían. El mayor tenía alrededor de treinta y cinco años a deducir por su medición de descensos; Pkcrit tenía 12 años más o menos. Su vida era corta por las condiciones del lugar; en contraste crecían y se hacían adultos rápidamente, naciendo los más recientes más fuertes y más adaptados al hábitat. Se alumbraban en la caverna con unas piedras calientes adheridas a las estalactitas. Al parecer hubo agua en algún momento en ese planetoide. Tenían un lugar prohibido con una entrada cubierta de rocas al cual John quiso visitar pero le fue impedido por los vigilantes.

En un descuido Pkcrit se alejó de su vista, luego lo vio rindiendo cuentas a algún superior sobre lo que fue a buscar a la zona de las rocas. Dentro de lo que pudo deducir, entendió que le explicaba a su padre que no logró encontrar nada en su viaje, solamente a un terrícola.

A partir de ese momento John se dedicó a aprender el lenguaje de sonidos nasales, porque aparte de que no entendía a las criaturas, también su laringe se estaba atrofiando cada día más, a tal punto que había palabras que ya no podía pronunciar correctamente. Notó que aunque la vida era rústica, ellos no se comportaban como salvajes prehistóricos. Al contrario, los más jóvenes se reunían a escuchar sobre astronomía, y sobre el clima del planeta donde vivían. No tenían dioses ni divinidades, eran inteligentes y practicaban lo aprendido de padre a hijo. No usaban armas ni utensilios hogareños; cuando tenían hambre tomaban lodo y comían. No había orden jerárquico, cada familia manejaba a su prole. Dentro de la caverna los adultos ejercitaban sus largas piernas preparándola para su vida exterior saltando sobre las rocas desde lo alto de la caverna. John también hacia uso del salto aunque en rocas bajas para no lesionar nuevamente su pierna sin rótula que le quedó tiesa y al mismo tiempo ejercitaba sus escasos músculos.

Había otra cueva no visitada aunque abierta, a la que nadie podía accesar. Una especie de humo o gas le daba un aspecto brumoso.

_ ¿Qué hay en ese lugar? - Preguntó John con un escaso lenguaje de sonidos y señas.

_ Es la cueva de la Vida. No debemos entrar ahí.

No entendió el significado de lo que Pkcrit le respondió. Por su conocimiento supo que era gas carbónico lo que salía de ella.

En la parte exterior de la caverna se avecinaba una nueva hiper tormenta, la galaxia elíptica seguía estática, siendo atraída aún más por las descargas de fuego y la radiación emitidas, al producirse pequeñas explosiones atómicas sobre el planetoide, lanzando todas las partículas hacia el agujero negro - centro de la galaxia - y destruyendo todo a su paso. Los vientos circulaban a 5,000 km/s, dejando el terreno totalmente petrificado por el fuego, quedando como superficie el magma. La entrada a la caverna era angosta y con mucha dificultad para accesar. Dentro de ella seguirían seguros hasta que la galaxia cambiara de curso.

Los cambios físicos generales de John ya eran bastante evidentes, sus uñas desaparecieron y en su lugar una costra dura revistió la punta de sus dedos. Perdió los labios, el pelo, orejas y parte de su nariz. Su piel se tornó rugosa aunque sus extremidades siguieron normales; sus pies desarrollaron una costra dura en la parte baja. Todos esos cambios los achacó a la alta temperatura y la rusticidad del terreno; así como el medio ambiente alteró el ADN de las criaturas desarrollando los órganos que más necesitaban.

Al mirar fijamente a su amigo Pkcrit se preguntaba cómo fueron físicamente sus primeros ancestros cuando llegaron a ese planeta. No tenía ningún equipo para estudiar esa especie y formularse una hipótesis de cómo viajaron y se adaptaron al lugar. De dónde procedían o si evolucionaron de otras especies alienígenas. Y como serían si el agujero negro no estuviera tan cerca aumentando las altas temperaturas. 


No te pierdas la quinta parte en la siguiente entrega.

Apostando Al Milagro. - Cuarta Parte.

Escrita en Mayo – 2009

Cuarta parte.



Con dos fuertes toques Euraclio llamó a la puerta. Había visitado a su madre pocas veces pero el camino era fácil de encontrar: la guagua lo dejaba en el parque, doblaba a la derecha de la escuela pública, seguía derecho tres calles, doblaba a la izquierda, pasaba la iglesia y seguía bajando la calle hasta el final, cuando se acababan las casas, la última a mano derecha era la de doña Amalia. Sólo cuatro paredes de madera y techo de zinc cubrían a la madre abnegada. Esa misma que siempre lo recibía con una sonrisa en los labios, los ojos llorosos de emoción y el corazón henchido de amor maternal.

La puerta y sus ojos se abrieron espantados ante la presencia de su hijo.

_ ¡Si estás aquí es porque algo has hacido! A ver, dime ¿Qué te robaste?

_ Bendición madrecita, qué bueno verte.

_ ¡No salgas con eso! Sabes que te detesto por las cosas que me has hacido.

_ Madrecita, no tengo a donde ir. Ayúdame.

_ Entra y siéntate. Estoy calentando sopa.

A diferencia de otras madres, Amalia siempre pensó que haber tenido a ese hijo fue una maldición. Salió embarazada de otro hombre que no era su marido. Tuvo que salir corriendo del pueblo con nueve meses de embarazo, porque cometió un robo en la iglesia donde conoció al padre de su vástago. Un veinticinco de diciembre en horas de la noche nació el niño que le daría tantos malos ratos en su vida, un perdedor que no la ayudaría a salir de abajo. En todo lo que iniciaba, fracasaba.

Al verlo después de tanto tiempo tuvo la impresión de que él quería quedarse. No espero a que terminara su plato cuando arrastró su mecedora hasta la silla de su hijo.

_ ¿Qué has hacido ahora?

_  Irene me dejó.

_ ¡Ofrezcome, ya era hora, te dije que ella estaría contigo hasta que viera dinero. ¡Ja, si las conozco!

_ Madrecita, quiero cambiar, hacer las cosas bien, sin error.

_ Aquí no hay muchos empleos.

- ¿Dejarás que me quede aquí?

- Sólo hasta que encuentres donde vivir.

El pueblo “Las Cruces” era aún más rural que “El Bondado”. No había fábricas ni ningún comercio grande. La mayoría eran agricultores, ganaderos, tabaqueros y ateos por demás.

Al día siguiente madre e hijo salieron temprano a conseguir trabajo. Ningún empleo era digno de un ladrón: sembrar habichuelas o recoger café no era su especialidad. Después de tanto buscar fueron a terminar en la iglesia.

La iglesia del pueblo -la parroquia “Sor Juana de Las Cruces”- era escasamente visitada por dos o tres feligreses diariamente y si acaso diez personas en fin de semana. Podría decirse que Dios no había conquistado esa fanaticada. Entraron a la parroquia a las once de la mañana y no encontraron un alma. Salieron al patio encontrando al padre Graciano recostado en una silla a la pared. Su cabeza se caía con la mitad de su cuerpo que casi estaba en el suelo. La señora tocó el hombro caído del padre varias veces hasta que el somnoliento hombre español de sesenta años despertó.

_ Padrecito Graciano, Padrecito Graciano.

_ Eh, ¿Qué sucede? -dijo el cura con el acento de la madre patria.

_ Excúseme que le moleste a este tiempo pero no tengo a más ni nadie a quien pedirle.

_ ¿Quiénes son ustedes? No los había visto por aquí.

_ Nunca vengo, pero hoy tuve la necesidad de verlo.

_ Dime hija ¿Cómo te ayudo?

_ Éste es mi hijo Euraclio. Vino a vivir al pueblo y no tiene con qué comer ¿Podría darle trabajo?

_ Trabajo hay, lo que no hay es paga. Mira esta iglesia, casi nadie viene, ni siquiera tenemos presupuesto para pagar el mantenimiento.

_ No se preocupe Padrecito. Si me da cama y comida me encargaré de la limpieza, es más hasta le cuido el jardín.

_ Trato hecho, comienzas mañana -dijo el Padre Graciano.

Euraclio se despertó temprano. Cargó sus pertenencias - nada más lo que traía puesto para llevarlas a la iglesia. Su madre no creía lo que había escuchado porque siempre conoció lo ambicioso que era su hijo. Esta vez fue solo y entró por el patio y encontró al Padre Graciano haciendo sus oraciones matutinas.

_ Amén. ¡llegaste temprano!

_ Si Padrecito, soy madrugador. Mande usté.

_ Empieza limpiando el piso, los bancos y si puedes arregla esa puerta, la cerradura se está despegando y después ven a desayunar conmigo.

_ Así será Padrecito.

Euraclio observó con detalle todos los objetos y lugares de la iglesia. Notó con asombro que detrás del púlpito había una falsa pared por la que cabía una persona bien delgada como él. También que en la parte delantera había un falso techo muy apropiado para esconder cosas. Hizo toda la limpieza del lugar, arregló la puerta, y finalmente fue a desayunar con el Padre quien se sintió complacido por una ayuda sin recompensa.

_  Y dime hijo ¿estas bautizado?

_ No lo sé, creo que no, mi madre nunca me llevó a la iglesia.

_ Pues hijo, es momento de que el Señor lave tus pecados. En la siguiente celebración de bautizo te incluiremos.

Pasaron varias semanas y ya el joven trabajador se estaba aburriendo, allí no había nada que robar, sólo una virgen y un cuadro de Jesús más algunos velones con telarañas por el desuso, debía pensar en otra táctica para conseguir dinero. Iba a tomarle un poco más de tiempo de lo que esperaba y además iba a necesitar un cómplice confiable: su madre. La noche del lunes fue a visitarla. Entró como de costumbre por el patio. Doña Amalia reposaba la cena en una mecedora de guano, uno de los pocos ajuares que poseía. Esperaba no volver a ver a su desgraciado hijo aunque todavía sentía curiosidad por su disposición para el trabajo.

_ Mamita bendición. Mira lo que te traje -mostrándole un plato de comida de unas sobras que habían quedado de la cena en la iglesia.

_ Hum, algo quieres tú. ¿Qué te traes ahora? Tú nunca me has dado nada.

_ Te tengo un negocio mucho muy bueno, y te aseguro que en poco tiempo taremos forrados de dinero.

Dos horas no bastaron para explicarle y convencer a doña Amalia de cuál era el plan y cómo lo harían. Euraclio durmió esa noche en la casa dándole los pormenores a su madre de qué ganarían y qué tendrían que arriesgar. Tal palo tal astilla. De ella heredó esa ambición desmedida sin importar a quien se llevara en el camino. Eran ya las siete de la mañana cuando ella le dio el Sí. Un Sí que implicaba mucho, incluyendo fidelidad a su hijo. Tan pronto lo escuchó salió corriendo para la parroquia, a cumplir sus deberes y a planificar su macabro plan. Como tenía conocimientos de metales fabricó unas canastas para recoger ofrendas. Esta canasta tenía la particularidad que en su interior tenía doble fondo y el dinero podía colarse hacia la base de abajo y nadie lo notaría. La mayoría entregaba monedas, y si alguien donaba en papeletas él mismo lo entraba por una rendija.

_ ¿Para qué construyes esas canastas? -preguntó el Padre con tono burlón, si aquí no vienen feligreses y mucho menos ofrendas.

_ No se preocupe Padrecito, vendrán, vendrán.

_ Pués no sé cómo le vas a hacer, yo he visitado casi todo el pueblo casa por casa y no he logrado que asistan a la misa.

_  Confíe en Dios, ellos vendrán.

_ Alabo tu fe, hijo. Desde que llegaste hace un mes has reparado todo, has limpiado todo como si esperáramos visitas. Aquí casi no viene nadie, es más creo que ésta parroquia será cerrada y me enviarán de retiro a mi terruño.

_ Padrecito, yo se lo aseguro.

El miércoles pasó sin pena ni gloria, como todos los miércoles. Pero el jueves fue diferente. Algo despertó la curiosidad de los pobladores: doña Amalia entró a la iglesia, miró a la virgen y salió vociferando por todo el pueblo que la virgen “Sor Juana de Las Cruces” lloró sangre.

_  ¡Arrepiéntanse impíos, la virgen llora por su pueblo, arrepiéntanse! -así gritaba por todas las calles.

El rumor se corrió por doquier y en pocos minutos la parroquia que casi nunca era visitada experimentó su primer milagro. Sor Juana tenía un velón encendido que había llevado doña Amalia. Los pocos fieles que siempre visitaban la iglesia llevaron velones y flores. La multitud se fue agolpando en la pequeña parroquia al punto de retirar todos los bancos. La puerta fue rota nuevamente, pero esta vez no era porque siempre permanecía cerrada, sino porque los curiosos la derribaron.

_ ¡Queremos ver a la virgen! -gritaban.

_ ¡Calma hijos, tengan calma! -dijo el Padre.

_ ¿Qué hiciste Euraclio?

_ Maldicion, Yo no he hacido nada Padrecito.

_ No maldigas en la casa del Señor.

_ Lo que ocurrió es un milagro.

_ ¡Queremos tocar la virgen! Gritaba la multitud.

_ ¡No maldición! -dijo Euraclio, la pueden dañar a la virgen.

_ Te he dicho que no maldigas muchacho.

Ese día entraban y salían las personas, rezaban a la virgen pidiéndole milagros y sanaciones.

_ ¡Ya no me duelen. Mis piernas ya no me duelen! -gritaba Amalia contenta y dando vueltas de felicidad.

Era tanta la gente que el Padre estaba confundido pero aunque vio lo que vio, que la virgen de yeso lloró sangre no dio crédito. Pasaron semanas y la iglesia seguía llena de gente, no todos los días la virgen lloraba, lo hacía cuando veía que su pueblo no seguía los mandatos. De una misa diaria pasaron a tres incluyendo los lunes. Los poblados vecinos se hicieron cita allí y los que querían ponerle un velón y rezar frente a frente con la virgen debían negociar a escondidas con Euraclio, quien manejaba esas entradas junto a su madre que ya era una fanática, hasta pidió ser bautizada.

Aunque hubo un cambio notable en la parroquia, el Padre Graciano no comentó a sus superiores lo de la virgen hasta no conocer la verdad del asunto. Se estaba acercando el período de pascua y tenía que organizar el bautismo y enseñar catequesis al nuevo rebaño.


No te pierdas la quinta parte en la siguiente entrega.

lunes, 18 de enero de 2016

150 grados. 3era. parte

Escrita en Diciembre – 2009 y Abril – 2015


Los expedicionarios se establecieron en los hangares más subterráneos. Muller y Marinez se encargaron de detallar los daños de la nave y de cómo repararla.

_ ¿Cómo van muchachos? – preguntó el sargento Smith.

_ No hay mucho progreso, estos equipos son muy antiguos. No hemos encontrado ninguna pieza que valga la pena pero hay algo que nos llamó la atención. Al parecer el doctor Strongharm estuvo aquí hace días.

_ ¿Es eso posible, cómo llegó?

_ Los transmisores están encendidos, miren la fecha de apenas unos días, y éstos son restos de cápsulas. Estimo que hizo algunas reparaciones y pudo salir de aquí. También hay un mensaje que lo dirigió a nosotros, pero no fue enviado porque este transmisor no funciona correctamente; creo puedo resolverlo.

_ Es una gran noticia sargento Muller, esperemos salir de aquí al igual que él lo hizo, a lo mejor la cápsula lo llevó a la Tierra.

_ Volveremos a casa estoy seguro. -dijo el doctor Marinez.

_ Sargento, avíseme cuando estemos listos para pedir ayuda a la base.

Los pobladores dejaron muchos equipos, comida, agua, y toda clase de materiales para subsistir años internados bajo tierra. Las fuentes de energía y de oxígeno eran aceptables. No había razón aparente para que todos desaparecieran si dejar siquiera una prueba de que algún suceso cósmico sucedió y no pudieron evitarlo.

Después de muchas semanas de intentarlo, finalmente el radar y los equipos pudieron restablecerse a pesar de las dificultades por la ambigüedad de la maquinaria. Una vez encendidos se hicieron pruebas de frecuencias, hasta lograr las coordenadas de la Tierra y poder conectarse con un observatorio ruso en una zona gélida totalmente desierta. Esta estación era atendida por Angus Blovak, un investigador y astrónomo que tenía a cargo el observatorio durante los últimos diez años.

_ Les habla el sargento Smith, miembro de la tripulación del Phoenix. Quedamos atrapados en las zonas rocosas de Marte, necesitamos ayuda para regresar a la Tierra. Avisen a la base estadounidense.

El mensaje fue corto pero por el tono de voz del sargento, el doctor Blovak entendió que no era una broma. La señal provenía del espacio y pedían auxilio. Copió los datos y emprendió un largo camino para llegar hasta las colinas Humedovich, donde estaba la estación principal. La información llegó a la oficina de gobierno encargada de Asuntos de Exploración y estos a su vez se comunicaron con la oficina de Asuntos de Estado en Estados Unidos, que agradecieron la cooperación de la estación rusa. En la base todos estaban preocupados por el destino de los astronautas. La sargento Gray estuvo presente y desde la oficina principal emitió su décimo reporte, esta vez con una noticia diferente a todas las anteriores.

_ “Soy la sargento Brittany Gray y les informo sobre el destino de los tripulantes del Phoenix que meses atrás fueron enviados a la órbita marciana en una misión de recuperación y reemplazo del satélite Klimped VI. Recibimos información confirmada de que los tripulantes descendieron sobre la superficie marciana por los daños causados al transbordador. Sólo tres de ellos siguen con vida. Desafortunadamente el doctor Ho se perdió en el espacio exterior, mientras del doctor Strongharm no tenemos información exacta. Se sabe que estuvo en Marte antes que la tripulación y al parecer logró salir del planeta en un cohete y hasta el momento no se conoce su paradero. Les seguiremos informando en otro reporte más adelante”.

El corazón de Amy saltó de emoción, al enterarse que su esposo aunque de destino desconocido al menos no estaba declarado muerto. Ella siempre supo que él haría lo imposible por cumplir sus promesas y que regresaría como siempre lo hizo a su casa con la familia. Esa tarde emprendió el viaje hasta la base, para desde allí obtener más información sobre la tripulación y si alguna novedad surgiera ella estaría allí para saberlo. Cuando llegó los principales jefes y directores estaban reunidos en una junta para determinar el destino de los tripulantes del Phoenix. Para todos era sabido, que muchas cosas podrían ocurrir en el espacio exterior y que muchos accidentes no podrían corregirse una vez ocurriesen.

A la salida de la junta frente a la puerta del hall estaba Amy y varias esposas esperando saber cuál fue la resolución tomada.

_ ¿Irán por nuestros esposos? –pregunto Amy Strongharm al General Mc Entire, comandante y director de la base.

_ Me temo que no es tan fácil señora, debemos enviar una comunicación al Congreso para que sometan un nuevo presupuesto para otra expedición a Marte. No quiero que tenga muchas expectativas.

_ ¡Ellos están vivos, por qué dejar que mueran allí!,- expresó Sonya Smith.

_ No podemos hacer nada. Si el gobierno no lo aprueba, no habrá búsqueda. Además nueva expedición tomaría años en prepararse.

_ ¿O sea, están condenados a muerte? ¿Eso es lo que usted dice? –concluyó Amy.

_ Calma, estudiaremos más a fondo el caso. Mientras, ellos están a salvo y con vida. Váyanse a sus casas, les mantendremos informadas si algo nuevo acontece.

Las cuatro esposas asistían cada día a la base, durante ese primer año hasta que se fue reduciendo el número de visitas con el paso de los años. Ninguna respuesta del gobierno. Ninguna noticia alentadora, sólo esperando a que se estudiara el caso y aprobaran otro presupuesto extra. 


No te pierdas la cuarta parte en la siguiente entrega.

Apostando al Milagro. 3era. parte

Escrita en Mayo – 2009




Un individuo como Euraclio nadie lo quisiera tener de amigo. Antes de que sospecharan de él y sabiendo que José Juan visitaba mucho su casa y no precisamente en horas que él estaba, lo tiraría al pozo. En la calle a las personas que ellos le vendían, negociaban con José Juan porque su socio no sabía de letras. Así que si había un hombre implicado ése su mejor amigo.

_ Buen día señor suegro. Dicen por ahí que faltan materiales y que saben quién se los está volando.

_ Eso parece. ¿Quién te lo dijo?

_ José Juan. A decir verdad yo lo he visto muy nervioso últimamente.

_ Explícame.

_ Se va antes de la hora, tiene mucha papeleta.

_ ¡Voy a verlo ahora mismo! Si él tiene algo que ver con el robo de materiales irá preso -aseguró el suegro.

¡Preso! Euraclio no contaba con eso. Él lo denunció pero lo más que esperaba era que lo botaran, no que lo llevaran a la cárcel. Era demasiado por unas piezas.

_ Yo voy con usté.

Se dirigieron al área de descarga y allí estaba José Juan montado en el montacargas. El encargado de suministros acompañado de yerno y otros obreros llegaron al lugar.

_ ¿Dónde metiste las piezas?

_ ¿Qué piezas? ¿De qué usted me habla?-reaccionó nervioso mirando a su socio.

En ese momento las piezas empezaron a salirse del espacio a medio cerrar debajo del sillón del montacargas.

_ ¡Agarren a este hombre por ladrón! -dijo el jefe.

_ No, yo no fui, dile Euraclio que ésto es tuyo.

_ ¿Mío? ¡Maldición! ¿Por qué me quieres perjudicar?¡Porque me di de cuenta que te aparejas con mi mujel! -dijo como argumento para que su suegro le creyera. Su hija no le mentiría si le preguntaba.

_ ¿Por qué me haces esto?- preguntó el traicionado.

_ Yo no hice nada. He sido tu amigo todos estos años. ¿Te ries de mí y ahora quieres embarrarme en tu malhechoría? –se justificó.

Los obreros lo amarraron al montacargas hasta que la policía se lo llevara.

_ ¡Me las vas a pagar Euraclio!

_ ¡Señor, José Juan me está amenazando!

_ No te preocupes, durará largo tiempo en la sombra abrazado a los barrotes.

La policía llegó, esposó a José Juan y lo condujo a la cárcel pública donde lo menos que pagaría allá serían dos años de prisión. Esa noche el traidor llegó temprano, no hubo dinero extra ni regalos que darle a su mujer.

_ Esta noche no tengo nada para ti, la torta esta virada. Agarraron a José Juan y quiere ensuciarme en el robo.

_ Eso no pasará, hablaré con mi papá, todo se arreglará mi amor.

Irene fue temprano de la mañana a la fábrica a hablar con su padre, no sin antes pasar a saludar al Jefe de Personal.

_ ¿Cómo le va señor?

_ Bien, buena hembra. Ansioso por verte de nuevo.- decía mientras ajustaba su correa al levantar la pretina del pantalón.

_ Cuando quiera nos vemos, mi marido sigue llegando tarde y la puerta está abierta. -dijo Irene mostrando su muslo derecho mientras se recostaba de la pared.

_ A lo mejor te visite esta tarde. –extenuando una pícara sonrisa.

_ Le esperaré con ansias.

Irene siguió hasta el departamento de suministros y vio a su padre conversando con unos obreros.

_ ¿Y tú por aquí?

_ Vengo a hablarte de mi marido. Él dice que no tiene nada que ver con el robo y yo le creo. Ayúdalo.

_ Lo veo difícil, Sé que ha estado robando también. Veré lo que hago.

Mientras tanto Casimiro y Gonzalo –sus compañeros- fueron a visitar a José Juan a la hora del almuerzo, porque no creían lo que le había sucedido.

_ ¡Ese desgraciado  me metió hasta el fondo para quedar como inocente!

_ ¿No fuiste tú?

_ Yo participé, pero quien robaba allá era Euraclio. Será difícil que le prueben algo y más si es yerno del encargado.

_ ¿Cuánto tiempo estarás aquí?

_ Tres años, pero despreocúpense que desde que salga Euraclio me las va a pagar todas, por mal amigo y traidor.

_ Vendremos la semana que viene a traerte cigarrillos y ropa.




*   *   *

Las cosas en la fábrica fueron cambiando. Euraclio no podía tomar piezas ni materiales y ya el montacargas no era su trabajo. Escasamente podía jugar póker en las noches. Cuando llegaba a casa la pelea comenzaba.

_ ¿Me trajiste dinero?

_ Es difícil la situación mi amor.

_ ¡Búscalo o te dejo! –le dio un ultimátum.

_ Lo haré mi amor, no más no te pongas así.

En el fin de semana en horas de la noche Euraclio y sus amigos jugaron unas cuantas rondas. El como siempre sacó cartas de las mangas sin sospechar que su compañero se dio cuenta de lo que hizo. Gonzalo levantó la mesa y de un solo golpe lo tiró de espaldas al suelo.

_ ¡Maldito, ya conozco tus trampas!

Las barajas volaban por los aires. Tenía cajas completas de barajas guardadas en la pretina del pantalón.

_ ¡Te mataré! -dijo Gonzalo. Me has robado por mucho tiempo.

Gonzalo golpeó con una botella su cabeza y la sangre empezó a fluir. Estaba tan mareado que no podía sostenerse en pie. Casimiro lo sujetaba para que éste no le siguiera pegando al timador y lo sacó hasta el patio de la empresa. Euraclio aprovechó el momento y salió corriendo hacia su casa. Al llegar a ella encontró a Irene revolcándose con el Jefe de Personal por segunda vez.

_ ¡De nuevo aquí! Yo los mato a los dos desgracimados! –amenazó Euraclio moviéndose como borracho por la sangre perdida.

Fue a la cocina y buscó un viejo machete que Irene empleaba para cortar la maleza, y lo blandió sobre el espaldar de la cama. Irene se le abalanzó encima y le quitó el arma. El jefe, ya vestido saltó por una ventana y le dijo:

_  Espero que mañana no te aparezcas por la empresa, ¡ladrón!- le gritó al humillado esposo.

_ ¡Te mataré! -rugió Euraclio mientras ella lo sujetaba.

El hombre herido doblemente fue a la cocina, buscó una botella de ron barato que su mujer había iniciado sabrá con quien y se sentó en la sala a beber. En cambio Irene entró a la habitación y se encerró. En la mañana Euraclio despertó con un fuerte dolor de cabeza. La sangre se le había secado en la cara y en la ropa, y la herida había cerrado sola. Comenzó a llamar a Irene en alta voz y nadie salió. De momento miró a su alrededor y no encontró nada. Su mujer se había marchado con todos los enseres, los pocos que tenían. Estaba solo en compañía de una botella vacía.

De camino al trabajo, a pocos metros de la entrada, vio unos policías montados en una vieja camioneta que estaban conversando con el Jefe de Personal. En ese instante todos lo miraron al unísono.

_ ¡Ese es, agárrenlo por ladrón! ¡Él quiso matarme cuando yo le dije que lo sabía todo!

Los policías corrieron detrás de Euraclio quien corrió con todas sus fuerzas. Le estaban pagando con la misma moneda: Él delató y ahora era delatado.

_ Si me agarran y me meten en la cárcel con José Juan me matará - pensó.


Corrió quinientos metros hasta llegar al canal de aguas sucias, cruzó por encima de las cinco grandes tuberías, saltó algunas empalizadas, pasó frente a la iglesia, llegó al parque y allí se montó en la guagua “La Maldita” que lo dejaría cerca de “Las Cruces”, pueblo donde vivía su madre: Amalia Santaolea. El camino era largo pero más corto que su estadía en la cárcel si lo agarraban. Ese día en horas de la tarde sucio, flacuchento y demacrado llegó a casa de su progenitora.


No te pierdas la cuarta parte en la siguiente entrega.

lunes, 11 de enero de 2016

150 Grados. - 2da. parte

Escrita en Diciembre – 2009 y Abril – 2015



Por la aridez del terreno y la atmósfera del planeta les tomó tiempo aterrizar el Phoenix en la zona roja. El sargento Muller hizo una revisión minuciosa de los daños. Smith y Marinez, partirían a buscar rastros de la cápsula que manipulaban los doctores Ho y Strongharm. El transbordador estaba en la zona roja y los vientos huracanados lo cambiaban de posición constantemente hasta arrastrarlos hacia las rocas, provocando severos daños a su radar, lo que hizo imposible la búsqueda. Allí encontraron los hangares y todas las instalaciones abandonadas.

Mientras en el planetoide, la herida de Strongharm seguía deteriorándolo, se veía débil. Trató de caminar por entre las rocas y cayó nuevamente cuarteando su casco. Activó la grabadora del tablero de su traje para comenzar la bitácora de su travesía.

_ Phoneix, si alguna vez me escuchan soy el doctor Strongharm. Atravesé un agujero de gusano y estoy al parecer en otra galaxia, en un planeta que arde como fuego. Una estrella muerta por sus características. Mis marcadores de oxígeno están dañados. Estoy solo, estaba dentro de la cápsula cuando fui arrastrado por la corriente estelar. No puedo establecer en cuáles coordenadas estoy. Todas las constelaciones de estrellas que veo son diferentes a las nuestras. Estoy herido y no creo pueda sobrevivir a esta temperatura.

Apenas finalizó la grabación sintió que se mareaba al entrar el aire caliente por el agujero que tenía el casco. Tardó horas en despertar, viendo que el mismo ya no tenía cubierta. Podía respirar aunque con dificultad, el aire era demasiado caliente y sentía que sus pulmones se quemaban. Deliraba cuando creyó que sus compañeros estaban curando su pierna. Sintió un peso en su rodilla izquierda. Algo se colocaba sobre su pierna, podía escuchar sus ruidos. Se atemorizó, los sonidos no parecían humanos. Estando oscuro y rojizo a la vez, pudo divisar una sombra difusa ante él.

Escuchó nuevamente el mismo sonido, como un lenguaje. La oscuridad y el fuerte calor no le dejaban percibir quién estaba allí. Sacó la mano de su guante derecho y tocó su rodilla, sintiendo una especie de lodo mojado que cubría toda la parte afectada provocándole más dolor que alivio. Continuó deslizando su mano un poco más y alcanzó a tocar una superficie rugosa, escamosa, como roca, que tenía vida. Ésta hizo un ligero movimiento y John retiró su mano por temor.

_ ¿Quién está ahí? Responda. – el miedo fue apoderándose de él.

Al no recibir respuesta fue recogiendo sus piernas tratando de escabullirse lentamente del alcance del extraño. El ruido continuaba repitiéndose, John supuso que algún animal de ese planeta lo estaba en cierto modo ayudando. El lodo se secó rápidamente y sintió que su herida aliviaba. Se levantó del suelo y se recostó de una roca. En ese momento el extraño saltó sobre la roca y fue ahí cuando pudo ver claramente lo que tenía ante sus ojos: una criatura de delgado y largo cuello, al igual que su enclenque cuerpo, que podía trasladarse rápidamente con largas zancadas de sus extremidades inferiores. Siguió emitiendo el mismo sonido que salía de su nariz como lenguaje, tratando de darse a entender por el visitante.

_ ¿Qué eres? Esto es increíble. –expresó John al ver claramente a su anfitrión. No tengas miedo, déjame tocarte.

Nuevamente encendió su grabadora para grabar la bitácora del día.

_ Phoenix no creerán lo que tengo ante mí. Una criatura alienígena muy distinta a como siempre habíamos imaginado. Tiene largas y bien desarrolladas patas traseras y extremidades superiores cortas. Ojos brotados y su piel hecha burbujas gruesas. Sin dientes y su nariz es casi imperceptible al igual que sus orejas. En la punta de sus tres dedos posee unas garras formadas por una capa petrificada parecida a la uña humana.

Apagó su grabador al momento que sintió la temperatura aumentar más y más dentro de su traje. El regulador interno se había averiado. El alienígena saltó de la roca y se escabulló en la oscuridad al momento en que la mano del terrícola se dirigía hacia él. John permaneció en ese lugar a la espera de que su amigo lo reencontrase nuevamente. El aire estaba tan caliente que sentía su garganta quemarse. La sed lo vencía. Comenzó a desvestirse, su traje se estaba calentando más de lo debido y se apretaba la garganta como queriendo desprendérsela de la ansiedad que el calor le provocaba, se le iba cerrando y perdiendo oxígeno. La criatura regresó y al verlo casi muriendo, lo arrastró hasta un fango de lodo gris y húmedo, enterrándolo completamente, dejando apenas sus fosas nasales afuera. Fue un momento de respiro para John que quedó enterrado mientras su nuevo amigo se sentaba sobre su pecho cubierto de lodo.

Estaban al parecer solos en ese planetoide, se preguntaba cómo esa criatura había llegado hasta allí y si existían más de su especie. Con el paso de algunas horas la temperatura descendió un poco aunque permanecía oscuro, solamente iluminado por las fosas de fuego. Entendió que por el descenso de la temperatura y su deseo de dormir, llegaba lo que podía describirse como la noche.

Tiempo más tarde salió del fango y emprendieron la ruta del reconocimiento de la zona ya conocida por la criatura. El alienígena emitía un sonido proveniente de sus fosas nasales y lo que quedaba de oído. Al parecer le explicaba algo que el astronauta no alcanzaba a entender.

_ No entiendo nada de lo que me dices. Mi nombre es John, John- repetía. ¡Cómo rayos espero que me contestes si no eres humano!

Así caminaron protegiéndose entre las rocas luminosas hasta alejarse. Los dos extraños se cubrían mutuamente, causándole la temperatura grandes llagas al terrícola y no afectando la dermis rugosa y encostrada de la criatura. Cada cierto tiempo venían vientos huracanados como tornados de más de 1000 km/s, que pasaban rápidamente arrastrando parte del polvo caliente que componía el terreno. Este polvo ascendía formando una larga hilera en el firmamento como una cola que giraba alrededor de una galaxia elíptica estacionaria que lo iba consumiendo poco a poco; un agujero negro que alimentaba su centro de material cósmico. Los gases moleculares que participaban en la creación de la vida y el medio ambiente estaban siendo absorbidos por la galaxia y en poco tiempo convertirían el planetoide en sólo polvo cósmico parte de la elíptica.

_ Tengo que encontrar un modo de entenderte –pensó. Puedo reconocer algunos sonidos que expresaste en varias ocasiones.

_ Pkcrit, Pkcrit supongo que ese es tu nombre. Así te llamaré.

Hizo en el suelo algunos dibujos alusivos a su nave espacial y como fue a parar a esa zona deshabitada, a lo que la criatura con sus sonidos y algunas marcas en el suelo también le mostraba que había una colonia, aunque lejos de ellos.

_ Llévame a tu colonia. Quiero conocer más de ti y los tuyos.

Amigablemente la criatura no parecía tener ningún temor por el extraño. Ni siquiera el gran traje blanco plateado le molestaba a la vista. Esta iba saltando rápidamente de roca a roca y sin sentir tanto el calor mientras le indicaba por cuál sendero seguir. No había vegetación, ni agua, ni luz solar. Sólo oscuridad, rocas, fuego, lava y mucho calor.

_ Phoenix. Me trasladé desde la zona cero hacia donde el alienígena me guía. Según los dibujos que hizo, existe toda una población aquí como él. Quiero estudiar su forma de vida y saber cómo llegaron a este planeta. Mis ojos están llorosos e irritados. No aguanto el calor, hasta perdí algunas uñas de las manos. Siento que mi garganta se derrite. Tengo mucha sed, como quisiera una soda en este momento.

El trayecto era difícil y peligroso para llegar al destino, mientras más recorrían más calor hacía, tanto que el material del traje empezaba a causarle severas quemaduras en la piel, porque comenzó a derretirse en las extremidades superiores. Aparte de las llagas en los brazos y la rótula descompuesta, también sus pies fueron llenándose de grandes ampollas de líquido ardiente. Se despojó de todo el traje conservando el panel donde estaba la grabadora y las vestimentas interiores.

Ya habían pasado muchas horas según su cálculo cuando vio a Amy sentada en un chaise long alumbrado por velas a lado de la piscina de un hermoso hotel de Tahití. Los músicos entonaban la canción favorita de los esposos, mientras unas bailarinas danzaban con atuendos de cocos. El camarero le ofreció un trago adornado con sombrillas y pedazos de frutas, guiándolo hasta su acompañante. Amy lo abrazaba mientras observaban la danza del fuego, donde hábiles bailarines usaban lanzas encendidas y la lanzaban a su oponente. Se podía sentir el fuego tan vívido que John creyó que le quemaba.

De ese modo cayó al foso que al no ser profundo no llegó a hundirse del todo. La criatura lo sostuvo con una lanza que empezaba a quemarse y lo sacó del terreno movedizo donde había caído después de pisar las rocas alucinógenas. Este efecto sólo se produjo en el terrícola, ya que el alienígena cruzó saltando las rocas y no tuvo reacción alguna.

_ ¡Quiero quedarme con ella. Amy, Amy! –gritaba.

El olor que desprendían las rocas al ser pisadas provocaba múltiples síntomas, entre ellos la alucinación y la pérdida de sensibilidad al dolor y al fuego. Podría morir calcinado sin darse cuenta de qué era real o imaginario. Al salir del foso había dejado allí su rótula que finalmente se desprendió de la pierna provocándole un agónico dolor, aparte de las ampollas en sus pies que dejaron los pellejos por donde caminaba. Finalmente y ya envuelto en lodo, terminó desnudándose completamente de toda su ropa, que ya empezaba a hacerse parte de su piel.

_ ¡Dios, no aguanto este dolor! – se quejaba mientras arrancaba a pedazos el resto de su ropa.

Extrañamente su pierna aunque dolía no sangraba, se coaguló rápidamente y las venas se sellaron. No iba a infectarse a causa de que no existían bacterias vivientes allí. Pkcrit lo ayudó a deslizarse entre las rocas alucinógenas faltantes hasta llegar a las cuevas de silicio. Muchas piedras luminosas le daban luz al angosto agujero. John arrancó una de ellas y notó que eran diamantes brutos. En algún momento el agua y el fuego ascendieron por esas cuevas arrastrando el carbono en su etapa más perfecta hacia la superficie.

No te pierdas la tercera parte.....

Twitter Delicious Facebook Digg Stumbleupon Favorites More