lunes, 18 de enero de 2016

Apostando al Milagro. 3era. parte

Escrita en Mayo – 2009




Un individuo como Euraclio nadie lo quisiera tener de amigo. Antes de que sospecharan de él y sabiendo que José Juan visitaba mucho su casa y no precisamente en horas que él estaba, lo tiraría al pozo. En la calle a las personas que ellos le vendían, negociaban con José Juan porque su socio no sabía de letras. Así que si había un hombre implicado ése su mejor amigo.

_ Buen día señor suegro. Dicen por ahí que faltan materiales y que saben quién se los está volando.

_ Eso parece. ¿Quién te lo dijo?

_ José Juan. A decir verdad yo lo he visto muy nervioso últimamente.

_ Explícame.

_ Se va antes de la hora, tiene mucha papeleta.

_ ¡Voy a verlo ahora mismo! Si él tiene algo que ver con el robo de materiales irá preso -aseguró el suegro.

¡Preso! Euraclio no contaba con eso. Él lo denunció pero lo más que esperaba era que lo botaran, no que lo llevaran a la cárcel. Era demasiado por unas piezas.

_ Yo voy con usté.

Se dirigieron al área de descarga y allí estaba José Juan montado en el montacargas. El encargado de suministros acompañado de yerno y otros obreros llegaron al lugar.

_ ¿Dónde metiste las piezas?

_ ¿Qué piezas? ¿De qué usted me habla?-reaccionó nervioso mirando a su socio.

En ese momento las piezas empezaron a salirse del espacio a medio cerrar debajo del sillón del montacargas.

_ ¡Agarren a este hombre por ladrón! -dijo el jefe.

_ No, yo no fui, dile Euraclio que ésto es tuyo.

_ ¿Mío? ¡Maldición! ¿Por qué me quieres perjudicar?¡Porque me di de cuenta que te aparejas con mi mujel! -dijo como argumento para que su suegro le creyera. Su hija no le mentiría si le preguntaba.

_ ¿Por qué me haces esto?- preguntó el traicionado.

_ Yo no hice nada. He sido tu amigo todos estos años. ¿Te ries de mí y ahora quieres embarrarme en tu malhechoría? –se justificó.

Los obreros lo amarraron al montacargas hasta que la policía se lo llevara.

_ ¡Me las vas a pagar Euraclio!

_ ¡Señor, José Juan me está amenazando!

_ No te preocupes, durará largo tiempo en la sombra abrazado a los barrotes.

La policía llegó, esposó a José Juan y lo condujo a la cárcel pública donde lo menos que pagaría allá serían dos años de prisión. Esa noche el traidor llegó temprano, no hubo dinero extra ni regalos que darle a su mujer.

_ Esta noche no tengo nada para ti, la torta esta virada. Agarraron a José Juan y quiere ensuciarme en el robo.

_ Eso no pasará, hablaré con mi papá, todo se arreglará mi amor.

Irene fue temprano de la mañana a la fábrica a hablar con su padre, no sin antes pasar a saludar al Jefe de Personal.

_ ¿Cómo le va señor?

_ Bien, buena hembra. Ansioso por verte de nuevo.- decía mientras ajustaba su correa al levantar la pretina del pantalón.

_ Cuando quiera nos vemos, mi marido sigue llegando tarde y la puerta está abierta. -dijo Irene mostrando su muslo derecho mientras se recostaba de la pared.

_ A lo mejor te visite esta tarde. –extenuando una pícara sonrisa.

_ Le esperaré con ansias.

Irene siguió hasta el departamento de suministros y vio a su padre conversando con unos obreros.

_ ¿Y tú por aquí?

_ Vengo a hablarte de mi marido. Él dice que no tiene nada que ver con el robo y yo le creo. Ayúdalo.

_ Lo veo difícil, Sé que ha estado robando también. Veré lo que hago.

Mientras tanto Casimiro y Gonzalo –sus compañeros- fueron a visitar a José Juan a la hora del almuerzo, porque no creían lo que le había sucedido.

_ ¡Ese desgraciado  me metió hasta el fondo para quedar como inocente!

_ ¿No fuiste tú?

_ Yo participé, pero quien robaba allá era Euraclio. Será difícil que le prueben algo y más si es yerno del encargado.

_ ¿Cuánto tiempo estarás aquí?

_ Tres años, pero despreocúpense que desde que salga Euraclio me las va a pagar todas, por mal amigo y traidor.

_ Vendremos la semana que viene a traerte cigarrillos y ropa.




*   *   *

Las cosas en la fábrica fueron cambiando. Euraclio no podía tomar piezas ni materiales y ya el montacargas no era su trabajo. Escasamente podía jugar póker en las noches. Cuando llegaba a casa la pelea comenzaba.

_ ¿Me trajiste dinero?

_ Es difícil la situación mi amor.

_ ¡Búscalo o te dejo! –le dio un ultimátum.

_ Lo haré mi amor, no más no te pongas así.

En el fin de semana en horas de la noche Euraclio y sus amigos jugaron unas cuantas rondas. El como siempre sacó cartas de las mangas sin sospechar que su compañero se dio cuenta de lo que hizo. Gonzalo levantó la mesa y de un solo golpe lo tiró de espaldas al suelo.

_ ¡Maldito, ya conozco tus trampas!

Las barajas volaban por los aires. Tenía cajas completas de barajas guardadas en la pretina del pantalón.

_ ¡Te mataré! -dijo Gonzalo. Me has robado por mucho tiempo.

Gonzalo golpeó con una botella su cabeza y la sangre empezó a fluir. Estaba tan mareado que no podía sostenerse en pie. Casimiro lo sujetaba para que éste no le siguiera pegando al timador y lo sacó hasta el patio de la empresa. Euraclio aprovechó el momento y salió corriendo hacia su casa. Al llegar a ella encontró a Irene revolcándose con el Jefe de Personal por segunda vez.

_ ¡De nuevo aquí! Yo los mato a los dos desgracimados! –amenazó Euraclio moviéndose como borracho por la sangre perdida.

Fue a la cocina y buscó un viejo machete que Irene empleaba para cortar la maleza, y lo blandió sobre el espaldar de la cama. Irene se le abalanzó encima y le quitó el arma. El jefe, ya vestido saltó por una ventana y le dijo:

_  Espero que mañana no te aparezcas por la empresa, ¡ladrón!- le gritó al humillado esposo.

_ ¡Te mataré! -rugió Euraclio mientras ella lo sujetaba.

El hombre herido doblemente fue a la cocina, buscó una botella de ron barato que su mujer había iniciado sabrá con quien y se sentó en la sala a beber. En cambio Irene entró a la habitación y se encerró. En la mañana Euraclio despertó con un fuerte dolor de cabeza. La sangre se le había secado en la cara y en la ropa, y la herida había cerrado sola. Comenzó a llamar a Irene en alta voz y nadie salió. De momento miró a su alrededor y no encontró nada. Su mujer se había marchado con todos los enseres, los pocos que tenían. Estaba solo en compañía de una botella vacía.

De camino al trabajo, a pocos metros de la entrada, vio unos policías montados en una vieja camioneta que estaban conversando con el Jefe de Personal. En ese instante todos lo miraron al unísono.

_ ¡Ese es, agárrenlo por ladrón! ¡Él quiso matarme cuando yo le dije que lo sabía todo!

Los policías corrieron detrás de Euraclio quien corrió con todas sus fuerzas. Le estaban pagando con la misma moneda: Él delató y ahora era delatado.

_ Si me agarran y me meten en la cárcel con José Juan me matará - pensó.


Corrió quinientos metros hasta llegar al canal de aguas sucias, cruzó por encima de las cinco grandes tuberías, saltó algunas empalizadas, pasó frente a la iglesia, llegó al parque y allí se montó en la guagua “La Maldita” que lo dejaría cerca de “Las Cruces”, pueblo donde vivía su madre: Amalia Santaolea. El camino era largo pero más corto que su estadía en la cárcel si lo agarraban. Ese día en horas de la tarde sucio, flacuchento y demacrado llegó a casa de su progenitora.


No te pierdas la cuarta parte en la siguiente entrega.

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