Escrita en
Mayo – 2009
Un individuo como Euraclio nadie lo
quisiera tener de amigo. Antes de que sospecharan de él y sabiendo que José
Juan visitaba mucho su casa y no precisamente en horas que él estaba, lo
tiraría al pozo. En la calle a las personas que ellos le vendían, negociaban
con José Juan porque su socio no sabía de letras. Así que si había un hombre
implicado ése su mejor amigo.
_ Buen día
señor suegro. Dicen por ahí que faltan materiales y que saben quién se los está
volando.
_ Eso parece. ¿Quién
te lo dijo?
_ José Juan. A
decir verdad yo lo he visto muy nervioso últimamente.
_ Explícame.
_ Se va antes de
la hora, tiene mucha papeleta.
_ ¡Voy a verlo
ahora mismo! Si él tiene algo que ver con el robo de materiales irá preso
-aseguró el suegro.
¡Preso! Euraclio no contaba con eso.
Él lo denunció pero lo más que esperaba era que lo botaran, no que lo llevaran
a la cárcel. Era demasiado por unas piezas.
_ Yo voy con
usté.
Se dirigieron al área de descarga y
allí estaba José Juan montado en el montacargas. El encargado de suministros
acompañado de yerno y otros obreros llegaron al lugar.
_ ¿Dónde
metiste las piezas?
_ ¿Qué piezas?
¿De qué usted me habla?-reaccionó nervioso mirando a su socio.
En ese momento las piezas empezaron
a salirse del espacio a medio cerrar debajo del sillón del montacargas.
_ ¡Agarren a
este hombre por ladrón! -dijo el jefe.
_ No, yo no
fui, dile Euraclio que ésto es tuyo.
_ ¿Mío? ¡Maldición!
¿Por qué me quieres perjudicar?¡Porque me di de cuenta que te aparejas con mi
mujel! -dijo como argumento para que su suegro le creyera. Su hija no le
mentiría si le preguntaba.
_ ¿Por qué me
haces esto?- preguntó el traicionado.
_ Yo no hice nada.
He sido tu amigo todos estos años. ¿Te ries de mí y ahora quieres embarrarme en
tu malhechoría? –se justificó.
Los obreros lo amarraron al
montacargas hasta que la policía se lo llevara.
_ ¡Me las vas
a pagar Euraclio!
_ ¡Señor, José
Juan me está amenazando!
_ No te
preocupes, durará largo tiempo en la sombra abrazado a los barrotes.
La policía llegó, esposó a José Juan
y lo condujo a la cárcel pública donde lo menos que pagaría allá serían dos
años de prisión. Esa noche el traidor llegó temprano, no hubo dinero extra ni
regalos que darle a su mujer.
_ Esta noche
no tengo nada para ti, la torta esta virada. Agarraron a José Juan y quiere
ensuciarme en el robo.
_ Eso no pasará,
hablaré con mi papá, todo se arreglará mi amor.
Irene fue temprano de la mañana a la fábrica a hablar
con su padre, no sin antes pasar a saludar al Jefe de Personal.
_
¿Cómo le va señor?
_ Bien, buena
hembra. Ansioso por verte de nuevo.- decía mientras ajustaba su correa al
levantar la pretina del pantalón.
_ Cuando
quiera nos vemos, mi marido sigue llegando tarde y la puerta está abierta. -dijo
Irene mostrando su muslo derecho mientras se recostaba de la pared.
_ A lo mejor
te visite esta tarde. –extenuando una pícara sonrisa.
_ Le esperaré
con ansias.
Irene siguió hasta el departamento
de suministros y vio a su padre conversando con unos obreros.
_ ¿Y tú por
aquí?
_ Vengo a
hablarte de mi marido. Él dice que no tiene nada que ver con el robo y yo le
creo. Ayúdalo.
_ Lo veo
difícil, Sé que ha estado robando también. Veré lo que hago.
Mientras tanto Casimiro y Gonzalo
–sus compañeros- fueron a visitar a José Juan a la hora del almuerzo, porque no
creían lo que le había sucedido.
_ ¡Ese
desgraciado me metió hasta el fondo para
quedar como inocente!
_ ¿No fuiste
tú?
_ Yo participé,
pero quien robaba allá era Euraclio. Será difícil que le prueben algo y más si
es yerno del encargado.
_ ¿Cuánto
tiempo estarás aquí?
_ Tres años,
pero despreocúpense que desde que salga Euraclio me las va a pagar todas, por
mal amigo y traidor.
_ Vendremos la
semana que viene a traerte cigarrillos y ropa.
* * *
Las cosas en la fábrica fueron
cambiando. Euraclio no podía tomar piezas ni materiales y ya el montacargas no
era su trabajo. Escasamente podía jugar póker en las noches. Cuando llegaba a
casa la pelea comenzaba.
_ ¿Me trajiste
dinero?
_ Es difícil
la situación mi amor.
_ ¡Búscalo o
te dejo! –le dio un ultimátum.
_ Lo haré mi
amor, no más no te pongas así.
En el fin de semana en horas de la
noche Euraclio y sus amigos jugaron unas cuantas rondas. El como siempre sacó
cartas de las mangas sin sospechar que su compañero se dio cuenta de lo que
hizo. Gonzalo levantó la mesa y de un solo golpe lo tiró de espaldas al suelo.
_ ¡Maldito, ya
conozco tus trampas!
Las barajas volaban por los aires.
Tenía cajas completas de barajas guardadas en la pretina del pantalón.
_ ¡Te mataré! -dijo
Gonzalo. Me has robado por mucho tiempo.
Gonzalo golpeó con una botella su
cabeza y la sangre empezó a fluir. Estaba tan mareado que no podía sostenerse
en pie. Casimiro lo sujetaba para que éste no le siguiera pegando al timador y
lo sacó hasta el patio de la empresa. Euraclio aprovechó el momento y salió
corriendo hacia su casa. Al llegar a ella encontró a Irene revolcándose con el
Jefe de Personal por segunda vez.
_ ¡De nuevo
aquí! Yo los mato a los dos desgracimados! –amenazó Euraclio moviéndose como
borracho por la sangre perdida.
Fue a la cocina y buscó un viejo
machete que Irene empleaba para cortar la maleza, y lo blandió sobre el
espaldar de la cama. Irene se le abalanzó encima y le quitó el arma. El jefe,
ya vestido saltó por una ventana y le dijo:
_ Espero que mañana no te aparezcas por la
empresa, ¡ladrón!- le gritó al humillado esposo.
_ ¡Te mataré!
-rugió Euraclio mientras ella lo sujetaba.
El hombre herido doblemente fue a la
cocina, buscó una botella de ron barato que su mujer había iniciado sabrá con
quien y se sentó en la sala a beber. En cambio Irene entró a la habitación y se
encerró. En la mañana Euraclio despertó con un fuerte dolor de cabeza. La
sangre se le había secado en la cara y en la ropa, y la herida había cerrado
sola. Comenzó a llamar a Irene en alta voz y nadie salió. De momento miró a su
alrededor y no encontró nada. Su mujer se había marchado con todos los enseres,
los pocos que tenían. Estaba solo en compañía de una botella vacía.
De camino al trabajo, a pocos metros
de la entrada, vio unos policías montados en una vieja camioneta que estaban
conversando con el Jefe de Personal. En ese instante todos lo miraron al
unísono.
_ ¡Ese es, agárrenlo
por ladrón! ¡Él quiso matarme cuando yo le dije que lo sabía todo!
Los policías corrieron detrás de
Euraclio quien corrió con todas sus fuerzas. Le estaban pagando con la misma
moneda: Él delató y ahora era delatado.
_ Si me agarran
y me meten en la cárcel con José Juan me matará - pensó.
Corrió quinientos metros hasta
llegar al canal de aguas sucias, cruzó por encima de las cinco grandes
tuberías, saltó algunas empalizadas, pasó frente a la iglesia, llegó al parque
y allí se montó en la guagua “La Maldita” que lo dejaría cerca de “Las Cruces”,
pueblo donde vivía su madre: Amalia Santaolea. El camino era largo pero más
corto que su estadía en la cárcel si lo agarraban. Ese día en horas de la tarde
sucio, flacuchento y demacrado llegó a casa de su progenitora.
No te pierdas la cuarta parte en la siguiente entrega.
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