Escrita en
Mayo – 2009
Cuarta parte.
Con dos fuertes toques Euraclio
llamó a la puerta. Había visitado a su madre pocas veces pero el camino era
fácil de encontrar: la guagua lo dejaba en el parque, doblaba a la derecha de
la escuela pública, seguía derecho tres calles, doblaba a la izquierda, pasaba
la iglesia y seguía bajando la calle hasta el final, cuando se acababan las
casas, la última a mano derecha era la de doña Amalia. Sólo cuatro paredes de
madera y techo de zinc cubrían a la madre abnegada. Esa misma que siempre lo
recibía con una sonrisa en los labios, los ojos llorosos de emoción y el
corazón henchido de amor maternal.
La puerta y sus ojos se abrieron
espantados ante la presencia de su hijo.
_ ¡Si estás
aquí es porque algo has hacido! A ver, dime ¿Qué te robaste?
_ Bendición
madrecita, qué bueno verte.
_ ¡No salgas
con eso! Sabes que te detesto por las cosas que me has hacido.
_ Madrecita, no
tengo a donde ir. Ayúdame.
_ Entra y
siéntate. Estoy calentando sopa.
A diferencia de otras madres, Amalia
siempre pensó que haber tenido a ese hijo fue una maldición. Salió embarazada
de otro hombre que no era su marido. Tuvo que salir corriendo del pueblo con
nueve meses de embarazo, porque cometió un robo en la iglesia donde conoció al
padre de su vástago. Un veinticinco de diciembre en horas de la noche nació el
niño que le daría tantos malos ratos en su vida, un perdedor que no la ayudaría
a salir de abajo. En todo lo que iniciaba, fracasaba.
Al verlo después de tanto tiempo
tuvo la impresión de que él quería quedarse. No espero a que terminara su plato
cuando arrastró su mecedora hasta la silla de su hijo.
_ ¿Qué has
hacido ahora?
_ Irene me dejó.
_ ¡Ofrezcome,
ya era hora, te dije que ella estaría contigo hasta que viera dinero. ¡Ja, si
las conozco!
_ Madrecita,
quiero cambiar, hacer las cosas bien, sin error.
_ Aquí no hay
muchos empleos.
- ¿Dejarás que
me quede aquí?
- Sólo hasta
que encuentres donde vivir.
El pueblo “Las Cruces” era aún más
rural que “El Bondado”. No había fábricas ni ningún comercio grande. La mayoría
eran agricultores, ganaderos, tabaqueros y ateos por demás.
Al día siguiente madre e hijo
salieron temprano a conseguir trabajo. Ningún empleo era digno de un ladrón:
sembrar habichuelas o recoger café no era su especialidad. Después de tanto
buscar fueron a terminar en la iglesia.
La iglesia del pueblo -la parroquia
“Sor Juana de Las Cruces”- era escasamente visitada por dos o tres feligreses diariamente
y si acaso diez personas en fin de semana. Podría decirse que Dios no había
conquistado esa fanaticada. Entraron a la parroquia a las once de la mañana y
no encontraron un alma. Salieron al patio encontrando al padre Graciano
recostado en una silla a la pared. Su cabeza se caía con la mitad de su cuerpo
que casi estaba en el suelo. La señora tocó el hombro caído del padre varias
veces hasta que el somnoliento hombre español de sesenta años despertó.
_ Padrecito
Graciano, Padrecito Graciano.
_ Eh, ¿Qué
sucede? -dijo el cura con el acento de la madre patria.
_ Excúseme que
le moleste a este tiempo pero no tengo a más ni nadie a quien pedirle.
_ ¿Quiénes son
ustedes? No los había visto por aquí.
_ Nunca vengo,
pero hoy tuve la necesidad de verlo.
_ Dime hija ¿Cómo
te ayudo?
_ Éste es mi
hijo Euraclio. Vino a vivir al pueblo y no tiene con qué comer ¿Podría darle
trabajo?
_ Trabajo hay,
lo que no hay es paga. Mira esta iglesia, casi nadie viene, ni siquiera tenemos
presupuesto para pagar el mantenimiento.
_ No se
preocupe Padrecito. Si me da cama y comida me encargaré de la limpieza, es más
hasta le cuido el jardín.
_ Trato hecho,
comienzas mañana -dijo el Padre Graciano.
Euraclio se despertó temprano. Cargó
sus pertenencias - nada más lo que traía puesto para llevarlas a la iglesia. Su
madre no creía lo que había escuchado porque siempre conoció lo ambicioso que
era su hijo. Esta vez fue solo y entró por el patio y encontró al Padre
Graciano haciendo sus oraciones matutinas.
_ Amén. ¡llegaste
temprano!
_ Si Padrecito,
soy madrugador. Mande usté.
_ Empieza
limpiando el piso, los bancos y si puedes arregla esa puerta, la cerradura se
está despegando y después ven a desayunar conmigo.
_ Así será Padrecito.
Euraclio observó con detalle todos
los objetos y lugares de la iglesia. Notó con asombro que detrás del púlpito
había una falsa pared por la que cabía una persona bien delgada como él.
También que en la parte delantera había un falso techo muy apropiado para esconder
cosas. Hizo toda la limpieza del lugar, arregló la puerta, y finalmente fue a
desayunar con el Padre quien se sintió complacido por una ayuda sin recompensa.
_ Y dime hijo ¿estas bautizado?
_ No lo sé,
creo que no, mi madre nunca me llevó a la iglesia.
_ Pues hijo,
es momento de que el Señor lave tus pecados. En la siguiente celebración de
bautizo te incluiremos.
Pasaron varias semanas y ya el joven
trabajador se estaba aburriendo, allí no había nada que robar, sólo una virgen
y un cuadro de Jesús más algunos velones con telarañas por el desuso, debía
pensar en otra táctica para conseguir dinero. Iba a tomarle un poco más de
tiempo de lo que esperaba y además iba a necesitar un cómplice confiable: su
madre. La noche del lunes fue a visitarla. Entró como de costumbre por el
patio. Doña Amalia reposaba la cena en una mecedora de guano, uno de los pocos
ajuares que poseía. Esperaba no volver a ver a su desgraciado hijo aunque
todavía sentía curiosidad por su disposición para el trabajo.
_ Mamita
bendición. Mira lo que te traje -mostrándole un plato de comida de unas sobras
que habían quedado de la cena en la iglesia.
_ Hum, algo
quieres tú. ¿Qué te traes ahora? Tú nunca me has dado nada.
_ Te tengo un
negocio mucho muy bueno, y te aseguro que en poco tiempo taremos forrados de
dinero.
Dos horas no bastaron para
explicarle y convencer a doña Amalia de cuál era el plan y cómo lo harían.
Euraclio durmió esa noche en la casa dándole los pormenores a su madre de qué
ganarían y qué tendrían que arriesgar. Tal palo tal astilla. De ella heredó esa
ambición desmedida sin importar a quien se llevara en el camino. Eran ya las
siete de la mañana cuando ella le dio el Sí. Un Sí que implicaba mucho,
incluyendo fidelidad a su hijo. Tan pronto lo escuchó salió corriendo para la
parroquia, a cumplir sus deberes y a planificar su macabro plan. Como tenía
conocimientos de metales fabricó unas canastas para recoger ofrendas. Esta
canasta tenía la particularidad que en su interior tenía doble fondo y el
dinero podía colarse hacia la base de abajo y nadie lo notaría. La mayoría
entregaba monedas, y si alguien donaba en papeletas él mismo lo entraba por una
rendija.
_ ¿Para qué
construyes esas canastas? -preguntó el Padre con tono burlón, si aquí no vienen
feligreses y mucho menos ofrendas.
_ No se
preocupe Padrecito, vendrán, vendrán.
_ Pués no sé cómo
le vas a hacer, yo he visitado casi todo el pueblo casa por casa y no he logrado
que asistan a la misa.
_ Confíe en Dios, ellos vendrán.
_ Alabo tu fe,
hijo. Desde que llegaste hace un mes has reparado todo, has limpiado todo como
si esperáramos visitas. Aquí casi no viene nadie, es más creo que ésta
parroquia será cerrada y me enviarán de retiro a mi terruño.
_ Padrecito,
yo se lo aseguro.
El miércoles pasó sin pena ni
gloria, como todos los miércoles. Pero el jueves fue diferente. Algo despertó
la curiosidad de los pobladores: doña Amalia entró a la iglesia, miró a la
virgen y salió vociferando por todo el pueblo que la virgen “Sor Juana de Las
Cruces” lloró sangre.
_ ¡Arrepiéntanse impíos, la virgen llora por su
pueblo, arrepiéntanse! -así gritaba por todas las calles.
El rumor se corrió por doquier y en
pocos minutos la parroquia que casi nunca era visitada experimentó su primer
milagro. Sor Juana tenía un velón encendido que había llevado doña Amalia. Los
pocos fieles que siempre visitaban la iglesia llevaron velones y flores. La
multitud se fue agolpando en la pequeña parroquia al punto de retirar todos los
bancos. La puerta fue rota nuevamente, pero esta vez no era porque siempre
permanecía cerrada, sino porque los curiosos la derribaron.
_ ¡Queremos
ver a la virgen! -gritaban.
_ ¡Calma
hijos, tengan calma! -dijo el Padre.
_ ¿Qué hiciste
Euraclio?
_ Maldicion, Yo
no he hacido nada Padrecito.
_ No maldigas
en la casa del Señor.
_ Lo que
ocurrió es un milagro.
_ ¡Queremos
tocar la virgen! Gritaba la multitud.
_ ¡No
maldición! -dijo Euraclio, la pueden dañar a la virgen.
_ Te he dicho
que no maldigas muchacho.
Ese día entraban y salían las personas,
rezaban a la virgen pidiéndole milagros y sanaciones.
_ ¡Ya no me
duelen. Mis piernas ya no me duelen! -gritaba Amalia contenta y dando vueltas
de felicidad.
Era tanta la gente que el Padre
estaba confundido pero aunque vio lo que vio, que la virgen de yeso lloró
sangre no dio crédito. Pasaron semanas y la iglesia seguía llena de gente, no
todos los días la virgen lloraba, lo hacía cuando veía que su pueblo no seguía
los mandatos. De una misa diaria pasaron a tres incluyendo los lunes. Los poblados
vecinos se hicieron cita allí y los que querían ponerle un velón y rezar frente
a frente con la virgen debían negociar a escondidas con Euraclio, quien
manejaba esas entradas junto a su madre que ya era una fanática, hasta pidió
ser bautizada.
Aunque hubo un cambio notable en la
parroquia, el Padre Graciano no comentó a sus superiores lo de la virgen hasta
no conocer la verdad del asunto. Se estaba acercando el período de pascua y
tenía que organizar el bautismo y enseñar catequesis al nuevo rebaño.
No te pierdas la quinta parte en la siguiente entrega.
No te pierdas la quinta parte en la siguiente entrega.



1 comentarios:
Esta muy interesante. No puedo esperar por la siguiente. 😩
Publicar un comentario
Gracias por leer mis historias. Deja un comentario.