lunes, 11 de enero de 2016

Apostando al Milagro. - 2da parte

Escrita en Mayo – 2009





Euraclio Santaolea vivía en “El Bondado”, pueblo de pocos habitantes y bajos ingresos. Sólo una fábrica metalúrgica ofrecía el pan diario a casi todos los que vivían allí. Maquinista y ladrón de profesión, trabajaba en la fábrica desde que se casó hace dos años con una hija del encargado de suministros. Hombre de pocos estudios y mucho saber buscaba diariamente la forma de ganar dinero con poco esfuerzo. Durante la noche el almacén de la fábrica se convertía en centro de juego donde Euraclio timaba a sus colegas.

_ ¡Gané!

_ Volviste a hacer trampas, ¡Ya verás! -amenazó José Juan.

_ Tas dolido porque tas perdido, ja, ja, -reía a carcajadas.

Cada noche era lo mismo, él ganaba todas las rondas y sus compañeros comenzaban a molestarse. Sacaba cartas de la manga o de debajo de la mesa y a veces de su entrepierna y nadie se daba percataba de sus trampas. Mientras en su casa, las jugadas eran ganadas por Irene. Ésta lo engañaba con el Jefe de Personal de la fábrica y cuando su marido llegaba, como siempre a altas horas de la noche ya el individuo se había marchado.

_ ¿De nuevo tarde? Estoy cansada de esperarte despierta –le reclamaba Irene para disimular sus faltas, saliendo de la habitación cuyas sábanas aún conservaban el gemido de un hecho de traición.

_ Sólo fueron unas rondas. Mira que te traje -dijo mostrándole una cadena que le había ganado a uno de los jugadores. Es tuyo mi amor, me la dieron bien negociada y la compré para ti -argumentó buscando una manera de contentarse con Irene.

_ ¡Es bonita, pónmela! ¿Quieres algo de cenar?

_ No te preocupes, son las tres y pico. Tomaré algo de la nevera y me acostaré.

Otro día más en la fábrica. De nueve a cinco de la tarde Euraclio manejaba un montacargas de materiales que tenía un asiento removible. En él guardaba muchos artículos que robaba del almacén y ayudado por José Juan, le buscaban venta en la calle. El negocio funcionaba bien y los dos socios estaban ganando buen dinero.

_ Mi hermano, ¿Qué dice usté si vamos a mi casa y nos tomamos un aguardiente?

_ Me parece bien, mi socio.

Eran las ocho de la noche cuando llegaron a la casa. Más temprano que de costumbre para darle una sorpresa a Irene de que por fin un día llegaba para la cena. Hicieron su entrada por el patio trasero. Entró a la cocina y la estufa estaba apagada, la cena no estaba lista. Escuchó unos quejidos que se oían lejanos; pasaron a la sala y José Juan tomó asiento mientras Euraclio entraba a la habitación.

_ ¡Degracimada mujel! ¡Traidora! – le gritó.

_ ¡Déjame explicarte!

Los cuerpos desnudos de Irene y el Jefe de Personal reposaban en las sábanas que Euraclio le había regalado para su cumpleaños. En seguida el hombre se vistió y salió por la puerta del patio sin decir palabra. José Juan al verlo se sorprendió y entró rápidamente a la habitación a ver qué había sucedido. Irene se cubría con una sábana y Euraclio estaba al frente de la cama arrojándole los pocos harapos que guardaba en las gavetas.

_ ¡Mi flaco, no es lo que tú piensas, me amenazó con botarte si no aceptaba dormir con él!

_ Mentirosa, ¿tú crees que un hombre como él que puede tener a todas las mujeres que quiera va a jugarse su trabajo amenazándote a ti?

Sus palabras aunque tenían sentido, delataban la debilidad de su mujer por otro hombre; y como la amaba tanto prefirió engañarse a sí mismo y aceptó finalmente las explicaciones de Irene.

_ Ves, es como te expliqué mi flaco, lo hice sólo por ti, para conservar tu trabajo.

_ ¡Te quiero flaca, eres mucho muy buena!

_ ¡Y tú, comprensivo mi amor!

La reconciliación fue atestiguada por José Juan quien miraba con picardía las pocas partes desnudas de Irene y cómo ella jugaba el hombre. Desde ese día la mujer lo engañaba con todos: los amigos, los vecinos, los jefes e inclusive con José Juan. El juego y las apuestas continuaron y hasta cuando perdían todo su dinero, sus amigos reían a carcajadas. Esto le causaba extrañeza, pero mientras ganara un buen dinero y le diera algo a Irene todo estaría a pedir de boca.

Al día siguiente un rumor se oyó en los almacenes.

_ ¡Dizque aquí rodarán cabezas! -dijo un empleado.

_ ¿Por qué, qué es lo que sucede?-preguntó José Juan.

_ Hicieron el inventario y faltan muchísimas piezas y materiales. ¡Esto se va a poner que arde! -dijo el empleado con temor.

_ ¿Y ya empezaron a averiguar entre todos los que entran aquí?

_ Si, y según me dijeron saben quién es el ladrón.

El corazón de José Juan latió fuertemente y las piernas le flaquearon cuando corría hacia la zona de descarga.

_ ¡Si me agarran a mí, Euraclio se va conmigo! -pensó sagazmente.

_ ¡Euraclio, Euraclio! - lo llamó exaltado pero casi susurrando. El socio estaba asegurando su asiento removible que no podía cerrar por la cantidad tan grande de materiales que ahí escondía.

_ ¿Qué pasa hermano?

_ Yo creo que nos descubrieron.

_ ¿Qué es lo que tú dices?

_ Que están buscando las piezas y van a chequear a todo el mundo. Yo creo que aquí hay un soplón.

_ ¡Maldición! Voy a averiguar con mi suegro. Quédate aquí y ponle ojo a las piezas.

Un individuo como Euraclio nadie lo quisiera tener de amigo. Antes de que sospecharan de él y sabiendo que José Juan visitaba mucho su casa y no precisamente en horas que él estaba, lo tiraría al pozo. En la calle a las personas que ellos le vendían, negociaban con José Juan porque su socio no sabía de letras. Así que si había un hombre implicado ése su mejor amigo.

_ Buen día señor suegro. Dicen por ahí que faltan materiales y que saben quién se los está volando.

_ Eso parece. ¿Quién te lo dijo?

_ José Juan. A decir verdad yo lo he visto muy nervioso últimamente.

_ Explícame.

_ Se va antes de la hora, tiene mucha papeleta.

_ ¡Voy a verlo ahora mismo! Si él tiene algo que ver con el robo de materiales irá preso -aseguró el suegro.

¡Preso! Euraclio no contaba con eso. Él lo denunció pero lo más que esperaba era que lo botaran, no que lo llevaran a la cárcel. Era demasiado por unas piezas.

_ Yo voy con usté.

Se dirigieron al área de descarga y allí estaba José Juan montado en el montacargas. El encargado de suministros acompañado de yerno y otros obreros llegaron al lugar.

_ ¿Dónde metiste las piezas?

_ ¿Qué piezas? ¿De qué usted me habla?-reaccionó nervioso mirando a su socio.

En ese momento las piezas empezaron a salirse del espacio a medio cerrar debajo del sillón del montacargas.

_ ¡Agarren a este hombre por ladrón! -dijo el jefe.

_ No, yo no fui, dile Euraclio que ésto es tuyo.

_ ¿Mío? ¡Maldición! ¿Por qué me quieres perjudicar?¡Porque me di de cuenta que te aparejas con mi mujel! -dijo como argumento para que su suegro le creyera. Su hija no le mentiría si le preguntaba.

_ ¿Por qué me haces esto?- preguntó el traicionado.

_ Yo no hice nada. He sido tu amigo todos estos años. ¿Te ries de mí y ahora quieres embarrarme en tu malhechoría? –se justificó.

Los obreros lo amarraron al montacargas hasta que la policía se lo llevara.

_ ¡Me las vas a pagar Euraclio!

_ ¡Señor, José Juan me está amenazando!

_ No te preocupes, durará largo tiempo en la sombra abrazado a los barrotes.

La policía llegó, esposó a José Juan y lo condujo a la cárcel pública donde lo menos que pagaría allá serían dos años de prisión. Esa noche el traidor llegó temprano, no hubo dinero extra ni regalos que darle a su mujer.

_ Esta noche no tengo nada para ti, la torta esta virada. Agarraron a José Juan y quiere ensuciarme en el robo.

_ Eso no pasará, hablaré con mi papá, todo se arreglará mi amor.

Irene fue temprano de la mañana a la fábrica a hablar con su padre, no sin antes pasar a saludar al Jefe de Personal.

_ ¿Cómo le va señor?

_ Bien, buena hembra. Ansioso por verte de nuevo.- decía mientras ajustaba su correa al levantar la pretina del pantalón.

_ Cuando quiera nos vemos, mi marido sigue llegando tarde y la puerta está abierta. -dijo Irene mostrando su muslo derecho mientras se recostaba de la pared.

_ A lo mejor te visite esta tarde. –extenuando una pícara sonrisa.

_ Le esperaré con ansias.

Irene siguió hasta el departamento de suministros y vio a su padre conversando con unos obreros.

_ ¿Y tú por aquí?

_ Vengo a hablarte de mi marido. Él dice que no tiene nada que ver con el robo y yo le creo. Ayúdalo.

_ Lo veo difícil, Sé que ha estado robando también. Veré lo que hago.

Mientras tanto Casimiro y Gonzalo –sus compañeros- fueron a visitar a José Juan a la hora del almuerzo, porque no creían lo que le había sucedido.

_ ¡Ese desgraciado  me metió hasta el fondo para quedar como inocente!

_ ¿No fuiste tú?

_ Yo participé, pero quien robaba allá era Euraclio. Será difícil que le prueben algo y más si es yerno del encargado.

_ ¿Cuánto tiempo estarás aquí?

_ Tres años, pero despreocúpense que desde que salga Euraclio me las va a pagar todas, por mal amigo y traidor.

_ Vendremos la semana que viene a traerte cigarrillos y ropa.




No te pierdas la 3era parte en la siguiente entrega.

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