Escrita en
Mayo – 2009
Euraclio Santaolea vivía en “El Bondado”,
pueblo de pocos habitantes y bajos ingresos. Sólo una fábrica metalúrgica
ofrecía el pan diario a casi todos los que vivían allí. Maquinista y ladrón de
profesión, trabajaba en la fábrica desde que se casó hace dos años con una hija
del encargado de suministros. Hombre de pocos estudios y mucho saber buscaba
diariamente la forma de ganar dinero con poco esfuerzo. Durante la noche el
almacén de la fábrica se convertía en centro de juego donde Euraclio timaba a
sus colegas.
_ ¡Gané!
_ Volviste a hacer
trampas, ¡Ya verás! -amenazó José Juan.
_ Tas dolido
porque tas perdido, ja, ja, -reía a carcajadas.
Cada noche era lo mismo, él ganaba
todas las rondas y sus compañeros comenzaban a molestarse. Sacaba cartas de la
manga o de debajo de la mesa y a veces de su entrepierna y nadie se daba
percataba de sus trampas. Mientras en su casa, las jugadas eran ganadas por
Irene. Ésta lo engañaba con el Jefe de Personal de la fábrica y cuando su
marido llegaba, como siempre a altas horas de la noche ya el individuo se había
marchado.
_ ¿De nuevo
tarde? Estoy cansada de esperarte despierta –le reclamaba Irene para disimular
sus faltas, saliendo de la habitación cuyas sábanas aún conservaban el gemido
de un hecho de traición.
_ Sólo fueron
unas rondas. Mira que te traje -dijo mostrándole una cadena que le había ganado
a uno de los jugadores. Es tuyo mi amor, me la dieron bien negociada y la compré
para ti -argumentó buscando una manera de contentarse con Irene.
_ ¡Es bonita,
pónmela! ¿Quieres algo de cenar?
_ No te
preocupes, son las tres y pico. Tomaré algo de la nevera y me acostaré.
Otro día más en la fábrica. De nueve
a cinco de la tarde Euraclio manejaba un montacargas de materiales que tenía un
asiento removible. En él guardaba muchos artículos que robaba del almacén y
ayudado por José Juan, le buscaban venta en la calle. El negocio funcionaba
bien y los dos socios estaban ganando buen dinero.
_ Mi hermano, ¿Qué
dice usté si vamos a mi casa y nos tomamos un aguardiente?
_ Me parece
bien, mi socio.
Eran las ocho de la noche cuando
llegaron a la casa. Más temprano que de costumbre para darle una sorpresa a
Irene de que por fin un día llegaba para la cena. Hicieron su entrada por el
patio trasero. Entró a la cocina y la estufa estaba apagada, la cena no estaba
lista. Escuchó unos quejidos que se oían lejanos; pasaron a la sala y José Juan
tomó asiento mientras Euraclio entraba a la habitación.
_ ¡Degracimada
mujel! ¡Traidora! – le gritó.
_ ¡Déjame
explicarte!
Los cuerpos desnudos de Irene y el
Jefe de Personal reposaban en las sábanas que Euraclio le había regalado para
su cumpleaños. En seguida el hombre se vistió y salió por la puerta del patio
sin decir palabra. José Juan al verlo se sorprendió y entró rápidamente a la
habitación a ver qué había sucedido. Irene se cubría con una sábana y Euraclio
estaba al frente de la cama arrojándole los pocos harapos que guardaba en las
gavetas.
_ ¡Mi flaco,
no es lo que tú piensas, me amenazó con botarte si no aceptaba dormir con él!
_ Mentirosa, ¿tú
crees que un hombre como él que puede tener a todas las mujeres que quiera va a
jugarse su trabajo amenazándote a ti?
Sus palabras aunque tenían sentido,
delataban la debilidad de su mujer por otro hombre; y como la amaba tanto
prefirió engañarse a sí mismo y aceptó finalmente las explicaciones de Irene.
_ Ves, es como
te expliqué mi flaco, lo hice sólo por ti, para conservar tu trabajo.
_ ¡Te quiero
flaca, eres mucho muy buena!
_ ¡Y tú,
comprensivo mi amor!
La reconciliación fue atestiguada
por José Juan quien miraba con picardía las pocas partes desnudas de Irene y
cómo ella jugaba el hombre. Desde ese día la mujer lo engañaba con todos: los
amigos, los vecinos, los jefes e inclusive con José Juan. El juego y las
apuestas continuaron y hasta cuando perdían todo su dinero, sus amigos reían a
carcajadas. Esto le causaba extrañeza, pero mientras ganara un buen dinero y le
diera algo a Irene todo estaría a pedir de boca.
Al día siguiente un rumor se oyó en
los almacenes.
_ ¡Dizque aquí
rodarán cabezas! -dijo un empleado.
_ ¿Por qué, qué
es lo que sucede?-preguntó José Juan.
_ Hicieron el
inventario y faltan muchísimas piezas y materiales. ¡Esto se va a poner que
arde! -dijo el empleado con temor.
_ ¿Y ya
empezaron a averiguar entre todos los que entran aquí?
_ Si, y según
me dijeron saben quién es el ladrón.
El corazón de José Juan latió fuertemente y las piernas
le flaquearon cuando corría hacia la zona de descarga.
_ ¡Si me agarran
a mí, Euraclio se va conmigo! -pensó sagazmente.
_ ¡Euraclio, Euraclio!
- lo llamó exaltado pero casi susurrando. El socio estaba asegurando su asiento
removible que no podía cerrar por la cantidad tan grande de materiales que ahí
escondía.
_ ¿Qué pasa
hermano?
_ Yo creo que
nos descubrieron.
_ ¿Qué es lo
que tú dices?
_ Que están
buscando las piezas y van a chequear a todo el mundo. Yo creo que aquí hay un
soplón.
_ ¡Maldición!
Voy a averiguar con mi suegro. Quédate aquí y ponle ojo a las piezas.
Un individuo como Euraclio nadie lo
quisiera tener de amigo. Antes de que sospecharan de él y sabiendo que José
Juan visitaba mucho su casa y no precisamente en horas que él estaba, lo
tiraría al pozo. En la calle a las personas que ellos le vendían, negociaban
con José Juan porque su socio no sabía de letras. Así que si había un hombre
implicado ése su mejor amigo.
_ Buen día
señor suegro. Dicen por ahí que faltan materiales y que saben quién se los está
volando.
_ Eso parece. ¿Quién
te lo dijo?
_ José Juan. A
decir verdad yo lo he visto muy nervioso últimamente.
_ Explícame.
_ Se va antes de
la hora, tiene mucha papeleta.
_ ¡Voy a verlo
ahora mismo! Si él tiene algo que ver con el robo de materiales irá preso
-aseguró el suegro.
¡Preso! Euraclio no contaba con eso.
Él lo denunció pero lo más que esperaba era que lo botaran, no que lo llevaran
a la cárcel. Era demasiado por unas piezas.
_ Yo voy con
usté.
Se dirigieron al área de descarga y
allí estaba José Juan montado en el montacargas. El encargado de suministros
acompañado de yerno y otros obreros llegaron al lugar.
_ ¿Dónde
metiste las piezas?
_ ¿Qué piezas?
¿De qué usted me habla?-reaccionó nervioso mirando a su socio.
En ese momento las piezas empezaron
a salirse del espacio a medio cerrar debajo del sillón del montacargas.
_ ¡Agarren a
este hombre por ladrón! -dijo el jefe.
_ No, yo no
fui, dile Euraclio que ésto es tuyo.
_ ¿Mío? ¡Maldición!
¿Por qué me quieres perjudicar?¡Porque me di de cuenta que te aparejas con mi
mujel! -dijo como argumento para que su suegro le creyera. Su hija no le
mentiría si le preguntaba.
_ ¿Por qué me
haces esto?- preguntó el traicionado.
_ Yo no hice nada.
He sido tu amigo todos estos años. ¿Te ries de mí y ahora quieres embarrarme en
tu malhechoría? –se justificó.
Los obreros lo amarraron al
montacargas hasta que la policía se lo llevara.
_ ¡Me las vas
a pagar Euraclio!
_ ¡Señor, José
Juan me está amenazando!
_ No te
preocupes, durará largo tiempo en la sombra abrazado a los barrotes.
La policía llegó, esposó a José Juan
y lo condujo a la cárcel pública donde lo menos que pagaría allá serían dos
años de prisión. Esa noche el traidor llegó temprano, no hubo dinero extra ni
regalos que darle a su mujer.
_ Esta noche
no tengo nada para ti, la torta esta virada. Agarraron a José Juan y quiere
ensuciarme en el robo.
_ Eso no pasará,
hablaré con mi papá, todo se arreglará mi amor.
Irene fue temprano de la mañana a la fábrica a hablar
con su padre, no sin antes pasar a saludar al Jefe de Personal.
_
¿Cómo le va señor?
_ Bien, buena
hembra. Ansioso por verte de nuevo.- decía mientras ajustaba su correa al
levantar la pretina del pantalón.
_ Cuando
quiera nos vemos, mi marido sigue llegando tarde y la puerta está abierta. -dijo
Irene mostrando su muslo derecho mientras se recostaba de la pared.
_ A lo mejor
te visite esta tarde. –extenuando una pícara sonrisa.
_ Le esperaré
con ansias.
Irene siguió hasta el departamento
de suministros y vio a su padre conversando con unos obreros.
_ ¿Y tú por
aquí?
_ Vengo a
hablarte de mi marido. Él dice que no tiene nada que ver con el robo y yo le
creo. Ayúdalo.
_ Lo veo
difícil, Sé que ha estado robando también. Veré lo que hago.
Mientras tanto Casimiro y Gonzalo
–sus compañeros- fueron a visitar a José Juan a la hora del almuerzo, porque no
creían lo que le había sucedido.
_ ¡Ese
desgraciado me metió hasta el fondo para
quedar como inocente!
_ ¿No fuiste
tú?
_ Yo participé,
pero quien robaba allá era Euraclio. Será difícil que le prueben algo y más si
es yerno del encargado.
_ ¿Cuánto
tiempo estarás aquí?
_ Tres años,
pero despreocúpense que desde que salga Euraclio me las va a pagar todas, por
mal amigo y traidor.
_ Vendremos la
semana que viene a traerte cigarrillos y ropa.
No te pierdas la 3era parte en la siguiente entrega.



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